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El ritmo de La Teja espera por Tabaré Vázquez

En el barrio donde se crio el hasta ahora presidente se generó una mística que perdura hasta hoy 

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17 de febrero de 2020 a las 05:00

¿Te enteraste lo de Tabaré? Parece mentira.

La imagen del presidente sobre fondo negro, moviendo los dedos y acariciando sus manos mientras anunciaba que tenía un tumor maligno hizo que en La Teja el frío del 20 de agosto se sintiera más.

Desde ese día, la salud de Tabaré Vázquez se convirtió casi que en el primer comentario cuando un vecino entraba en la policlínica del club Arbolito.

Todos se enteraron. Pero acá, donde el presidente se nombra sin el apellido y las anécdotas de barrio se imponen ante los anuncios políticos, la cercanía hizo que la noticia fuera más difícil de digerir.

***

En la calle Benito Riquet varias casas no tienen timbre y palmear las manos sigue siendo el llamador oficial.

Así asoma, después de varios minutos, Elena. Mientras la puerta se abre lento, la pequeña figura encorvada pregunta:

–¿Sí?

–Hola, estamos escribiendo sobre Tabar…

–No, no, no no no…

La puerta se va cerrando al mismo ritmo con el que se abrió.

En esa casa creció Vázquez, y donde vive hasta hoy su hermana mayor, de 95 años. Ella lo recibe cada vez que el presidente anda por el barrio, igual que en cada Navidad.

Tabaré Vázquez con su hermana Elena, en la casa donde se criaron. La visita fue después de haber votado en las elecciones.

El vecino de la casa de la derecha es uno de los que conoce a Tabaré de toda la vida. Después de varios minutos, la llamada con las palmas, el timbre y los golpeteos en la puerta surten efecto y hacen que alguien mire por la ventana. Cuando se le pregunta por Vázquez, se excusa:

–No me acuerdo de nada. No sé –dice el hombre, mientras su silueta se pierde de vista dentro de la casa.

La vecina de la izquierda de Elena también conoce a la familia Vázquez Rosas de toda la vida. Sigue el ritmo de La Teja y demora en salir, aunque, a diferencia de los dos intentos anteriores, ella sí habla. No quiere dar su nombre, pero de a poco va soltando anécdotas desde atrás del portón.

Cuenta, por ejemplo, que un día ella se enteró de que tenía cáncer de riñón y que, después de consultar a varios médicos, su esposo se contactó con Vázquez. El presidente fue hasta La Teja y avaló lo que los doctores ya habían diagnosticado. Y ahí la mujer confió.

Durante la conversación cita partes del libro autobiográfico de Vázquez –Crónica de un mal amigo– y resalta con orgullo que tiene fotos con él del día que ganó las elecciones de 2004.

–¿Las podemos ver?

–No, no.

–¿Por qué no quiere mostrarlas?

–Por respeto. No puedo. No.

La figura de Vázquez en La Teja inspira una reverencia al punto de que muchos se cuidan al hablar de él. Como si surgiera el miedo de que algo de lo que pudieran decir fuera a hacerle daño.

Hay una explicación: entre el arroyo Miguelete y el Pantanoso, con epicentro en la plaza Lafone, Tabaré se convirtió en mística.

Eso es lo que cuenta Andrea Caffiro, presidenta del club social que Vázquez fundó antes de ser Vázquez, cuando todavía no había sido intendente y ni siquiera se había recibido de médico. Cuando, en 1958, un grupo de amigos quiso inaugurar un espacio donde poder juntarse y lo nombró en honor a uno de los tantos paraísos que hay en La Teja.

“Cuando somos chiquitos te preguntan qué querés ser cuando seas grande: ‘yo quiero ser presidente de la República’. Pero todos sabíamos que en La Teja, Capurro, el Cerro, no íbamos a llegar, ¿verdad? Entonces, es eso”.

Con esa frase, Caffiro resume a qué se refería con la mística Tabaré: el barrio de los trabajadores de Ancap, de industrias textiles, de hijos de luchas sociales, empezó a creer que, ahora sí, el progreso de un hijo del barrio obrero era posible.

Club Arbolito

En el club Arbolito, donde los colores de la fachada se muestran ya bastante lavados, Tabaré dejó como mínimo dos marcas: el carnaval y los niños.

El carnaval, porque desde el comienzo fue el lugar de ensayo de los conjuntos del barrio. Si alguien se pone medio haragán para armar el tablado, alguien, en algún momento, le va a decir: “Dale, hasta Tabaré clavó maderas acá”.

Y los niños, porque, primero en la policlínica que él atendió y después con actividades recreativas, siempre fueron prioridad. En el club Arbolito, la olla popular de 2002 con la taza de leche se convirtió con el tiempo en comedor, hasta que el comedor dejó de ser necesario.

***

Fabián Canobbio fue uno de los niños que pasó su infancia en Arbolito. Vio a su padre y a su abuelo jugar a las bochas. Jugó al pool y al ping pong. Pasaba parte de su día entre la plaza Lafone, las calles Humboldt y Ruperto Pérez Martínez, y el club. Se llevó de ahí varios amigos.

Hoy es presidente de Progreso, pero se acuerda de cómo empezó: con nueve años ya estaba en el baby fútbol del club, y el que lideraba la cúpula era Tabaré.

Tabaré estaba en la directiva desde 1979. Más de 60 años antes había estado su abuelo, José Vázquez. Vio a Progreso ganar el campeonato de la B, ascender a la A, disputar una Copa Libertadores y, ya cuando estaba en campaña para ser intendente de Montevideo, su club venció a River, a Danubio, a Defensor, a Huracán, a Cerro, a Liverpool, a Rentistas, le ganó a Peñarol y le ganó a Nacional en el Paladino. Alcanzó el título de campeón del Uruguayo en 1989, que llegó después de un empate.

De su legado en Progreso quedó, otra vez, el foco en los niños y el vínculo con lo social. En 1983 el club abrió un merendero. Hoy tiene un teatro donde funciona una UTU y hay más de 300 niños, en su mayoría del barrio, vinculados con el fútbol. “Él lo ha dicho muchas veces: Progreso es La Teja y la Teja es Progreso. Y eso es tal cual. No es una frase hecha, sino que es una realidad: todos nos preocupamos por todos y creo que en gran parte lo ha generado él”, cuenta Canobbio sentado en la grada del estadio.

En esas gradas se sentó muchas veces Vázquez.

Entre los directivos de Progreso corrió el comentario de por qué el Paladino no tenía palcos. Durante la gestión de Tabaré alguien propuso hacer esa reforma, pero al presidente no le gustó la idea: no quería diferencias en la tribuna, quería que todos los hinchas disfrutaran por igual. “Fue algo que escuché el otro día”, repite Canobbio, y alimenta esa figura inmaculada que los tejanos construyen en sus relatos.

Raúl Figuerola se acuerda de ser hincha y verlo, ya como intendente, alentar a Progreso desde atrás del arco en el Paladino. La gente lo rodeaba con el currículum en la mano. Era Tabaré, el del barrio, el de siempre, que había llegado al gobierno de la capital. Había progresado y los hinchas y vecinos tenían la ilusión de progresar con él. “Por un tiempo, en la tribuna no se lo vio más”, recuerda ahora Figuerola, que se convirtió en gerente del club.

Estos años Canobbio tampoco lo vio.

El último partido que recuerda que estuvo el presidente fue cuando Progreso jugó contra Rampla en el Olímpico en 2016. También estuvo en los festejos por los 100 años del club, en 2017. Pero en los tres años que Canobbio lleva como presidente de los gauchos, en el Paladino no volvió a verlo.

Cancha del Club Atlético Progreso

***

Tabaré era de los que, siendo joven, se agarraba del alambrado, se enojaba con los jueces y, como lo describe José “el Gato” Morgade, hasta gritaba “algún improperio”.

Morgade todavía vive en la misma calle donde se crio Tabaré. Lo vio jugar en la vereda, levantar Arbolito, liderar Progreso, y ahora, sentado en una silla playera en el patio de su casa que da a la calle, también lo ensalza.

Dice que La Teja es como un triángulo isósceles: en un vértice está Progreso, en el otro está La Reina de La Teja –la murga del barrio que él lideró por años– y en el punto de arriba, en la cúpula, el club Arbolito, al que Vázquez le dio vida.

Hace un tiempo, el Gato Morgade acompañaba a Vázquez en la inauguración de un centro cultural del barrio donde antes había funcionado el cine del club Progreso, cuando un periodista aprovechó la visita presidencial para plantear que esa inauguración no cambiaba el ADN de la educación como había prometido el gobierno. Vázquez se molestó, se rio y se fue sin responder. Morgade, sin embargo, volvió para increparlo. Le dijo que eso era La Teja y que se fuera al Parlamento a preguntar.

Dos años después, explica esa reacción, más parecida a una riña de barrio que a una respuesta protocolar. “Eso es defender a la comarca”, justifica.

José "Gato" Morgade

El Gato Morgade fue uno de los que salió de La Teja en un camión junto con otros jóvenes del barrio a alentar a Tabaré cuando daba su último examen para recibirse de médico. Entre ellos también estaba el Pistola Marsicano, con quien Vázquez fundó Arbolito. El cuento que se convirtió en anécdota corriente es que su compañero lo molestaba desde una de las ventanas del Hospital de Clínicas para desconcentrar al futuro médico.

***

Tabaré se consagró así, primero en la policlínica, después como médico y años después como oncólogo. Lo consultaban cada vez. No solo los vecinos de al lado de la casa donde creció. Pasó a ser una cuestión de barrio.

Susy Silva es otro ejemplo, pero hay más.

Es secretaria del club Arbolito, todos ahí dicen que es la que manda y ella lo reafirma. Hace unas semanas se cruzó con un vecino que le recordó las dos veces que tuvo que acudir al Fino –como le dicen cuando no es Tabaré, ni Taba, ni Tabita– para que le explicara por qué tenía los dolores que tenía.

Si se camina por La Teja, unas cuadras más allá, o unas cuadras más acá, hay alguna puerta para golpear y preguntar por Vázquez. Si no aparece caminando Pinchazo, el hombre que cada tanto se jacta ante las cámaras de haberle enseñado a pescar, aparece alguien más que alguna anécdota tiene. Además de su hermana, Elena, o sus vecinos de toda la vida, o el Gato Morgade, en el barrio siguen viviendo su primo y algunos amigos de la pesca.

Mientras Susy Silva camina por el barrio y va pegando gritos a ver si alguno sale para conversar –lo hizo frente a la casa de Morgade pero nadie respondió–, cuenta que a Tabaré La Teja lo respeta mucho más allá un partido político, y explica por qué no es cuestión de frenteamplistas y opositores. “No por ser el presidente, como el humano, la persona de acá del barrio que es y que ayuda a muchos. No solo con ‘vengan que les hago una placa, o les miro un resultado’. Él ayudó en otro sentido: consiguiéndoles trabajo, por ejemplo”.

***

La mística Tabaré, que instaló y se impregnó en La Teja con el paso del tiempo, es difícil de materializar en el día a día.

En las últimas elecciones, Vázquez no votó en el club Arbolito. Antes, ese día era una fiesta y los vecinos de siempre lo esperaban y aprovechaban para saludarlo. Esta vez votó en el Club Progreso, donde otros tantos fueron a recibirlo.

Aunque el cambio fuera casual, el peso simbólico hizo que algunos, como Andrea Caffiro, se lamentaran y extrañaran el contacto cercano.

–¿Cuándo fue la última vez que vino Tabaré al club?

–Qué peleadora… No quiero ser grosera.

–¿Te traigo un vasito de jugo? –interrumpe Gabriela González, que integra la comisión del club.

Las dos se ríen.

Caffiro se repone, cuenta que el presidente no visita el club muy seguido pero que eso, resalta, le parece lo correcto. Y repite: el presidente no debe hacer diferencias y beneficiar a la gente de su barrio natal.

Cuando murió María Auxiliadora, los vecinos que integran El Arbolito fueron a abrazarlo.

“Allí nos dijo una cosa muy linda: que en la historia del club Arbolito –que muchas veces había pensando en sentarse a escribirla–, María Auxiliadora era una parte importante de este Arbolito, que él esperaba que no la olvidáramos”, relata Caffiro.

En Arbolito no se olvidan de Vázquez, y a veces resurge la utopía. Así le pasó, hace unos meses, a la presidenta del club. Tuvo la imagen de Tabaré dejando la presidencia, y volviendo a ser un ciudadano más, con tiempo libre y con ganas de presidir el club que fundó. Caffiro lo resume con estas palabras: “Nosotros lo esperaríamos pero con los brazos abiertos. Nos encantaría... Es un sueño. Nada más”.

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