Como al resto del mundo, la pandemia también golpeó a la economía de Estados Unidos. En el segundo trimestre del año en curso, la baja del consumo y de la inversión causó una contracción que en términos anualizados fue del 32.9 %, el mayor retroceso desde la crisis de 1929. Ya en el primer trimestre del año, el virus había provocado una baja anualizada del PBI de un 5 %, terminando con el período expansivo más prolongado de las últimas décadas.
Además, el resultado sanitario de la pandemia ha sido el peor en la comparación internacional, con unos 5.5 millones de casos y 170.000 muertes.
El sistema político está sumido en una creciente polarización con vistas a la elección presidencial de noviembre. Por ello, a lo largo de todo el mes pasado no pudo cerrar un acuerdo para prorrogar el período de cobertura del seguro de desempleo ni para infundir un nuevo vigor al débil proceso de recuperación económica de los últimos meses.
Los demócratas propusieron un programa de U$S 3.4 trillones, pero era el triple que el de los republicanos. Entre otros, hubo diferencias importantes en el monto del subsidio a los desocupados, en el programa de apoyo a los Estados y ciudades y en el financiamiento del sistema postal para facilitar el voto por correo en la elección de noviembre.
Por ello, hace veinte días el presidente Trump decidió actuar en forma unilateral, a través de cuatro decretos.
Dos de ellos son de menor importancia. El primero es una “exhortación” a las oficinas competentes para “considerar” una ayuda a los arrendadores en situación de desalojo. El otro dispone la rebaja de los intereses y posterga la amortización de los préstamos a los estudiantes.
Un tercer decreto renueva el plazo del seguro de desempleo pero con un monto de U$S 400 semanales, inferior a los U$S 600 del programa anterior, con el argumento que la rebaja habrá de incentivar a los desocupados a buscar empleo. El gobierno federal pagará el 75 %, dejando el resto a cargo de los Estados. Pero como varios de éstos pasan por una situación financiera comprometida debido a los gastos de la pandemia, este complemento es de dudosa aplicación.
El cuarto decreto dispuso la suspensión durante el año en curso del aporte personal sobre los sueldos inferiores a U$S 100.000 anuales, con la intención de aumentar el “salario de bolsillo”. Pero como el aporte no fue derogado, lo más probable es que las empresas lo retengan a la espera que se vuelva exigible, frustrando el aumento salarial perseguido.
En resumen, la decisión presidencial no habrá de ayudar demasiado al proceso de recuperación. Ello sin perjuicio de un posible nuevo intento de negociación una vez que el Congreso vuelva de su receso. Entretanto, otros temas de fondo agregan nuevos problemas hacia el futuro.
La agencia de calificación Fitch rebajó la perspectiva de la economía americana de “estable” a “negativa”, advirtiendo que el alza del gasto por la emergencia sanitaria ha provocado un deterioro de las finanzas públicas, con un riesgo importante de que no pueda ser controlado en tanto la prioridad sea la recuperación de la economía.
La agencia estima que la deuda pública habrá de alcanzar a un 130 % del PBI a fines del 2021 aunque, en compensación, ahora paga tasas de interés excepcionalmente bajas, por ejemplo del orden del 0.5 % anual en los valores a diez años de plazo. De todos modos, la agencia mantuvo la calificación de la deuda en AAA.
También los mercados financieros mostraron su inquietud sobre las perspectivas de la economía americana.
En marzo, a comienzos de la pandemia, los inversores se volcaron hacia el dólar, que en pocos días se fortaleció en un 9 %. Fue la reacción que se repite cada vez que hay un problema inesperado en la economía mundial. Pero dos meses después, la FED apuró su función como prestamista de última instancia y aumentó la oferta de dólares y el dólar volvió a su nivel anterior.
Fue una normalidad transitoria. Porque desde el inicio del pasado mes de julio, el dólar ha bajado más de un 5 % a lo largo de seis semanas, hasta alcanzar un nivel mínimo en diez años con relación a una canasta de monedas. En contrapartida, el precio de la onza de oro ha subido hasta un nivel del orden de los U$S 2.000, la libra se ha fortalecido un 7 % y el euro un 10 %.
Por ello en estas últimas semanas ha vuelto a manifestarse una duda de fondo sobre el futuro del dólar como centro del sistema monetario internacional.
Más allá de los datos puntuales, Fitch y el mercado cambiario apuntan a la debilidad institucional con la que Estados Unidos está enfrentando estos tiempos de excepción. Puede que el resultado electoral de noviembre, cualquiera sea su signo, abra paso a un período menos crispado que el actual. Pero por ahora, el sistema político está cuestionado.
Por ahora, la opinión mayoritaria sigue siendo la misma que en anteriores situaciones críticas para la economía mundial: tanto la deuda pública como la preminencia del dólar seguirán recibiendo un trato preferencial por prte de los mercados, simplemente porque no hay otras alternativas viables.
Los valores del Tesoro siguen siendo el refugio de valor al que siempre se acude en épocas de inestabilidad.
El euro y el yuan no son opciones viables frente al dólar para ocupar un lugar preferente cuando no dominante en las transacciones comerciales y financieras del mundo y en las reservas de los bancos centrales.
Por cierto, la perspectiva de la economía americana es negativa. Pero sin mayores consecuencias de futuro.