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El político es el mejor amigo del perro

El Parlamento quiere mandar a la cárcel al que mate mascotas pero se olvida de las liebres, de las cotorras y de los obreros

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18 de marzo de 2014 a las 00:00

Todo tiene un desagradable olor a demagogia. A esa demagogia que le nace a los políticos cada vez que huelen un asunto sensible a la opinión pública, a esa opinión pública que ahora ejerce presión en las redes sociales. Y en las redes sociales hay cada vez más animalitos domésticos y cada vez menos personas e ideas más o menos interesantes. Por eso, los políticos decidieron aprobar una ley para poder mandar preso a aquellas personas que maten con crueldad a un animal doméstico.


El proyecto es, por lo menos, extraño. Porque se le perdona el castigo a quienes acaben con un animal que sea plaga nacional y lo deja seguir libre si lo hace a través de plaguicidas. Es decir, un perro y un hámster valen más que una liebre, una paloma o una cotorra. Y, al parecer, ante cada muerte dudosa habrá que contratar a un forense de animales para que haga la autopsia correspondiente.


Además, si usted patea a su perro porque lo joroba mucho, su vecino puede denunciarlo ante la Policía que tiene la obligación de indagar si esa furia es aplicada también a sus afectos humanos.
La propuesta parece estar teñida de buenas intenciones y parte de una base probable: aquel que es cruel con un animal es posible que también lo sea con una persona. Pero, al mismo tiempo, luce exagerada y vestida para la tribuna.


Como sea, mientras los defensores de los animales empiezan a festejar- los animales obviamente permanecen ajenos a la felicidad de sus dueños- el Parlamento, después de muchas idas y vueltas, recién se está despachando con la ley que penaliza a aquellos empresarios omisos en la seguridad de sus empleados.
Porque una cosa es un obrero cayendo de un andamio y otra una tortuga pisada por su dueño. O parece que valen lo mismo. Y eso, esa forzada igualdad entre hombres y bestias, es lo peor de esta ley piadosa que le da estatus al perro y se olvida olímpicamente de la paloma.

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