Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

En el país de una civilización

Tercera y última entrega sobre el primer viaje del cronista a Londres

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13 de abril de 2019 a las 05:03

Último día en la capital británica. Una voz interior parafrasea una conocida canción: “yo pisaré estas calles nuevamente”. Ojalá. Mi cabeza es un jukebox con canciones que solo podrían haber sido escritas en Inglaterra; ni en Irlanda, tampoco Escocia, ni en Gales, país de Dylan Thomas, sino aquí, en la Inglaterra de Alexander Pope, de George Orwell, de Virginia Woolf, tres de mis mejores amigos en esta vida, aunque no son los únicos con tal raigambre. Una música londinense me acompaña mentalmente en cada cuadra que avanzo rumbo al próximo lugar, Roxy Music, Squeeze, Siouxsie and the Banshees, Pet Shop Boys (ayer estuvimos en West End y los ecos de la canción sobre las “Girls” de ese barrio pituco me han venido siguiendo, no desde entonces, sino desde la primera vez que la oí en 1985), Queen, King Crimson, The Psychedelic Furs, The Who, Eurythmics, Dire Straits… Y The Clash. El himno no oficial de esta ciudad (y por consiguiente, el himno verdadero) es London Calling. Ya por eso la banda del oeste londinense se hizo acreedora a un palco junto al de Shakespeare en la otra vida.

La única forma de despedirse de Londres, tal vez no la mejor, pero si la única 100% válida, es ir a un pub y decirle al oído a la ciudad, con palabras prestadas por el general Douglas MacArthur, “me voy, pero volveré”. A la memoria llega un aguacero de recuerdos (que me pesca sin paraguas), con todas las cosas que le debo a Inglaterra. ¿A quién se lo agradezco? ¿A la moza que ahora mismo trae a la mesa un pint de ale local? Imposible, es de Albania, y lo que yo pudiera decirle en celebración de la cultura inglesa, de lo tanto que ha dado al mundo (hay imperios que sirven para algo), le entraría por un oído y le saldría por otro. Tampoco entendería el barman, que es portugués, y no sabría quién es Nicholas Roeg, director de la extraordinaria Venecia Rojo Shocking. Cuando quieren, son tan buenos los ingleses que hasta le enseñan a los italianos cómo hacer de Venecia una obra maestra del cine. A nuestro alrededor hay unos londinenses anglosajones que han estado tomando como cosacos, y solo están interesados en conocer los resultados de las carreras de caballos, anunciados en uno de los varios televisores que hay en el local. Ríen de manera grotesca, como imagino lo hacían algunos espectadores en los tiempos cuando se estrenaban las comedias de Shakespeare. A la mayoría de ellos le falta algún diente, dato que los transforma en “héroe de la clase trabajadora”, como el que aparece en la canción de John Lennon.

La única forma de despedirse de Londres, tal vez no la mejor, pero sí la única 100% válida, es ir a un pub y decirle al oído a la ciudad, con palabras prestadas por el general Douglas MacArthur, “me voy pero volveré”

Qué lindo es despertarse en una ciudad y poder encontrar en el quiosco de la esquina más de 10 diarios locales, algunos nuevos y gratis, otros con larga y prestigiosa historia detrás, todos intentando sobrevivir, pero aun fundamentales en la vida de esta extraña democracia que tiene a una reina como figura patriarcal. En ninguna otra ciudad hay tanta variedad de tantos buenos diarios, porque incluso los escandalosos tabloides están bien escritos. Es tarde, viene la noche, por lo tanto, no podré ir a 10 Downing Street, domicilio de la primer ministra que pronto dejará de serlo, para agradecerle por todo lo que los ingleses legaron al mundo, empezando por los perros terrier, el animal más noble que conozco. Por eso tengo cuatro, rat terriers, animales con inteligencia y sensibilidad de músico. Después viene todo lo demás que es England for export: Shakespeare, los poetas metafísicos con John Donne, Alexander Pope y Andrew Marvell a la cabeza, los Beatles, el corned beef (que los uruguayos comían en los tiempos de veda, alguno ha de recordar), los Rolling Stones, ¡el fútbol!, J. M. W. Turner (1775-1851), primer pintor moderno, William Hazlitt, maestro de maestros del periodismo literario, innovador como pocos, Charles Chaplin, Isaac Newton, Back On The Chain Gang, Bigmouth Strikes Again, Paul Reuters (alemán de origen, inglés por decisión, inventor del periodismo moderno, aunque la única película que sobre él se hizo, A Dispatch from Reuters, es estadounidense, protagonizada por Edward G. Robinson en 1940), Agatha Christie, Charles Dickens, todos los románticos sin los cuales el mundo tendría menos belleza (William Blake, Byron, John Keats, Coleridge, Percy Bysshe Shelley, Woodsword, Robert Browning), The Cure, la estólida reina que parece haber derrotado al paso del tiempo (antimonárquico como soy, nunca he podido entender la fascinación de tantos ingleses con su monarca, pero bueno, son demasiadas las cosas que no entiendo de este mundo), Lewis Carroll, primer escritor absolutamente contemporáneo, David Lean, Harold Pinter, Lindsay Anderson, Peter Greenaway, Alicia en el país de las maravillas, Aston Martin, Elizabeth Taylor.

James Mason, quien trabajó en La verdadera historia de Frankenstein, película de 1973 basada en el libro de 1818, Frankenstein, o el moderno Prometeo (novela pionera de la ciencia ficción, en la que aparecen por primera vez términos hoy todavía en boga), escrito por su compatriota, Mary Shelley, genial hasta poner las comas, James Bond, el cinturón de seguridad, el semáforo, el Titanic, el tenis, el ping-pong, el rugby, el cricket, el wáter polo, Bertrand Russell, Alfred North Whitehead (lean La aventura de las ideas y me dicen), el meccano y la plasticina (qué hubiera sido de la infancia sin ellos), el billar, la revolución industrial, el tiempo (el del Big Ben), otro Ben, Benny Hill (cómo se le extraña), la locomotora de vapor, la new wave inglesa de los ochenta (que coincidió con el mejor momento de la música en los últimos 50 años), Winston Churchill, Rick Astley, el gin-tonic, Depeche Mode, New Order y antes Joy Division, Bohemian Rapsody, el uso de la & llamada inglesa, scones & muffins (con mermelada de naranja), Romeo y Julieta (la obra de teatro y la canción de Mark Knopfler), el heavy metal, Hamlet, Macbeth, Otelo, Alfred Hitchcock, Derek Jarman, Pulp, Julie Christie, los Smiths, el té Earl Grey, el té English Breakfast, el té con leche (y pensar que durante mi niñez yo lo tomaba a la hora de la merienda acompañado de un refuerzo de salame), Stairway to Heaven (¿es la mejor canción en la historia del rock?, a veces creo que sí), Wang Chung, los Telettubies (y perdón que los mencione antes de quien viene a continuación), J. R. R. Tolkien, otros, infinidad, y J.K. Rowling, pues si no la menciono mis hijos me matan.

Uno es lo que lo ha leído, lo que ha visto, lo que ha oído; es lo que ha imaginado a partir de lo que ha leído, de lo que ha visto y de lo que ha oído. Si los políticos entendieran que sin inculcar valores artísticos, sin afirmar conceptos estéticos relativos al espíritu y a la trascendencia de la mente y del alma no se puede construir una sociedad más justa, ética e igualitaria, viviríamos en un mundo mejor. Por eso mi desconfianza total en los políticos uruguayos actuales, sin distinción partidaria, sobre todo a los que aspiran a la presidencia. A ninguno hasta ahora le he oído destacar la importancia que en su gobierno tendrán la enseñanza y difusión del arte y los bienes culturales producidos con originalidad y rigor, no como mera fuente de entretenimiento, no únicamente “aquello” que en forma demagógica aspira a ser solo popular y entendible, ideal para complacer y narcotizar a las masas conformistas. En fin, no voy ahora a entrar en el asunto de marras, porque para las urnas de noviembre aún falta, y porque en Londres sería una obscenidad andar perdiendo el tiempo en otras cosas aparte de las de ahora mismo, cuando la bella moza albanesa trae por fin la cerveza, dos chorizos tipo Cumberland, acompañados de chips (que nadie vaya a llamarlos papas fritas), y una ensalada tibia de repollo rosado, semi ácida, como debe ser.

Le pregunto a mi hijo Diego qué le pareció Londres, y el primer sonido impensado que emite, ¡pah!, lo dice todo. Por varios días con viento, lluvia, frío, alucinantes crepúsculos y emociones nuevas, absolutamente flamantes, hemos deambulado kilómetros por las calles de una ciudad limpia, impecable, amable, modélica, de rara luz transparente, en la cual los museos y el asombro son gratis, y en la que puede tomarse el mejor té que en este planeta se produce. Todo funciona con tal eficacia, que por fin, después de todos estos años de vida, puedo entender lo que quiere decir primer mundo. 
 

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