Desde hace por lo menos un par de discos atrás que Fernando Cabrera demuestra en cada canción su obsesión por Uruguay. Por su historia, por algunos de sus protagonistas, y también por su presente. De esa contemplación del paso del tiempo en esta penillanura salen las canciones que se agrupan de manera aleatoria en sus discos, porque pertenecen a un mismo corpus.
Y desde allí, salta de nuevo al tiempo, que ocupa toda la geografía. Con una anécdota del español Pedro Gronardo, el primer práctico portuario de la bahía allá por 1724, compuso La huella de Montevideo. En Cine religión le canta a las viejas salas convertidas ahora en iglesias.
En Fotoestudio hace un sentido homenaje a un amigo fotógrafo. En Medianoche le canta a su caballo. En Buena madera, a un carpintero. Así, sobre el escenario se formó una troupe de personajes y anécdotas que llenaron el oído y la imaginación.
Bien se puede argumentar que la letra está en primer plano en estas canciones, y el acompañamiento musical (de calidad, sutil y con excelentes ejecuciones por parte de la banda) estuvo en segundo plano. Cabrera desplegó sobre el mantel, antes que nada, sus dotes de poeta. Sí hay en muchos casos una búsqueda de reflejar esos textos con ritmos folklóricos que se hunden en las tradiciones del Plata; sí está el “toque Cabrera” de electrificar una huella o un escondido. Pero las palabras son las que obligan la atención y la tensión, imágenes que evocan objetos que de pronto se vuelven extraños y nuevos por el término que los acompaña, y son ellas las que ocupan la preeminencia.
Los momentos más emotivos del show fueron los que creó él solo, con su guitarra o incluso solo con su voz, produciendo una intimidad elocuente en un espacio tan grande como el auditorio. El artista invitado fue Jorge Galemire, con quien cantó Hijos de la abundancia. Cabrera culminó el recital con un medley de sus clásicos, con la coda de El tiempo está después. Pero durante toda la noche estuvo diciéndonos que el tiempo, en realidad, está antes.