La civilización occidental está dividida en dos culturas enfrentadas entre sí en una gran lucha cultural y política: la cultura cristiana (que engendró esa civilización) y la cultura del humanismo secular o secularismo, que crece desde hace siglos y hoy es hegemónica.
El secularismo representa para la sociedad algo análogo a lo que el naturalismo metodológico representa para la ciencia. Así como este último consiste en que el científico prescinde de Dios y la religión en su actividad científica, aquél aspira a que los ciudadanos prescindan de Dios y la religión en su actividad política y en los espacios públicos de la sociedad. Podría decirse que el secularismo es el naturalismo metodológico (o el ateísmo metodológico) de la vida política y social.
En un artículo anterior intenté mostrar que el auge del secularismo está provocando la corrupción de Occidente (*1). En esta ocasión procuraré mostrar que, aunque parece que el cristianismo lleva todas las de perder en la batalla cultural y política en curso, los fieles cristianos tenemos buenos motivos para esperar un futuro mejor: no sólo por razones sobrenaturales (la confianza en la Providencia divina que guía la historia) sino también por una razón de orden natural. El historiador católico británico Christopher Dawson (1889-1970) la expuso más o menos de la siguiente manera: la cultura secularista, el gran adversario de la cultura cristiana, parece de momento un Leviatán inexpugnable, pero tiene un punto débil: es un monstruo grande con un cerebro pequeño (*2).
El sacerdote católico húngaro Stanley L. Jaki (1924-2009), historiador y filósofo de la ciencia, destacó que los errores comprobados de los representantes del cientificismo materialista ya son muchos y muy grandes: "Que la mente era una mera función de procesos fisiológicos en el cerebro era una afirmación básica de materialistas del siglo XVIII tales como Helvetius y De la Mettrie. Este último sostuvo en su libro L’homme machine (1748) que la buena conducta moral no era sino el tranquilo zumbido de muchas ruedas pequeñas dentro del cerebro. Alrededor de un siglo después Tyndall dijo a la Asociación Británica que el pensamiento era una secreción del cerebro tanto como la bilis era el producto del hígado. Un poco antes Moleschott consideró al fósforo en el cerebro como la medida de la inteligencia. Las secreciones en cuestión no fueron encontradas, ni las pequeñas ruedas. No ayudó a la teoría del fósforo el haberse encontrado que la proporción de fósforo es muy grande en el cerebro de los gansos, esos proverbiales epítomes de la estupidez. Aún más fácil fue desacreditar a los frenólogos… En todo esto no había ninguna ciencia (*3).”
Pero no nos detengamos en detalles. La cultura secularista está plagada de posturas inconsistentes y su defensa descansa a menudo sobre falacias lógicas más o menos evidentes. A continuación indicaré cinco ejemplos.
A) Seguramente la libertad es el valor más apreciado por la cultura secularista. Sin embargo, según la corriente filosófica materialista, la más influyente dentro de esa cultura, la libertad humana no puede existir, porque el ser humano carece de libre albedrío.
B) La igualdad es otro valor muy apreciado por la cultura secularista. Sin embargo, según el darwinismo, principal sostén intelectual del "ateísmo científico", la selección natural genera desigualdad en la lucha por la supervivencia entre las distintas razas de una especie: razas favorecidas y razas desfavorecidas. Si los seres humanos no han sido creados a imagen y semejanza de Dios ni tienen un alma espiritual inteligente y libre, entonces la igualdad entre ellos no tiene más fundamento que la "igualdad" entre un lobo y un perro. Y no hablemos de la fraternidad…
C) Marx no propuso ninguna teoría digna de ese nombre sobre cómo construir el paraíso comunista después de la revolución socialista. Eso no impidió que millones de personas pusieran sus esperanzas en el marxismo. Quizás podamos excusar ese error en los primeros comunistas, pero que hoy, después de tantas revoluciones marxistas que produjeron tiranías homicidas y una opresión sin igual en la historia universal, tantas personas sigan confiando ciegamente en esa ideología, es realmente absurdo.
D) Cuando se trata de defender su supuesto derecho al aborto, las feministas radicales emplean con frecuencia el eslogan: "Mi cuerpo, mi decisión". Pero cuando se trata de las vacunas contra el Covid19, las mismas personas olvidan u ocultan ese eslogan.
E) La ideología transgénero, tan en boga en el Occidente actual, implica que un ser humano puede ser hombre o mujer, independientemente de su sexo biológico, con base en sus meros pensamientos o deseos subjetivos. No es posible encuadrar esto en una visión científica, ni siquiera en clave materialista: si el ser humano no tiene un alma y se identifica con su cuerpo, no puede ser "una mujer encerrada en un cuerpo de varón", ni viceversa.
En estos asuntos y en muchos otros, la posición anticristiana es intelectualmente tan endeble que hoy su principal recurso es eludir el debate, ignorando, censurando o persiguiendo al adversario. De ahí que un aspecto fundamental de la actual lucha cultural y política sea la guerra contra la libertad de expresión. Para vencer en esa lucha, en cierto sentido nos basta permanecer firmes en las verdades que conocemos. Si permanecemos en la verdad, ella nos hará libres (*4).
(*1) Secularismo y desintegración social (El Observador, 28/11/2022); véanse también mis artículos El progresismo como religión (El Observador, 26/07/2021) y La decadencia de Occidente (El Observador, 23/08/2021).
(*2) No pude reencontrar la fuente para citar a Dawson de modo exacto, pero esa idea suya, leída hace muchos años, quedó grabada en mi memoria.
(*3) Stanley L. Jaki, The Brain-Mind Unity: The Strangest Difference, Real View Books, USA, 2004, pp. 2-3; la traducción es mía.
(*4) Cf. Juan 8,32.