6 de julio 2023 - 5:10hs

Por Sarah O’Connor

En la televisión matutina estadounidense de vez en cuando aparece una noticia "positiva" que horrorizaría a la mayoría de los europeos.

Good Morning America, por ejemplo, presentó un segmento sobre un "regalo de moda de los compañeros de trabajo para un ‘baby shower’": donarle parte de tu limitado permiso remunerado a tu compañera embarazada para que pueda estar un poco más de tiempo con su recién nacido antes de volver al trabajo. Una mujer dijo que estaba agradecida por poder pasar 12 semanas enteras con su bebé antes de volver al trabajo, gracias al permiso donado por sus compañeros. Otro canal de televisión contó la historia del personal médico que, durante la pandemia, le donó su tiempo libre remunerado a un colega que padecía de leucemia.

No se trata de casos aislados. Aproximadamente una cuarta parte de las empresas estadounidenses tienen un "programa de donación de tiempo libre remunerado", según una encuesta de la Sociedad de Empleadores Estadounidense (ASE, por sus siglas en inglés). Una universidad, por ejemplo, les ofrece a sus trabajadores "la oportunidad de donar sus vacaciones acumuladas a compañeros de trabajo que hayan sufrido una enfermedad o lesión catastrófica y que hayan agotado todo su tiempo acumulado".

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La gente se está donando entre sí sus vacaciones porque el sistema estadounidense es muy mezquino en este sentido, al no ofrecer derecho legal a un permiso por maternidad o enfermedad remunerado a nivel nacional. Es difícil exagerar el carácter atípico de esta situación entre los países ricos. En los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), en promedio las madres tienen derecho a casi 19 semanas de permiso de maternidad remunerado. Cuando yo tuve un bebé en el Reino Unido, me tomé casi un año de permiso, en su mayor parte remunerado.

Yo pienso en disparidades como ésta cada vez que oigo a los europeos preocuparse de que su continente se esté quedando rezagado con respecto a EEUU en términos de poderío económico. No es que el producto interno bruto (PIB) no importe, pero ¿es realmente el único criterio con el que los países deberían comparar celosamente su progreso entre sí?

Esta pregunta no es nada nueva. Desde hace décadas se viene argumentando que el PIB es una medida insuficiente de la prosperidad o de los estándares de vida de un país, pero los intentos de encontrar algo mejor suelen acabar en medidas subjetivas y no universales. El problema es que, una vez que se empieza a pensar en qué factores son importantes, es difícil saber cuándo parar. El Índice para una Vida Mejor de la OCDE tiene 11 indicadores diferentes. Para no quedarse atrás, la Oficina de Estadísticas Nacionales (ONS, por sus siglas en inglés) del Reino Unido tiene 44 indicadores de "bienestar nacional", desde la participación en deportes hasta los niveles de confianza en el gobierno. Antes de que nos demos cuenta, estamos ante un temido "panel de instrumentos" que, aunque lleno de información perfectamente interesante, dificulta saber qué está pasando en general, y ni hablar de saber cómo se compara un país con otro.

Sería mejor simplificarlo. En mi opinión, la expectativa de vida es la medida complementaria más importante de la situación de un país. Es una sólida métrica cuantitativa basada en las tasas de mortalidad, y pocas cosas importan más que la vida y la muerte. En la expectativa de vida también influyen otros factores que preocupan mucho a la gente, como el trato que reciben los bebés y las madres, la calidad de la alimentación, la atención médica, la educación, la contaminación, el empleo y la delincuencia. Se podría argumentar que la "expectativa de vida saludable", una medida de los años que la gente vive con buena salud, sería incluso mejor, pero los datos disponibles en este momento son demasiado subjetivos como para comparar tendencias de forma sólida entre países.

Por supuesto, a los legisladores sí les importa la expectativa de vida. Pero ¿cómo sería el mundo si los políticos compararan estas estadísticas con la misma obsesión y ansiedad con que comparan las tendencias del PIB? Según esta medida, EEUU no tendría nada que envidiarle al resto del mundo rico. Incluso cuando su economía crece, la expectativa de vida de su población se queda muy por atrás de la de sus homólogos. En 1980, la expectativa de vida era aproximadamente la misma en EEUU que en Italia y en Francia, y superior a la del Reino Unido y la de Alemania. En la década de 1990, EEUU se había hundido al nivel más bajo de ese grupo, y actualmente está siendo superado por países mucho más pobres en términos de PIB per cápita. A pesar de todo lo que se ha escrito acerca de cuándo (o si) el PIB chino superará al estadounidense, la expectativa de vida china ya ha logrado silenciosamente esa hazaña.

Nada de esto quiere decir que el PIB no importe; representa el tamaño de la economía, lo cual ayuda a determinar lo que un país puede hacer en el mundo, así como el tipo de vida que puede proporcionarle a su población. No es de extrañar, por lo tanto, que el PIB per cápita y la expectativa de vida tiendan a estar vagamente correlacionados, pero hay muchas excepciones de las que se pueden extraer lecciones. Algunos países — como España, Italia y Japón — están por encima de su posición económica en cuanto a expectativa de vida, con sus dietas sanas. EEUU, con sus armas, sus alimentos procesados y su escasa red de seguridad, está muy por debajo.

Las personas que se preocupan por la salud, y quieren influir en los legisladores o en la opinión pública, a menudo intentan destacar el impacto que tiene sobre la economía. "La mala salud reduce el PIB mundial un 15 por ciento cada año", afirma un estudio de McKinsey. "La mala salud endémica en los barrios ‘dejados atrás’ de Inglaterra le cuesta al país casi £30 mil millones al año porque la gente suele estar demasiado enferma para trabajar y fallece más prematuramente", sugiere otro informe. Pero esto es entender las cosas precisamente al revés. No queremos vivir vidas largas y saludables para poder generar PIB; queremos PIB para poder vivir vidas largas y saludables.

No hay nada malo en tener un poco de sana competencia entre países. Pero cuando se trata de crecimiento económico, no confundamos los medios con los fines.

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