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Estamos todos muertos

La historia casi verdadera del hombre que estuvo quince minutos en el más allá y volvió para contarlo

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04 de diciembre de 2012 a las 00:00

Lo sucedido no se presta para demoras así que lo contaré rápidamente y sin ningún berretín literario. Estaba yo leyendo en una mesa del boliche y tomando el café escandalosamente frío que suele servirme el mozo, cuando me di cuenta de que tenía enfrente a un hombre sesentón, peinado a la gomina y con bigote.

-Yo estuve ahí. Conozco ese lugar, me dijo señalando la tapa del libro que estaba leyendo, una edición vieja de “El libro del cielo y el infierno”

-¿En el cielo o en el infierno?, le pregunté sarcástico.

Pidió permiso para sentarse y ordenó un café que llegó humeante. Yo miré al mozo como para recriminarle la discriminación a la que me había sometido pero se sonrió y se fue silbando Yuyo verde.

-Déjeme que le cuente, dijo el hombre y se acomodó en la silla. El cielo y el infierno son la misma cosa. Se lo digo yo que estuve ahí cuando permanecí quince minutos muertos debido a una rara enfermedad.

-¿Quince minutos muerto? No es mucho?, le pregunté pero hizo como si no me escuchara.

-No sé. Pero después de atravesar el túnel luminoso y todas esas cosas que usted ya sabe, me encontré en el más allá.

Y entonces me contó las venturas y desventuras de los que, sin saber que se habían muerto, purgaban los pecados cometidos o disfrutaban del bien hecho en la tierra. Este hombre me aseguró que todos habitaban la misma y enorme ciudad. Allí estaban los que apenas les alcanzaba el sueldo para llegar a fin de mes y los que se iban todos los años de vacaciones. Los afectados por una grave melancolía y los que se tomaban todo para la risa. Los protegidos y los desamparados. Los hinchas del cuadro que pelea el descenso y los que festejan campeonatos casi todos los años.

-Pero, discúlpeme, y cuando la gente se muere en ese más allá ¿para dónde se va?

-Ah, yo qué sé! En el más allá hay gente que cree en Dios y gente que no. Gente que cree en otra vida y gente...

El hombre hizo una pausa y aproveché para señalarle que, si de algo pecaba ese más allá, era de falta de originalidad.
-Acá en la tierra es igual. Están los que creen y los que no. Los enamorados, y los que andan solos. Los que se toman el café calentito y los que están obligados a tomárselo frío, le expliqué hablando alto para que me escuchara el mozo.

Entonces fue el hombre engominado el que me interrumpió, inclinándose hacia adelante y mirándome serio.
-¿Acá en la tierra? ¿Cómo “acá en la tierra”? ¿A dónde piensa usted que estamos todos ahora?, me preguntó como si la respuesta fuera evidente.

Entonces miré por la ventana y los vi. Vi al cuidador de coches y al automovilista. A la luminosa pareja de novios, y al anciano que arrastraba los pies. Al que pasó tosiendo desesperadamente y al que se cruzó trotando alegremente. Y llegué a una conclusión fantástica y escalofriante.

Fue allí cuando el hombre del bigote y la gomina me sacudió el hombro mientras largaba una carcajada.
-No se lo tome en serio! Era una broma, muchacho. Mire que me hizo reír…, se disculpó y de inmediato se fue sin pagar la consumición.

Yo me quedé mirando al mozo que, como siempre, estaba acodado en la barra con una sonrisa de felicidad que le nacía de quién sabe qué fortuna. Ese mozo al que no podía evitar dejarle generosas propinas pese a que, días tras día, insistía en condenarme a beber un café amargo y escandalosamente frío.

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