Milongas y Obsesiones > HECHO DE LA SEMANA/ MIGUEL ARREGUI

Facebook es un bodrio útil

No es nuevo el manejo de información privada, salvo por su masividad y velocidad. Pero los monopolios son un riesgo mayor

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31 de marzo de 2018 a las 05:00

Para muchos de nosotros Facebook tuvo una etapa inicial de deslumbramiento y voyerismo, en la que nos reencontramos con seres queridos, seguida de otra, larga y desierta, de desilusión o aburrimiento. Puede que nos hartemos de los ególatras y los exhibicionistas, de los políticamente correctos y sus lugares comunes, o de los militantes obsesivos. Las fake news (noticias falsas) tienen gran éxito porque abusan de la buena fe y la ignorancia del lector y confirman sus miedos o prejuicios. Recuerden a Orson Wells y su guerra de los mundos en 1938.

Cada día también vemos difamación, injurias, apología del delito. Están los perfiles falsos de algunos cobardes para insultar en la prensa (aunque dejan su dirección de IP), los trolls y cuanta porquería se le ocurra a uno, como la vida misma.

En febrero Folha de São Paulo, uno de los diarios más importante de Brasil, dejó de publicar sus contenidos en Facebook. "El algoritmo de la red pasó a privilegiar aquellos contenidos de interacción personal, en detrimento de los distribuidos por empresas, como las que producen periodismo profesional", explicó. "Esto refuerza la tendencia del usuario a consumir cada vez más contenido con el cual tiene afinidad, favoreciendo la creación de burbujas de opiniones y convicciones, y la propagación de fake news".

Como si fuera poco, Facebook se ha apropiado de la mayor parte de la torta de la publicidad global, lo que, junto a las ansias del público por leer gratis, está acabando con los diarios, desde Estados Unidos a Uruguay, y reduciendo la calidad e independencia de los periodistas.

Muchos medios de comunicación, incluido The New York Times, buscan negociar su lectura a través de Google y Facebook, que consideran un duopolio pernicioso.

Y, para completar, ahora tenemos un escándalo por el uso con fines políticos de la increíble cantidad de información privada que Facebook recolecta de nuestras acciones: qué seguimos, a quiénes, qué nos gusta, qué publicamos, qué chateamos.

El valor de las acciones de Facebook, que tiene 2.000 millones de usuarios, cayó 15% desde el inicio de la crisis hace casi dos semanas. Es mucho dinero para los inversionistas, grandes y pequeños. Pero ya habían ganado con sus acciones casi 500% en los últimos cinco años, por lo que no deberían lamentarse.

No es novedad que diversas compañías siguen nuestros pasos mediante herramientas electrónicas. Póngase a buscar un nuevo colchón y muy pronto su pantalla se llenará de ofertas de colchones. Si suele comprar pasajes aéreos, recibirá cien ofertas imperdibles. Casi ninguno de nosotros lee la letra chica de los contratos en la web, o los olvidamos rápidamente.

Facebook domina el mundo porque sus usuarios le dicen cómo.

Hay una dimensión aterradora en todo eso. Es el miedo ante un big brother que combine los datos de nuestros teléfonos, e-mails, redes sociales y cámaras de video del entorno, hasta saber más de nosotros que nosotros mismos. Eso es lo que hacen algunos Estados autoritarios, o lo que hace la Policía de un Estado liberal que persigue a un sospechoso. Hay que aprender a vivir con ello. De no mediar estrictas garantías, el control puede volverse completo.

Pero, en realidad, buena parte de las personas siempre ha develado sus preferencias de consumo, sus vicios o sus opciones políticas sin necesidad de algoritmo alguno. Y de muchas otras los algoritmos dirán cosas bastante obvias pero no realmente las sustanciales.

Los encuestadores, el marketing, la publicidad, los clearings, los políticos y los vendedores en general siempre han tratado con esos asuntos, aunque hoy puedan hacerlo con más rapidez y precisión. Son formas nuevas para cosas viejas. Lo único auténticamente nuevo es la velocidad y la masividad.

Hay otra dimensión más peligrosa. Google, Facebook (con sus subsidiarias WhatsApp, Messenger e Instagram) y Amazon son monopolios que hay que desintegrar, escribió Jonathan Taplin en The New York Times del 27 de abril de 2017. Su preeminencia en el mercado de la búsqueda de información, el tránsito social móvil y la venta de libros electrónicos es abrumadora. Ya no sabemos vivir sin ellos.

Aún necesitamos a Facebook, salvo que optemos por el aislamiento del Unabomber. Al fin todo depende de cómo se use la herramienta. Seguiré entrando al menos una vez al día, cinco minutos, porque, antes de hartarme, confirmaré que mi hija está en Rovaniemi, un extravagante sitio dentro del círculo polar ártico, o que tres o cuatro amigos son realmente amargos e ingeniosos.

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