19 de diciembre de 2020 5:01 hs

Desde los tiempos de la época renacentista, cuando la noción de lo sublime se instaló en las prácticas estéticas, el arte y la literatura se han encargado de representar la delgada línea que separa la vida de la muerte, a una de la otra. En el medio camina la belleza. Camina, aunque a veces deambula. Aunque no vaya a ninguna parte, siempre llega a algún lado. El arte trascendente siempre ha intentado desde todas las perspectivas dar una respuesta a las preguntas imposibles que hace la muerte, esa entidad tantas veces representada por una mujer vestida de negro, con guadaña en mano, que aparece y desaparece sin tener que pedirle permiso a nadie. 

Si entre todos nosotros, ustedes y yo incluidos, nos ponemos a hacer memoria, constataremos que a lo largo de la historia las mejores obras artísticas y libros han tenido a la muerte como protagonista. Tal pareciera que la vida importa más cuando está ausente que cuando disponemos de ella en plenitud. Incluso en la historia de amor más famosa de todos los tiempos, Romeo y Julieta, no es el amor el gran protagonista sino la muerte, que llega para nivelar deseos y recuerdos de dos vidas que quedarán incompletas, sin terminar. La gran luminaria de la obra no es el amor en su esplendor, que por un tiempo los conjunta y les otorga plenitud, sino la muerte, que al final los une hasta el infinito. Polvo serán, más polvo enamorado. Una de las principales películas en la historia del cine, El sacrificio, de Andréi Tarkovski, tiene un final extraordinario. Mediante un comentario en off, ilustrado por una imagen poderosa del mundo natural, logra sintetizar el misterio explícito que define a la existencia humana: ¿Por qué en el principio fue el Verbo? ¿Por qué la palabra es lo que nos hace diferentes del resto de la escala zoológica? Aunque no sepamos la respuesta –seguramente no la hay–, necesitamos del lenguaje, sobre todo cuando interpela a la brevedad de la vida intentando saber qué sentido tiene estar vivo.

En “Los adioses”, cuento largo o novela corta (depende), sin duda el mejor relato de la literatura uruguaya, obra maestra de principio a fin, Juan Carlos Onetti presenta el periplo de un hombre que fue saludable, hasta que los dados del azar cambian el rumbo de su destino y lo dejan convertido en piltrafa debido a una enfermedad terminal progresiva. El eje no es la muerte, sino la aceptación de esta, mejor dicho, lo imposible que resulta aceptar la finitud de la vida cuando todavía restan muchas cosas por hacer. ¿Por qué yo, y no otro? ¿Por qué me toca el turno a mí, tan por anticipado? Hay un pasaje memorable del relato, en el cual Onetti enseña cómo describir a la muerte sin caer en obviedades ni cursilerías, pues en estas ocasiones el sentimentalismo suele sustituir al pensamiento abstracto. Dice: “El aire olía a frío, y a seco, a ninguna planta”. El umbral de la muerte es así, territorio de nadie, pues la nada lo gobierna de la manera menos democrática. La muerte, como representación del final de la existencia, ha sido musa y tema de las artes en todas partes, dejando en evidencia que ante su aparición el ser humano tiene más preguntas que respuestas, tal como lo destacaba la memorable película del director ruso a quien la muerte se llevó antes de que cumpliera 55 años.

Nacemos con la idea de que algún día vamos a morir, pero vivimos tratando de pensar lo menos posible en ese escenario, con cada uno como agonista único, a solas. Es un horror de imperdonable magnitud asumir la existencia mirando todo el tiempo las agujas del reloj. Todo el tiempo, el tiempo pasa. Por lo tanto, es obligación del individuo vivir sin pensar que la vida puede acabarse en un instante. Pero, ¿qué ocurre cuando es la propia vida la que nos recuerda lo breve que es? En 2020 lo hemos aprendido. Pasamos de la teoría a la práctica. Aprendimos a convivir con la muerte, el personaje del año, ella que a diario ha estado en los diarios. El domingo 24 de mayo pasado el New York Times dedicó la portada completa a los muertos a raíz del covid-19. A seis columnas tituló: “U.S. death near 100,000, an incalculable loss”. No fue necesario presentar un relato detallado de las sombrías circunstancias. Con cifras bastó para referir a la enfermedad que desde su aparición ha puesto al mundo entero a mirar en la misma dirección. 

Semanas antes, el viernes 31 de enero, una foto tomada por Héctor Retamal y que utilizó la agencia AFP a través del servicio Getty Images, mostraba a un hombre y a una mujer del personal de emergencia del gobierno chino, vestidos con trajes de máxima protección y mirando a la cámara tras haber revisado el cuerpo de un hombre que había  colapsado y muerto en una calle de Wuhan, la jornada anterior. La poderosa imagen sintetizaba la realidad inédita y el misterio que habían tomado posesión de los días actuales. ¿Adónde se dirigía el muerto anónimo, cómo fue a colapsar ahí, cerca de un semáforo, igual que un perro de la calle? ¿Tan atroz es la enfermedad que ni tiempo da para hacer el mínimo intento de salvación? Lo mismo que en las películas posapocalípticas, en las que los muertos prefieren quedarse quietos en vez de convertirse en zombis, esa imagen, la foto del año, contenía el momento de quiebre temporal en que una época desconocida se establecía en la historia de la humanidad, para originar incertidumbre y pánico. La enfermedad, pronto nos dimos cuenta, no era una simple gripe. El mundo, con nosotros dentro, comenzaba a vivir una pesadilla de final incierto. Ya no iba a ser solo en una ciudad china superpoblada, donde “el aire olía a frío, y a seco, a ninguna planta”. El aroma a ninguna planta había empezado su viaje a todos los continentes. Ese viaje aún no ha terminado. 

Así pues, en un año fotogénico a más no poder –el horror suele venir acompañado de belleza espectacular y especular–, la muerte ha aparecido en todas las fotos sonriendo, sin necesidad de que le dijeran “whisky” para que lo hiciese. Su docilidad en ese aspecto ha sido admirable. Y a fuerza de reiteración, de meses seguidos escapando del fin mediante el confinamiento, nos hemos acostumbrado a ‘estar’ con ella, aceptando la irreversible realidad de los hechos, con laica religiosidad, casi con el mismo estoicismo con que Diógenes de Sinope le respondió a Alejandro Magno, “Quítate de donde estás que me tapas el sol”, luego de que el rey macedonio le dijo que le pidiese lo que quisiera, pues se lo daría.

Desde la tapa en mayo del New York Times hasta el presente, la cifra de muertos en la Unión Americana creció en más de 200 mil. En el mundo, el número de víctimas por covid-19 se aproxima a los 2 millones. Hemos ido de la foto del muerto solitario en una calle de Wuhan, a un retrato colectivo en el que el número de fallecidos es tan alto, que impide que todos salgan en la foto. En tiempos en que las redes sociales son utilizadas para alcanzar celebridad instantánea, la muerte ha sido este año la gran influencer, más celebre que Kim Kardashian. Y a diferencia de Donald Trump, no necesitó convertirse en tuitero serial para que le prestaran atención. Las redes sociales, precisamente, han sido el gran núcleo difusor de los fallecimientos desparramados por todas partes. Los reportes caseros se multiplicaron, y de manera cotidiana, a cualquier hora, pudimos saber de la muerte de gente de la cual nunca antes habíamos escuchado hablar, pero que igual se metió en nuestras vidas, como si por primera vez en la historia todos fuéramos uno y cada cual testigo atónito de lo irremediable. La pena por la muerte ajena coincidió con el morbo y la incredulidad. La pregunta del 2020 estuvo en ese tono: ¿seré yo el próximo? Quién no se la hizo. En un año en que miles de negocios se fueron a la quiebra, las funerarias tuvieron superávit.

Allá por la década de 1970, una mujer de la audiencia le preguntó a J. L. Borges después de que este dictara una conferencia: “Borges, ¿para qué sirve la poesía?”. Visiblemente molesto, el escritor respondió: “Señora, ¿para qué sirve un amanecer? ¿Para qué sirven las caricias? ¿Para qué sirve el olor del café? ¿Para qué sirve la muerte?”. 

Durante 12 meses continuos que están resultando interminables, la muerte con su inutilidad ha hecho acto de presencia, anunciando a todo volumen que para lo que sirve es para recordarnos por contraste el carácter sagrado de la vida. Con su nuevo estatus de celebridad ubicua y todopoderosa, la figura oscura con hoz en la mano vino en 2020 a recordarnos precisamente eso, el lugar inconmensurable donde estamos, y al que nos resistimos a abandonar. l
 

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos