Las mudanzas, como cualquier viaje, tienen una cualidad temporal particular capaz de adelantar las agujas: siempre empiezan antes. Conllevan las decisiones del lugar elegido para el vuelo de la abeja reina, el traslado de un bagaje que viene acompañándonos desde hace décadas, que en breve aflorará desde los cajones más inhóspitos. La búsqueda del sitio a mudarse es el inicio de la carga de presión sobre la decisión. Significa recorrer espacios vacíos, poblados de la más explícita forma de desnudez, a la espera de recibir nuevos huéspedes: casas mudas, apartamentos yertos, pisos y paredes limpias pero ausentes de humanidad, auténticas postales de la guerra posnuclear, como la zona que rodea a Chernóbil. Finalmente, la compleja decisión se toma, por gusto, necesidad o descarte, y el espacio vacío pronto será invadido y por lo tanto civilizado.
Geometría de la mudanza
El movimiento de cosas y sentimientos implica una descarga física y simbólica que deja cuerpos y almas por el piso, pero trae la chance de volver a empezar