Opinión > EDITORIAL

Gigante en la historia

Se cumplieron 100 años del nacimiento de Nelson Mandela

Tiempo de lectura: -'

20 de julio de 2018 a las 05:00

Los 100 años del nacimiento del presidente sudafricano Nelson Mandela, que se conmemoraron en esta semana, se han celebrado por todo lo alto en Johannesburgo. Las reflexiones generadas por ese onomástico en torno a su liderazgo político y su actitud en el ejercicio de gobierno han dejado al desnudo la falta que hace un estadista de tal magnitud para enfrentar los enormes retos que enfrenta el mundo. Los presidentes de las grandes potencias, salvo dos o tres excepciones, no parecen estar a la altura de las circunstancias para encauzar asuntos complejos como el de las migraciones, calentamiento global, conflictos bélicos, hambrunas y pobreza extrema en algunas regiones, e incluso, no han mostrado tener el tino suficiente para encontrar una salida a la guerra comercial en marcha que ya está afectando el crecimiento económico. La visión miope para plantearle cara a los desafíos que envuelven al planeta agiganta la figura emblemática del exmandatario sudafricano.

En ese sentido, cuando se mira en retrospectiva el legado de Mandela, resalta su gran aporte a una cultura de compromiso paciente, como advirtió hace ocho años Bill Keller, exdirector del diario The New York Times, algo que escasea entre los líderes mundiales de hoy. Entre ellos destaca el presidente estadounidense Donald Trump, que pretende tomar decisiones complejas al ritmo vertiginoso de las redes sociales, y además, que no parece entender a cabalidad que el arte de la política es el arte de la negociación.

Mandela, que estuvo el récord histórico de 27 años en prisión como preso político, salió de la cárcel extendiendo la mano a sus verdugos y con una tenaz tarea de convencimiento a sus aliados acerca de la necesidad de una reconciliación. A la derogación de las leyes segregacionistas y la rápida liberación a los presos políticos, había que sumar la reconciliación para cerrar todas las heridas del pasado. El líder sudafricano, con una paciencia infinita, logró convencer a una clara mayoría de que el sentimiento de rencor era inconciliable con un futuro próspero para el país.

Y siempre con un espíritu de humildad con el que hasta empolvó sus años en el poder. Si algo aborrecía el premio Nobel de la Paz de 1993 era que lo consideraran un Mesías. porque su papel no era el de un salvador, sino el del constructor de puentes en una sociedad fragmentada en mil pedazos y presa de un espíritu de resentimiento y venganza. De la mano de Mandela, el país conoció los derechos y deberes políticos y civiles, una condición sine qua non para el desarrollo del país.

Invitado a las celebraciones, el expresidente estadounidense Barack Obama reconoció que "gracias a su sacrificio y a su firme liderazgo, y quizás todavía más a su ejemplo moral, Mandela (...) personalizó las aspiraciones de las personas desfavorecidas".

Es cierto, aunque no es lo único que podemos aprender de un "gigante en la historia", sino también de que la libertad, igualdad y el cumplimiento de la ley son valores innegociables y que el respeto a cualquier ser humano –un principio que está por encima de cualquier ideología– es un gran aliado de un buen gobernante.

A Mandela lo que más le molestaba era la deshonestidad y detestaba a los manipuladores, dos características que hoy permean la política y explican que la palabra "posverdad" esté incluida en el diccionario de la Real Academia Española.
REPORTAR ERROR

Comentarios

Contenido exclusivo de

Sé parte, pasá de informarte a formar tu opinión.

Cargando...