Cómo comenzaban los casos
Cuando Marcelo entró, el área –que pasó por varios nombres hasta llamarse hoy Unidad de Cibercrimen– funcionaba dentro de la Dirección General de Lucha contra el Crimen Organizado e Interpol.
El trabajo que hacía era de “punta a punta” en estos temas. Tomaban la denuncia o recibían información del exterior o de otra dependencia, rastreaban el origen, hacían el allanamiento, incautaban los dispositivos, entrevistaban al detenido y peritaban el equipamiento incautado. Después armaban el informe, lo llevaban al juzgado, los acusados declaraban y, si había procesamiento, trasladaban a la persona hasta la cárcel.
¿Cómo comenzaban? Con un padre alertando que su hijo charlaba con un desconocido. Ahí aparecía el grooming, que es cuando un adulto busca establecer un lazo emocional y de confianza con un menor de edad con el fin de facilitar un abuso sexual.
Durante su trabajo, la ley era un problema. La 17.815 penalizaba cinco conductas –comprar, vender, producir, prometer algo a cambio del material y facilitarlo–, pero no contemplaba el almacenamiento. "Yo agarraba al pedófilo, hacíamos todas las pericias, encontrábamos las cosas, pero la ley es clara", resume.
Eso habilitaba una escena “absurda”: tener enfrente a alguien con teras y teras de material y no poder imputarlo si no se probaba una de esas cinco conductas.
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Ver foto por foto y video por video
Para analizar el material incautado usaban un sistema creado por el FBI que obligaba a mirar todo: foto por foto y video por video. No por morbo ni por castigo, explicó Pereyra San Román. sino porque ese repaso frenético servía para encontrar pistas. "Luego, el tiempo, te demuestra que es muy efectivo”, cuenta.
“Si de repente ves un paisaje de fondo podés decir 'esta foto fue sacada en Uruguay'”, indicó. "Podés analizar también la traza de la foto, para más o menos encontrar si fue descargada de internet o si entró a la computadora por un pendrive”, relató.
El policía también analizaba la metadata de los archivos que observaban. Se trata de un conjunto de datos (como el autor, la fecha de creación, el tamaño o la ubicación) que describen, resumen o aportan información clave sobre el archivo en sí.
De esta forma, se podía ver si una foto había sido descargada de internet o si había entrado a la computadora por un pendrive. Marcelo recuerda un caso en el interior, el técnico del pueblo que revisaba las máquinas que le llevaban a arreglar y se quedaba con fotos de chicos en ropa de playa sacadas de esos equipos.
El costo de mirar todo eso era altísimo, según recuerda. "Primero son niños, segundo son niños siendo abusados. Y cuando parece que ya viste lo peor, aparece algo más", dice. Llegó a encontrar material grabado en Europa del Este con bebés de menos de un año.
Sobre cómo lidiaba el proceso de consumir ese contenido para poder lidiar. "Te lo llevás", dice.
Los tiempos
El tiempo también jugaba en contra. Con el código viejo, desde la detención tenían apenas 48 horas para presentar pruebas ante la Justicia, un plazo que en el interior del país incluía incluso las horas de viaje. "Tenías 48 horas para trabajar fuerte", recuerda Marcelo. En la práctica, eso significaba "jornadas eternas", de "tres o cuatro días tranquilamente", con policías que apenas se iban a "darme una ducha y volver" o que directamente dormían "dos horas" en un sillón antes de seguir peritando computadoras y redactando informes.
Del otro lado tampoco era sencillo. "Me encontraba con jueces que usaban máquinas de escribir porque no entendían la computadora", cuenta. Muchas veces tenía que explicar "con dibujitos prácticamente" cómo funcionaban los programas de intercambio de archivos entre usuarios –conocidos como peer to peer–, que permiten descargar contenido directamente desde las computadoras de otras personas conectadas a la red. También debía demostrar que el material no había llegado por casualidad.
La tarea consistía en probar que la persona "realmente usó palabras clave que utilizaban los pedófilos para descargar cierto tipo de material".
El perfil de los pedófilos
Pereyra San Román define cuatro tipos de pedófilos a partir de los casos que investigó.
El primero es el que, según relata, decía sentir una atracción que no podía controlar: “Decían: ‘Yo sé que está mal, pero no puedo evitarlo’”. Cuenta que algunos “lloraban ahí en la entrevista” tras ser detenidos.
El segundo grupo es el de quienes niegan o buscan excusas ante la evidencia. Pereyra San Román dice que incluso cuando las pericias mostraban material o conductas compatibles con los delitos investigados.
El tercero es el que actúa por dinero, al que considera el más grave: “ese para mí es el peor de todos”. Lo describe como alguien que no necesariamente consume ese material, sino que lo produce, consigue o comercializa porque “es un negocio millonario”.
A eso se suma el consumidor o acumulador de material, que podía tener “teras y teras de pornografía infantil”, aunque durante el período en el que él trabajó el simple almacenamiento no estuviera penado.
Además de estos prototipos de pedófilos, había conductas que se repetían entre las familias cuando la persona era detenida. Hermanos, parejas e hijos “legítimamente indignados”, convencidos de que la policía "se equivocaron de casa".
Pero él ya tenía la certeza técnica de lo contrario y les anticipaba lo que también implicaba algo difícil para ellos: "Prepárense para lo que viene", les decía.
Hoy no volvería a ese rol, dice, por una cuestión económica más que por otra cosa. Y porque cambió de enfoque: en la policía, sostiene, siempre estás tratando de coser el corte cuando la herida ya está hecha. La idea, ahora, sería prevenir.
La foto del primer baño y el pedófilo desconocido por su familia
Su trabajo le ha dejado muchas lecciones que intenta entregarlas en numerosas charlas que da a padres y colegios en Uruguay y también en Argentina.
Y una tiene que ver, incluso, con la foto del primer baño de un bebé.
"Casi todos tenemos esa foto en el cajón de las fotos de nuestras madres", dice. El recién nacido en su primera bañera, una imagen tomada con amor que padres reenvían en WhatsApp. El horror de su trabajo era encontrar esas fotos mezcladas entre miles de archivos de pornografía infantil.
"La maldad que tenía esa foto era que estuviera ahí", explica. Una imagen inocente que viaja del padre al padrino, del padrino al grupo de WhatsApp, y termina en una computadora donde nunca debió estar.
De ahí pasa al concepto que en su época todavía no tenía nombre: la huella digital. La pregunta que se hace es si los padres no están vulnerando los derechos de sus hijos al perpetuar su imagen en internet sin consultarlos, en una etapa en la que el chico es demasiado chico para opinar o directamente no quiere y tiene derecho a no querer.
Marcelo insiste en que su recomendación bajó un cambio. No pretende que todos carguen con su trauma, confiesa. Pero insiste con una idea: "No todo el mundo es un pedófilo, pero cualquiera puede ser un pedófilo".
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La diferencia entre menores de 12 y mayores de 12
El investigador Pereyra San Román, quien ha analizado más de 200 casos de pedofilia, advierte que las estrategias de captación de menores cambian drásticamente según la edad. "El tema de los lugares donde se encuentran las amenazas están bien divididos en un 'antes de los 12' y un 'después de los 12 años'", explica. Mientras que en la niñez el riesgo se concentra en los videojuegos, en la adolescencia el peligro radica "directamente en redes sociales, sobre todo Instagram", desde donde los agresores derivan rápidamente la comunicación hacia WhatsApp para consumar la operativa en privado.
Esta experiencia de campo fue respaldada por un reciente estudio de la Facultad de Psicología sobre las denuncias registradas entre 2019 y 2024. Los datos exponen una clara brecha de género y un grave subregistro de víctimas masculinas, algo que el policía atribuye directamente a factores culturales. "En el caso de los hombres adolescentes, muchas veces por ego y por la educación social que los varones vamos recibiendo, muchos de ellos no reconocen que están siendo víctimas de algo", señala el experto.
El peligro de este silencio se agrava cuando el adolescente joven, siendo una víctima real de manipulación y abuso en redes, se presenta en la comisaría junto a sus padres y se topa con el machismo en su propio hogar. Mientras la madre intenta protegerlo, el padre suele minimizar la agresión. El investigador ilustra la desprotección que sufre el menor en esa misma escena: "Me tocó tener padres que acompañaban a la madre a denunciar, y la madre convencida de que su hijo estaba siendo víctima, y los padres te hablaban como diciendo: 'Hijo de tigre... vengo a acompañar a mi mujer para que le puedas decir que el botija no es víctima de nada, sino que es un fenómeno'".