En 1936, José Lorenzi comenzó con la fabricación de cuchillos que luego vendía a una talabartería de la calle Agraciada. A los dos años montó su fábrica en Pueblo Victoria. La producción creció y sus productos llegaron a ser ofrecidos en una importante armería ubicada a metros de la Plaza independencia.
En 1945 se mudó a la calle Conciliación y 15 años más tarde se instaló en la avenida Garzón donde actualmente funciona Cuchillos del Uruguay.
Su hijo Miguel acompañó el oficio durante décadas y continuó con la actividad cuando José ya no pudo dedicarse al trabajo pesado. Hoy tiene 74 años y está retirado. Entonces, llegó el turno de la tercera generación: Gabriel está al frente y también es forjador de acero.
La empresa tiene un salón de ventas que da a la calle y el taller de forjado en la parte trasera. Gabriel tiene 49 años y hace 30 que se dedica a los cuchillos.
Recuerda que cuando era niño pasaba varios días de sus vacaciones en el taller observando las tareas que hacían su abuelo y su padre. Y allí comenzó el contacto con el hierro. “De chico venía a hacer moneditas”, cuenta.
Pasaron los años, cambió la tecnología, pero allí, en el taller, el trabajo no ha cambiado. Lorenzi comenta con orgullo que los cuchillos se siguen fabricando de manera artesanal como hace ocho décadas.
“Es con la misma forma que al comienzo. Mejoró el acero, ahora no tiene impurezas, en el tiempo de mi abuelo podía tener alguna falla, pero hoy no. Es hecho en hornos eléctricos”, dice.
Cuchillos del Uruguay compra en el exterior las varillas de acero. Para hacerlo envía al proveedor varias especificaciones técnicas que le aseguran que el material que recibirá será el adecuado para la fabricación.
El proceso comienza con el corte de las varillas en trozos con determinadas medidas ajustadas al tamaño que tendrá el producto final.
A partir de allí, se empieza a utilizar el horno que funciona a una temperatura entre 1.000 y 1.200 grados. Para fabricar está prendido entre cinco y seis horas de continuo y el forjador trabaja muy cerca.
Cuchillos del Uruguay
Luego, el acero se coloca en un martinete, un martillo hidráulico pesado donde se comienza a delinear la forma del cuchillo. El que está en el taller es alemán y llegó a Uruguay en 1963.
Después el material se templa, se rebaja y se pule hasta llegar al cuchillo deseado. En otras épocas, en la fábrica trabajaban más de 30 operarios. Actualmente, está Gabriel en el forjado y tres empleados más.
La empresa hace cuchillos con hojas que van desde 10 hasta 60 centímetros. Los mangos pueden ser de madera, alpaca, plata y oro o guampa.
Ofrece una línea de cuchillos económica y otra más artesanal con más trabajo de forja. En el primer caso el precio mínimo es de $ 900, en el segundo de $ 1.620 y asegura que los dos productos tienen la misma calidad.
La decisión de fabricar la línea económica fue para competir con productos que llegan de contrabando.
Lorenzi dice que los clientes de Montevideo optan por piezas con hojas de 16, 18 o 20 centímetros. “Depende para qué lo quieras, ese tamaño es normal para un asado; el gaucho que lo usa como una herramienta de trabajo prefiere uno de 26, 28 o 30 centímetros”, señala.
Los cuchillos que vende tiene garantía de por vida. “Para mí un cuchillo de $ 3.000 pesos, para toda la vida, no es caro”, sostuvo.
Este forjador, tercera generación de hacedores de cuchillos, sabe bien de los vaivenes de la actividad y de los malabares para subsistir.
“En el negocio dependemos mucho de los vecinos, si Argentina y Brasil están bien económicamente se vende mucho en las fronteras; pero si no, los free shop no te compran nada”, afirma. Y en el mercado local “se vende, pero todo afecta”: las elecciones, la Copa América, todo.
“Además, el cuchillo no es algo de primera necesidad y menos para el montevideano”, complementa.
Pero más allá de todo, Gabriel Lorenzi igual sigue adelante con la forja, manteniendo una actividad que comenzó hace más de 80 años. Al costado del horno caliente, sentado frente al martinete, transformando como artesano un tosco pedazo de acero en un fino cuchillo.