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1 de mayo 2022 - 5:00hs

Mucho se ha discutido si en Uruguay, al igual que en Argentina, Chile, Brasil y otros países de la región, hay o no una grieta social y política, o simplemente una hendidura o una natural división de la población en grandes bloques políticos. Y seguramente se va a seguir discutiendo.

Por un lado, porque la división en dos bloques ha sido algo que viene del fondo de nuestra historia con la fundación de los partidos tradicionales en la década de 1830. División que se mantuvo con mayor o menor intensidad durante más de un siglo medio, pasando por revoluciones y guerras civiles y la propia Guerra Grande.

Por otro lado la discusión se agigantará, porque la sustitución del bipartidismo tradicional por dos bloques de tamaño similar, uno de izquierda y centro izquierda, y otro de derecha y centro, ha comenzado a sembrar la semilla de una división más profunda, con posiciones irreductibles y con el cambio de la denominación de “adversario” por “enemigo”. Con el adversario se compite, se habla y se respeta. Con el enemigo se lucha, el diálogo es sordo y no existe respeto.

Eso se ha percibido con mayor fuerza desde el advenimiento de la Coalición Multicolor al gobierno en 2020. Es obvio que las políticas de los dos bloques son distintitas y a veces opuestas. Pero hoy por hoy no hay nadie proponiendo ni la estatización de empresas privadas y ni la privatización de empresas públicas. No hay propuestas radicales de subir o bajar impuestos en un orden 10% del PBI ni nada similar en cuanto al gasto. La LUC, por ejemplo, no intentó privatizar la educación pública como erróneamente se difundió desde filas del SI. Pero las posiciones de la oposición se han tornado más radicales en el lenguaje y en la acción política, especialmente con el cambio de liderazgos partidarios por razones generacionales y con la creciente influencia de la central sindical en las definiciones políticas de la izquierda hasta el punto que fue quien llevó la voz cantante en el referéndum de la LUC y quien ahora ocupa la presidencia del FA. 

Dentro de este panorama, es doloroso ver como se sigue haciendo referencia trasnochada a la “lucha de clases” siendo esto algo más propio del pasado que del presente y del porvenir. En el actual desarrollo económico y social, ya no cabe la lucha de clases. Ya no hay una apropiación de la plusvalía, si en algún momento la hubo. Hoy vivimos en la sociedad del conocimiento pero las fuerzas sindicales parecen vivir en la sociedad industrial del siglo XVIII. Es verdad que algunas empresas también mantienen códigos de conducta prediluvianos pero son las menos porque la competencia las saca de mercado rápidamente. Hoy la base del éxito no está en otro lado que en el conocimiento y por ello la batalla por mejorar la educación es la madre de todas las batallas. Y allí no hay lucha de clases alguna. Hay un gran consenso hacia donde ir. Lamentablemente en ese consenso no están los gremios docentes que no quieren ver ni uno solo de sus privilegios bajo evaluación o revisión o adaptación a las nuevas épocas. Gremios que no ven necesario ni posible mejorar la tarea educativa sin irse por las ramas presupuestales de exigir crecientes porcentajes del PBI asignados para la educación y sin que haya un presupuesto previo de objetivos y una justificación posterior de resultados obtenidos. 

Es por ello que en la crucial reforma de la educación donde hay una grieta que tiene de rehenes a miles de jóvenes uruguayos y su futuro profesional. Futuro que nada importa a los gremios docentes. Se oponían a la reforma de Rama. Se opusieron a las reformas que intentó llevar a cabo Vázquez para cambiar el ADN de la educación. Se oponen a las reformas que trae la LUC. Nada les viene bien. Prefieren el statu quo y que los jóvenes emigren se quedan atrás, sin oportunidades.

Y en otro punto, vital para el futuro, donde sí se percibe una hendidura a punto de transformase en grieta es en la seguridad social. Ya advirtió el ministro Astori en el período pasado que la reforma era impostergable pero se la dejó para este período. Ahora el gobierno se propone realizar esa reforma en la que al Uruguay le va la vida y se encuentra con una oposición cerrada por parte de la izquierda. Nadie quiere dar las malas noticias que hay que dar ni aplicar medidas poco agradables y que son en buena parte consecuencia de la nefasta reforma de 2008, donde si había acuerdo porque era abrir la mano con generosidad a cuenta de cargar la mochila a las generaciones futuras.

Hoy legisladores de la Coalición de gobierno se plantean dejar la reforma para más adelante si no hay acuerdos mínimos con el FA. Sería muy triste que ello ocurriera pero hay que comprender que la reforma de la seguridad social debe ser una política de estado y tener amplio consenso aunque no unanimidad. Si ese consenso no se consigue es prueba clara que nos vamos deslizando a la hendidura o a la misma grieta.

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