El destino vuelve a coincidir con una de sus versiones anteriores. El viaje a un mundial de fútbol se decide otra vez en un partido fundamental contra Perú. Al destino, tal parece, le gusta que sea de esta forma, simétrico, charrúas contra incas, porque siempre las guerras tribales tienen altos ratings en el canal de los nacionalismos. En dos ocasiones anteriores fue también así. Contra ellos, persistentes, es a todo o nada en la recta final. En una, me duele muchísimo acordarme, domingo 23 de agosto de 1981, estuve presente en el estadio y salí de ahí con el corazón hecho puré. Cabizbajo camino a la larga fila para tomar el ómnibus de regreso a casa constaté que el desenlace del resto de la historia era irremediable, igual que en el cuento que sucede en la selva, obra maestra. “Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia” (El hombre muerto, Horacio Quiroga). En el Parque de los Aliados, donde hasta los árboles grandes y pequeños estuvieron de luto, en una tarde que de no haber sido por el resultado hubiera dado para ser feliz a montones, adquirí la certeza “fría, matemática e inexorable”, de que la suerte estaba echada, de que no lograríamos ganar la revancha en Lima. La derrota en un desbordante Centenario debe haber sido el resultado más amargo que viví como espectador en una cancha de fútbol rodeado de una multitud tan triste como los árboles y las banderas.
La segunda instancia contra los incas tuvo como corolario un triunfo de locatario, el domingo 24 de setiembre de 1989, que consagró el pasaje de Rubén Sosa de Principito a Rey por un tiempo. Vi el partido en Houston en compañía de un compatriota que no paraba de tomar cerveza dieta barata y cada tanto, a medida que la sangre acumulaba más y más alcohol, repetía como niño soñando con que lo lleven al Parque Rodó: “no sabés las ganas que tengo de conocer Italia”. La celeste fue a Italia, y ahí también grité un gol como loco, el de Daniel Fonseca a los surcoreanos en la agonía del partido y en el comienzo de la mía, interrumpida por ese cabezazo salvador. Años después me encontré con Fonseca en Ezeiza, él venía de alguna parte y yo iba para otra que hoy no recuerdo cuál, y le dije que había visto ese partido al límite con los surcoreanos en casa de un amigo, cerca de un cementerio en la capital estadounidense. Fonseca y yo estábamos parados junto a una ventana cuando se lo dije, y ambos miramos el reloj. Casi perdemos el avión. Por cierto, hablando de aeropuertos, el compatriota con el que vi el partido contra Perú no llegó a ir al mundial de Italia. La mujer lo descalificó. Le pidió el divorcio semanas antes de que comenzara el certamen, y lo liquidó. Su derrota amorosa fue cosa de Pirro y la victoria celeste para clasificar a Italia 90 valió un Perú.
Pero la cosa con los incas aguerridos no termina ahí. Hay otras instancias clave. Una de ellas me trajo inmensa felicidad, haciéndome cambiar mi perspectiva respecto a Recoba, a quien desde entonces lo tengo en un álbum invisible donde colecciono nombres y grandes momentos asociados a la selección uruguaya. En todos los más emocionantes está presente Luis Suárez, quien si anda derecho el próximo 24 nos lleva en su talento supersport al mundial catarí sin escalas, tal como lo hizo la noche del 6/9/2013 en la capital peruana, convirtiendo los dos goles uruguayos (2-1 fue el resultado). Doce años antes, el 4/9/2001, una patriada tuvo lugar. Uruguay necesitaba ganar en Lima para aspirar a la repesca, palabra que indica que en el hondo mar profundo queda algún pez esperando ser pescado. La cosa pintaba mal, pues la selección había hecho varios papelones previos, la mayoría responsabilidad de quienes son siempre responsables en estos casos: el entrenador y los jugadores. Donde yo estaba de paso en ese momento no había ningún canal que trasmitiera el partido, pero a cinco minutos de concluido, o antes, mi finado padre, hincha fanático de Peñarol, me llamó para contarme de lo sucedido en el estadio limeño, al que cada vez que alguien menciona lo asocio con la canción de Chabuca Grande que dice, “déjame que te cuente limeña”. Fue la única vez que oí a mi padre elogiar a Recoba, cuya performance en esa velada limeña memorable estuvo hecha para que hoy la cuente y recuente, nos dejó a las puertas del repechaje contra Australia, primera edición. Uruguay dos, Perú cero (de locatarios, tiempo antes, no le pudimos ganar). Y hay otra, sucedida la helada noche del 1/6/2004 cuando el combinado peruano nos metió tres en el Centenario. Fue uno de los papelones de mayor notoriedad en la historia de nuestro fútbol.
Esa noche de junio de hace mucho no estuve en el estadio y hubiera deseado no ser un energúmeno del fútbol sino del béisbol, deporte que como me interesa poco, tampoco me hace sufrir tanto. La derrota condenó a la selección al repechaje o repesca o re para el caso que sea, aunque no la “segunda nota de la escala musical que en la notación alfabética se representa como D”, ni el prefijo que a solas implica “repetición”. La derrota, con Jorge Fossati al mando del barco, nos condenó otra vez de antemano al re, que en esa ocasión terminamos perdiendo en tanda de penales contra Australia, segunda edición, luego de no haberle podido ganar en casa, en el mismo estadio donde años antes el Chengue Morales fue ídolo hasta de sus detractores. En 2022, de no clasificar directamente como deberíamos en Montevideo, y lograr a gatas el quinto lugar, el rival podría ser Australia, tercera vez en un repechaje mundialista, país que en fútbol anda a los saltos como canguro, pa’tras y pa’delante, mostrando progresos y olvidándose al poco tiempo de que había progresado. Es una selección ciclotímica, como ha sido la uruguaya en esta eliminatoria, y en anteriores, cuando la historia tuvo un final feliz, a pesar de haber sido en ambas víctima directa de los peruanos durante el periplo: el 5/9/2009 y el 28/3/2017. En las dos ocasiones nos amargaron la vida, ganándonos con oncenas de medio pelo que eran más bien nada en comparación con las uruguayas. En 2009 Perú estaba último en la tabla e igual nos ganó 1-0, en desastrosa derrota que puso a Tabárez ante el abismo, por primera vez en su largo ciclo al frente de la selección. Un Forlán grandísimo nos salvó meses después en Quito.
Bien, así que ya saben, lo que se viene es destino repetido con bises previos, inquietantes todos ellos. Lo que viene a continuación en este párrafo y en el siguiente, que será seguramente el último, es para decir esto. Soy de Peñarol, y en otras ligas sigo como hincha de reparto a Gimnasia Esgrima La Plata (GELP como lo llama mi querido amigo Daniel Krupa, notable narrador argentino fanático de ese club), a los Pumas de México, y al Atlético de Madrid, sucursal uruguaya de emociones compatriotas, clubes en los cuales triunfó Diego Alonso. Por lo tanto, he seguido con orgullo lo por él obtenido, una de las dos personas idóneas para dirigir a la selección uruguaya, siendo la otra Guillermo Almada, quien también está haciendo en México buena carrera, aunque aún no consiguió salir campeón dos veces (ni una, aunque disputó una final), como Alonso pudo. En básquetbol NBA, fútbol americano y hockey sobre hielo, deportes de contacto físico y mucha intensidad, los equipos que tienen mejores planteles siempre, salvo rarísimas excepciones, llegan a la final y la ganan. El mundial de Rusia lo ganó la selección con mejor plantel, Francia. Quienes seguimos el fútbol mundial al milímetro la teníamos como favorita, y la favorita ganó. Por tanto, con el plantel de mayor destaque que tiene Uruguay en comparación con el del rival andino, el partido a la vista debería ser un examen para pasar con sote. Las circunstancias invitan a la gloria, y a clasificar, al menos por una vez, en la jornada previa a la última en Chile. ¡Por una vez por favor! Sería bueno presenciar una goleada, finalmente, más no sea para vengar los tres goles que nos hicieron casi 20 años atrás, con otro entrenador en el cargo, y vengar además todo lo que nos han hecho sufrir las veces cuando apenas nos ganaron, o les ganamos solo por un avaro gol, llegando a la orilla con el agua al cuello hasta el último segundo.
Prometí que habría un último párrafo, pero ese párrafo fue el anterior. Lo que tenía para decir sobre esta historia uruguaya de todos ya fue expresado. Diego Alonso sabe mejor que nadie que la primera gloria mayor en su carrera está a 90 minutos de hacerse realidad, como decir, a la vuelta de la esquina.