8 de diciembre 2022 - 15:04hs

Ucrania ha sobrevivido a la embestida de su brutal enemigo. Ha humillado al ejército ruso y ha recuperado gran parte del territorio perdido. Éstos son logros enormes. Pero la guerra no ha terminado. El 10 de octubre Rusia inició una nueva fase, con la destrucción de infraestructuras civiles. Su objetivo ahora es quebrantar la voluntad del pueblo ucraniano. Esto también debe fracasar.

Los principios de la vida europea de la posguerra están en juego: no se pueden cambiar las fronteras por la fuerza y no se les puede impedir a los ciudadanos que elijan a quienes los gobiernan. Además, si Rusia ganara, estaría en la frontera oriental de Europa bajo el gobierno de un tirano revanchista. Pero, si Ucrania ganara, sería un poderoso baluarte contra Rusia. Esta guerra, por lo tanto, es existencial, no sólo para Ucrania, sino también para Europa.

El Occidente necesita asegurarse de que Ucrania sobreviva y de que luego progrese como nación próspera y democrática. No se trata sólo de una necesidad moral, sino también de sus intereses. Durante mucho tiempo ha habido preocupación por la corrupción del país. Pero la forma en que Ucrania se ha movilizado para pelear esta guerra demuestra que éste no es el país que vemos ahora. Un Estado oligárquico corrupto no se organiza y lucha como lo ha hecho éste. Ucrania merece el beneficio de la duda. Se ha rehecho en la guerra. Seguramente también se rehará en la paz.

Sin embargo, Ucrania no puede ganar por sí sola. Necesita equipo militar, ayuda para reparar vitales infraestructuras y, no menos importante, apoyo presupuestario. También necesita la presión continua de las sanciones sobre la economía y el poderío militar de Rusia. Ucrania asimismo necesitará una gran ayuda para la reconstrucción, en su búsqueda de una vida dentro de la familia europea, una vida que se ha ganado con la lucha de su pueblo y que aportará enormes beneficios a la propia Europa.

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Los daños han sido extraordinarios. La economía ucraniana se ha contraído alrededor de un tercio este año, con un impacto inevitablemente grande en los ingresos fiscales. En un informe publicado en octubre, el Fondo Monetario Internacional (FMI) señaló que alrededor de una quinta parte de la población ha emigrado, con un número similar de desplazados internos. El país afronta enormes gastos para luchar esta guerra y para reparar los daños actuales. Todo esto ha devastado las finanzas públicas. Mientras la guerra continúe, también lo harán los costos. Al final, habrá una factura enorme para la reconstrucción.

El Ministerio de Finanzas ha llevado a cabo una labor más que meritoria en la gestión de la situación fiscal. Sin embargo, ha tenido que recurrir a la financiación monetaria del déficit fiscal, las reservas de divisas son casi nulas, y la inflación hasta diciembre será de alrededor del 30 por ciento.

El FMI ha calculado que, si todo va bien, el país necesitará US$40 mil millones en ayuda fiscal externa el año que viene, más US$8 mil millones para reparar infraestructura. Si todo va mal, necesitará aproximadamente US$9 mil millones adicionales. Se anticipa que la Unión Europea (UE) dedique €18 mil millones en ayuda fiscal para el próximo año. La administración estadounidense le ha pedido al Congreso US$14.5 mil millones hasta septiembre de 2023, y se anticipa que se pida más para el resto de 2023. Los países miembros de la UE, más otros (Japón y el Reino Unido, por ejemplo), y las instituciones financieras internacionales, deberían aportar más. Aun así, el apoyo presupuestario externo sólo será suficiente si todo va bien. Es evidente que las cosas pudieran ir mucho peor si los rusos consiguieran infligirle a la economía muchos más daños de los que ya han causado.

La UE también quiere condicionalidad para garantizar la estabilidad macroeconómica, la buena gobernanza, el Estado de derecho, y la reforma del sector energético. Cabe preguntarse si tal condicionalidad tiene sentido en una guerra de supervivencia hasta ahora exitosa. En cualquier caso, en parte por esta razón, la UE también quiere un programa del FMI, tanto para que sirva como catalizador de reformas como por el dinero. Mientras tanto, el Fondo se siente constreñido por su convenio constitutivo, el cual requiere que un programa garantice la sostenibilidad de la balanza de pagos, así como garantías de que se devolverá el dinero. En una guerra así, ninguno está asegurado.

Se pudieran imaginar tres formas de salir de este callejón sin salida: una es que los accionistas occidentales le proporcionen garantías contra pérdidas al FMI; una segunda es que el FMI sea más creativo y preste de todos modos; la última es que la aprobación del FMI proceda únicamente de sus programas de emergencia y de lo que denomina "Monitoreo de Programa con Participación de la Junta" (PMB, por sus siglas en inglés).

También es acertado pensar en la Ucrania de la posguerra: las necesidades de reconstrucción y, no menos importante, su financiación (en parte quizá a partir de activos rusos confiscados); y la construcción de un país y de una economía europeos más modernos. Pero la condición necesaria para ello es la independencia continuada y la victoria final en la guerra. Esto requerirá una enorme cantidad de ayuda, con un mayor suministro (y por tanto producción) de armas; con una ayuda fiscal suficiente y fiable; y con un flujo de los equipos necesarios para reparar la infraestructura que Vladimir Putin seguirá destruyendo, porque es todo lo que puede hacer.

En última instancia, la guerra es una cuestión de recursos y de motivación. Ucrania dispone de ellos: es más pequeña que Rusia, pero ha demostrado una motivación mucho mayor; y sus aliados tienen los recursos. El producto interno bruto (PIB) combinado de EEUU, la UE, el Reino Unido y Canadá es unas 22 veces el de Rusia. Incluso una ayuda fiscal de US$60 mil millones el año próximo costaría sólo el 0.1 por ciento de los ingresos combinados de los aliados.

¿Quién podría argumentar que esto es inasequible? ¿No es mucho más inasequible dejar que Putin triunfe? Sí, es doloroso sufrir el choque energético de esta guerra. Pero es obligación del Occidente sobrellevarlo. Son Ucrania y los ucranianos quienes sufren las peores consecuencias del conflicto. Nosotros, en el confortable Occidente, debemos darles los recursos que necesitan. Sólo cuando Putin sepa que no se le permitirá ganar es probable que la guerra llegue por último a su fin.

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