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El pecado de la sagrada familia

Además de los actos de las corporaciones, los estudiantes se ven sometidos a la desidia que existe en sus hogares

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18 de noviembre de 2013 a las 00:00

Se sigue sintiendo el cimbronazo que produjo la divulgación de los datos de repetición en los liceos de todo el país y eso parece ser lo único bueno que trajo la pésima noticia de que la educación está peor de lo que podíamos imaginar: la sociedad al menos está informada y la información genera debate.

La oposición pasándole cuentas al gobierno, los expertos pasándole cuentas a todos, los docentes responsabilizando a la oposición, los docentes responsabilizando al gobierno, los docentes diciendo que una cosa son los docentes y otra el gremio, y el gremio diciendo delirios.

A esta altura, con los resultados de largo y corto plazo a la vista, rompe los ojos la responsabilidad que ha tenido el sistema político falto de coraje y cargado de ignorancia e ideología a la hora de abordar el tema educativo, y ni qué hablar de los profesores en general y de los gremios docentes en particular por haber colaborado convirtiendo a la educación en un terreno de batallas de baja calaña, tomando como rehenes a los más débiles.

Las corporaciones son más fáciles de identificar en sus triunfos y sus victorias, en sus logros y sus miserias y como el poder es aquel que puede, se suelen llevar las críticas cuando hay algún disparador que pone un tema sobre el pupitre, como ocurrió con la divulgación de las cifras de repetición.

Pero cualquiera que aborde el tema pecaría de deshonestidad intelectual si no menciona también la responsabilidad que le cabe a los propios afectados por la situación que están viviendo. Conscientes o no, la responsabilidad de las familias en esta destrucción lenta y sistemática del futuro de sus hijos es central en este asunto, aunque por pudor muchas veces se obvie mencionarlo.

Un informe internacional reciente mostró que la mayoría de los países latinoamericanos presentaron un descenso por parte de los hijos en relación al nivel educativo de sus padres y la incidencia que los antecedentes educativos de los mayores tienen en sus descendientes. Y Uruguay está en el fondo del tacho.

En uno de cada tres hogares pobres hay al menos un menor de edad. Las mujeres de menor instrucción son las que tienen hijos en edades más jóvenes. El embarazo adolescente campea. Se multiplican los divorcios y crecen los hogares monoparentales. Según un estudio de la socióloga Wanda Cabella, un 58% de los hombres no transfiere dinero a sus hijos. La lacra no son solo las corporaciones.

Y para no estigmatizar, palabrita tan de moda que justifica cualquier estupidez, ya que estos problemas golpean más duramente a los pobres, van algunas anécdotas de colegios privados contadas por los docentes: hay alumnos que llegan tarde sistemáticamente y luego cuentan que en su casa son ellos los que despiertan a sus padres para iniciar el día.

Recriminada acerca de si así hablaba con su madre en su casa, una joven de un colegio católico respondió que en su casa casi ni hablaba con su madre porque su madre no estaba en todo el día y el rato que tenía libre lo dedicaba a su nuevo novio.

De una decena de alumnos amonestados, sólo los padres de uno se presentaron en el colegio, justamente del único que tenía buenas notas en sus estudios.

Las señales que detectan los docentes responsables acerca de la desidia de los padres para con la educación de sus hijos abundan. Y no se trata necesariamente de madres solitarias que viven en un rancho con seis hijos y su drama principal es qué comer cada día.

La izquierda, que lleva dos períodos gobernando y se perfila para un tercero, se subió tarde y mal al discurso reivindicativo del peso de la familia, porque esa palabra sonaba a conservadurismo, a derecha, a religión.

El experto argentino Bernardo Klisberg, funcionario de la ONU y a quien nadie podrá catalogar de derecha, dijo varias veces en su paso por Uruguay que la izquierda había cedido a los sectores conservadores el discurso sobre la familia y que una familia cuidada y cuidadosa es mucho más eficiente que la Policía a la hora de evitar la delincuencia juvenil.

No se trata de políticos faltos de coraje, ni de docentes con bajo nivel, ni de gremios irresponsables, o mejor dicho, sí se trata de eso pero no solo, porque antes de que los jóvenes uruguayos caigan en las garras de estos fenómenos negativos, tienen un problema de base puertas adentro de sus casas, ahí donde la sacra intimidad no habilita casi el debate.

Es una progresión geométrica de desastres. Casi siete de cada diez no termina la secundaria, y crecerán, y se reproducirán, y todo indica que su descendencia será educativamente peor que ellos. Y resulta ya imposible medir los resultados de futuro si todo sigue así. Pero de solo imaginarlo, mete miedo.

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