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El teléfono celular

Los teléfonos celulares permiten cosas que antes parecían imposibles, pero invade la vida privada en cada momento de nuestros días. 

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19 de octubre de 2018 a las 05:02

El teléfono celular hizo su aparición hace cuarenta y cinco años en el mundo de las comunicaciones. Había sido precedido por algunos sistemas y sigue hoy su carrera facilitando la  comunicación entre personas. Los aparatos de gran tamaño de los comienzos,  hacen sonreír si los comparamos con los diminutos teléfonos que usamos actualmente.

En la vida cotidiana se los emplea en todo momento. Eso nos debe llevar a pensar en  nuestra privacidad y en la de todas las personas. Usamos los teléfonos con una amplitud horaria muy grande.  En  la familia presta una colaboración y en la vida profesional, comercial y empresarial está como un “must” indiscutible. Los norteamericanos dieron a “must” una significación peculiar y así dicen  también de un libro que es un “must” para el intelecto, es decir algo que se debe leer o hacer.

Vamos a dar hoy loas al teléfono celular sin olvidar otros tiempos. Para mantener una “conferencia” entre Artigas y Montevideo era preciso llamar a la operadora telefónica, un hada profesional, que nos decía la demora existente de acuerdo a los pedidos recibidos. Pero no nos quejábamos porque las operadoras eran amables y tampoco vislumbrábamos que en pocos años todo cambiaría.

Hay anécdotas antológicas acerca del teléfono celular. Me contaron que en una casa de familia  sonó la campanilla del aparato. Lo atendió un  niño. Un señor muy impaciente que llamaba desde campaña le pidió que lo pusiera en contacto con su padre.  “No está” fue la respuesta. “Bueno, dame con tu Mamá”. “Tampoco está”. “Eh...¿pero tú estás sólo?”. “No, estoy con mi hermana.” “Pasale el teléfono a ella”. “No puede”. “¿Cómo? ¿Por qué no puede? “Porque está durmiendo en la cunita”. “Y, ¿no hay nadie más allí?. “Sí, abuelita Antonia”. “Pasame entonces  con abuelita Antonia”. “No puedo”. “Pero, ¿por qué no puedes?”. “Porque abuelita está en una latita encima de la chimenea...” Pero el diálogo terminó con otra pegunta: “Bueno, pero ¿por qué hablas tan bajito?” “Porque Papá me dijo que si llamaba el celular no lo atendiera.”

La llegada del teléfono celular produjo grandes cambios. En primer lugar en la privacidad.  Al principio como toda novedad,  tuvo mucha aceptación. Más adelante los usuarios comprendimos que si bien es un medio de comunicación extraordinario también conlleva  el tema de su intromisión en la vida cotidiana propia y ajena.

El celular invade la vida privada en cada momento de nuestros días y está dentro de  la cultura electrónica. Recuerdo que hace muchos años, en el área de recepción de un congreso internacional se brindaba a los participantes un servicio de atención de sus teléfonos celulares mientras duraban las sesiones. Ahora todo eso pertenece al pasado porque es posible dejar mensajes silenciosos, fotos y videos en los aparatos. Hasta se acuñó el  denominado “modo avión”. Pero sigue vivo el teléfono, el celular, “el celu”  -el telefonino italiano-  que suena en cualquier momento y circunstancia. Invade nuestra privacidad y, a veces nos hace pasar malos ratos. En algunos sitios no están permitidos los celulares y hay advertencias bien claras.

El celular es un excelente medio de comunicación. Pero ¿puede usarse durante una clase en Facultad, en el Liceo,  en la escuela? Visto “da vicino” (visto de cerca) lo niego absolutamente. Los aparatos tienen la posibilidad  de recibir mensajes y archivarlos. Por eso y, en primer lugar, considero que es una falta de respeto a una persona que está dando una  clase. Después porque distrae. Lo muy urgente puede esperar.

Las personas mayores hemos también recibido los beneficios de los teléfonos celulares. Reconocemos que los niños que no conocieron nuestras vicisitudes telefónicas, aprenden rápidamente a utilizarlos. No hace mucho tiempo una niña logró salvar a su padre por medio de un celular. Localizó a su madre quien de inmediato se trasladó desde su sitio de trabajo al hogar. También comprobamos cómo los muchachos de Tailandia pudieron comunicarse desde la cueva donde se encontraban y fueron rescatados.

“Cosas veredes, Sancho” aunque no fue dicho por Don Quijote, colabora para vislumbrar un uso razonable de lo electrónico. El habla es la representación de la mente. Los teléfonos celulares permiten muchas cosas que antes parecían imposibles y la prudencia hará que los utilicemos razonablemente.

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