La avenida 18 de Julio, la principal arteria de la capital uruguaya, es como una columna vertebral de la que se ramifican, a ambos lados, las escuelas más diversas. En ellas más de la quinta parte de los bancos de clase —y en algunas hasta más del 40%— están ocupados por niños que pronuncian la “y” como si fuera una “i” y no una doble “l”, con alumnos que hablan de autobús, de buseta y guagua en lugar de ómnibus, de paladares acostumbrados a la harina de maíz, el desayuno con frijoles o el plátano maduro. Son centros de enseñanza en que, como había promovido el reformador de la enseñanza pública José Pedro Varela, las diferencias quedan de lado detrás de una túnica blanca y una moña azul.
Unos 6.000 escolares nacieron en el extranjero. Y las escuelas públicas son, para ellos, una especie de cobijo que les devuelve, al menos durante las horas de clase, el derecho a ser niños. Porque la Organización Internacional para las Migraciones actualizó su Matriz de Seguimiento de Desplazamiento (DTM por su sigla en inglés) en la que se comprueba que, al menos entre los niños venezolanos residentes en Uruguay, cerca de cuatro de cada diez no realizan actividades extracurriculares y la escuela es su lugar de mayor confort.
“Al otro día que llegué a Uruguay mi hija ya estaba inscripta en la escuela”, cuenta una de las madres entrevistadas para este estudio de seguimiento. Eso supone la posibilidad de matricularse sin siquiera la documentación al día —la teoría dice que prima el derecho del niño a educarse— y la chance de entrar a clase sin importar el momento del año lectivo.
Tanto es así que una directora de escuela entrevistada para el estudio de OIM enfatizó: “Aunque quede un mes de clase, desde la escuela tienes ese tiempo para darle un soporte a esa familia, para que se integren a la red que tenemos, por ejemplo el grupo de Whatsapp de la escuela, donde enviamos ofertas de trabajo que nos llegan, actividades gratuitas para hacer en el barrio…”.
La escuela oficia, en ese sentido, como la institución principal de orientación e integración. Incluso de conexión. “Los niños migrantes eran lo que más venían al apoyo en la escuela y los padres venían a buscar los deberes porque no tenían internet en la pensión, se sentaban afuera de la escuela y trabajaban ahí con el internet de la escuela”.
En clase
Uruguay tuvo una “notable recuperación” de los movimientos migratorios después de la pandemia. El informe de OIM da cuenta de que el país empezó a captar muchos flujos de venezolanos que habían tenido “malas experiencias” migratorias en la región y, tras años de deambular, llegaron a probar suerte.
Se estima que cerca de la cuarta parte de la creciente población venezolana en Uruguay, por ejemplo, llegó tras más de 37 meses de haber salido de Venezuela. Y casi seis de cada diez ingresaron a Uruguay por tierra. Ambos datos sugieren de experiencias de niños que fueron saltando de país en país, a veces incluso quedando desescolarizados por un tiempo, y que en Uruguay buscan la estabilidad.
Inés Guimaraens
Más de la mitad luego acaba residiendo en el municipio B de Montevideo, donde se concentran los principales servicios y pensiones que permiten el alquiler sin garantía bancaria. Por eso en las escuelas que rodean a la avenida 18 de Julio se da esa diversidad cultural y se aglutinan las escuelas con más porcentaje de alumnado inmigrante reciente de todo el país: la Julio Castro, la República de Chile, Konrad Adenauer...
De hecho, en estas escuelas céntricas hay más escolares inmigrantes que en los centros de enseñanza de la frontera. ¿La explicación? Los niños venezolanos superan con creces a los inmigrantes de Brasil o Argentina.
No es extraño: desde que comenzó la crisis humanitaria en Venezuela, Naciones Unidas estima que fueron desplazados más de 7,2 millones de venezolanos; seis millones de los cuales quedaron habitando en América Latina.
El trauma de esa salida “forzada”, el tránsito por varios países, las dificultades laborales de los padres, la separación de los amigos, la escasa actividad fuera del horario de clase hacen que, revela el informe al que accedió El Observador, más de la quinta parte de los encuestados indicó que en el último año algunos de los niños del hogar presentaron malestar emocional que le impidió realizar actividades cotidianas. La causa manifiesta más frecuente de esa zozobra, agrega el estudio, es la dificultad para integrarse, seguida por el duelo migratorio per se.
Los niños no deciden a dónde ir, ni cuándo, ni con quién.
Un terapeuta asociado al trabajo con niños migrantes contó: “Los niños y niñas ven la migración con otros ojos, su experiencia es diferente. Aún sabemos muy poco sobre los padecimientos psicoemocionales de las infancias migrantes. Es un debe que tenemos como sociedad”. Por ahora… la escuela es su refugio.