Hay una oportunidad comercial para una red social confiable que no priorice a los anunciantes.
Va en contra de las reglas no escritas del gremio de columnistas admitir que hay algunos problemas complejos que no tienen soluciones simples. Pero lidiar con las descargas tóxicas de las redes sociales de Facebook es uno de ellos. Con 2.8 mil millones de usuarios, que representan alrededor del 60 por ciento de la población mundial conectada a Internet, la compañía se ha vuelto, presumiblemente, demasiado grande para dirigirla, y mucho más para regularla. Sin embargo, una serie de medidas desordenadas y tímidas puede ayudar a encauzar los medios sociales en un mejor rumbo.
El testimonio condenatorio de Frances Haugen, exdirectora de producto de Facebook, ante el Senado de EEUU esta semana fue una prueba más de que la compañía está perjudicando a la sociedad y que la sociedad debe responder. "Creo que los productos de Facebook perjudican a los niños, avivan la división y debilitan nuestra democracia", dijo en la audiencia.
A pesar de los intentos de Facebook de destruir su credibilidad, Haugen presentó argumentos poderosos. Esta experta en informática, ha trabajado en Facebook, Google, Pinterest y Yelp desde 2006, y tuvo acceso a montones de páginas de investigaciones internas de Facebook, las cuales le filtró al Wall Street Journal.
Su acusación más dañina fue que los líderes de la compañía conocían los problemas que causaban Facebook y su aplicación para compartir fotos, Instagram, pero decidió anteponer sus "astronómicas ganancias a las personas". Al hacerlo, habían engañado tanto a los usuarios como a los accionistas. Haugen le ha instado a la Comisión de Bolsa y Valores a que investigue.
En la audiencia pareció haber un inusual consenso bipartidista entre los senadores sobre la urgencia del asunto y la necesidad de intervenir. Algunos establecieron comparaciones entre Facebook y las compañías tabacaleras y automovilísticas, las cuales negaron que sus productos causaban graves daños hasta que los legisladores concluyeron lo contrario.
Los senadores deberían citar al presidente ejecutivo de Facebook, Mark Zuckerberg, para que responda al testimonio de Haugen y fomentar más investigaciones independientes sobre el impacto de los servicios de la compañía y el funcionamiento de sus algoritmos. También deberían apoyar la legislación para proteger a los niños, defender la privacidad y revisar las leyes de libertad de expresión y antimonopolio.
Incluso Facebook acepta que ha llegado el momento de reescribir las reglas de Internet en EEUU. "En lugar de esperar que la industria tome decisiones sociales que les corresponden a los legisladores, es hora de que el Congreso actúe", dijo Facebook.
Es posible que la compañía cuente con su poderoso equipo de presión para encaminar la legislación en una dirección favorable. También puede creer que los costos de cumplimiento recaerán más en los competidores nacientes, lo cual le permitiría a Facebook cavar un foso aún más profundo alrededor de su negocio.
Esta última polémica, y la franqueza de sus propios empleados, seguramente intensificarán la presión sobre Facebook para que se reforme desde dentro. Hay que reconocer que Facebook realizó la investigación sobre los posibles daños de sus servicios, aunque, según Haugen, no actuó en consecuencia con suficiente vigor.
En los últimos años, la compañía ha invertido mucho en sistemas basados en la inteligencia artificial para señalar el contenido perjudicial y ha contratado a 40.000 moderadores de contenido para eliminar las publicaciones ofensivas. Su creación de un consejo de supervisión independiente también ha intentado introducir cierta responsabilidad en su proceso de toma de decisiones sobre el contenido, aunque el mandato del consejo es demasiado estrecho. Ha suspendido sus planes de extender Instagram a los niños menores de 13 años.
Sin embargo, Facebook es como un bebé que intenta agarrar un balón de baloncesto enjabonado. La compañía no tiene ninguna posibilidad de lidiar con el contenido tóxico, dado su modelo de monetización y su escala mundial. ¿Cómo puede Facebook controlar el diluvio de contenido nocivo en decenas de idiomas y culturas que no entiende? En Myanmar, y en otros lugares, la compañía está acusada de permitir que sus servicios se utilicen para incitar a la violencia étnica.
La mejor esperanza de restringir a la compañía podría residir en una competencia más imaginativa y en más redes locales. Desintegrar la matriz de Facebook no solucionaría nada si los "bebés Facebook" funcionaran de la misma forma.
Pero, como sugirió Haugen, es posible diseñar una red social más responsable que trate a los usuarios como cocreadores y no como productos. Jaron Lanier, el tecnólogo inconformista, sostiene que esto podría hacerse dándoles a los usuarios más control sobre los contenidos que producen y una mayor participación financiera en el juego.
Si Facebook no es capaz de construir una red social más confiable, es lógico que alguien más descubra cómo hacerlo. Se ha abierto una enorme oportunidad comercial para construir una plataforma que priorice a los usuarios y no a los anunciantes. Para invertir la jerga de Silicon Valley, Facebook se ha convertido en un producto máximo viable. Es hora de inventar nuevas y mejores redes sociales.