Aunque hoy Estados Unidos tiene tasas de criminalidad relativamente bajas, la situación fue muy distinta durante gran parte del siglo XX. Los robos y delitos violentos comenzaron a aumentar drásticamente a partir de la década de 1960 y solo volvieron a bajar a mediados de los 90’. Lo curioso fue que el aumento de la delincuencia se dio mientras mejoraban los demás indicadores sociales. En un proceso parecido al que vivió Uruguay en las últimas décadas, en Estados Unidos el crimen aumentó mientras el desempleo, la pobreza y la desigualdad se reducían a mínimos históricos.
Una explicación a este fenómeno la aportaron en 1979 los criminólogos Lawrence E. Cohen y Marcus Felson. Para los autores de la llamada ‘teoría de las actividades rutinarias’1, la explicación a este aumento del delito estaba en las alteraciones que se habían dado en las rutinas diarias de muchos estadounidenses. En especial, en la incorporación gradual de las mujeres al mercado laboral y en la propagación de viviendas unipersonales, dos factores que aumentaron tanto la cantidad de personas transitando las calles en cualquier momento, como también el número de hogares que permanecían vacíos durante la mayor parte del día.
Cohen y Felson propusieron que la comisión de un delito no dependía solamente de la motivación de un delincuente, sino que debía haber también una oportunidad. En concreto, para que un delito se llevase a cabo era necesaria la presencia simultánea en tiempo y espacio de tres elementos: (1) una persona motivada para delinquir, (2) una víctima o un bien deseado, y (3) la ausencia de personas capaces de impedir o registrar el crimen. El tercer elemento hacía referencia a agentes policiales y guardias de seguridad, pero sobre todo a ciudadanos comunes y corrientes, como pueden ser los ocupantes de una casa, vecinos o meros transeúntes, cuya presencia y rutinas podían llevarlos a velar y cuidar a terceros, a sí mismos y a sus bienes y pertenencias.
De acuerdo con este razonamiento, el crimen en Estados Unidos había aumentado debido a los cambios sociales que experimentó la sociedad en el período de posguerra, cuando se incrementaron las posibilidades de que esos elementos converjan en tiempo y espacio. Con los años, la teoría de las actividades rutinarias se transformó en el principio fundamental de gran parte de las políticas y programas de prevención del delito, las cuales básicamente juegan con estos tres elementos para reducir las oportunidades delictivas a su mínima expresión.
La teoría de Cohen y Felson es el punto de partida más apropiado para analizar cómo puede influir el coronavirus en los índices de delito en nuestro país. O, mejor dicho, para pronosticar cómo pueden influir sobre el comportamiento delictivo las respuestas que estamos dando a la pandemia.
Dicen que los científicos sociales nunca deberíamos dar pronósticos. Por eso, es bueno advertir a los listos con el diario del lunes: Lo que viene a continuación no es más que un ejercicio especulativo, sujeto a grandes incertidumbres y a un margen de error considerable. Debe tomarse como tal.
En primer lugar, es probable que una cuarentena voluntaria u obligatoria reduzca sensiblemente los delitos contra las personas y contra la propiedad. El encierro implica que en Uruguay habrá muchas menos personas en las calles y, por tanto, menos víctimas potenciales de robos, rapiñas y agresiones físicas y sexuales. A su vez, habrá más personas cuidando sus casas y las de sus vecinos, por lo que los delincuentes tendrán más reparos a la hora de robar o allanar una vivienda. Este efecto ya se está notando en otras partes del mundo, como Bélgica o Nueva York, donde en las últimas semanas los robos y homicidios bajaron alrededor de un 30 y 20 porciento, respectivamente.
Pero no todas son buenas noticias. La teoría de las actividades rutinarias sugiere que se incrementará la actividad delictiva dirigida a aquellos bienes y propiedades que no estén resguardados, como pueden ser las oficinas y lugares de trabajo que queden desocupados durante la cuarentena. Es probable que lo mismo suceda con vehículos estacionados en lugares poco visibles o apartados. Más aún, considerando que en el nuevo escenario habrá quienes desistan de robar y delinquir, pero también habrá quienes busquen otras alternativas plausibles de hacer dinero rápido. Por todo ello lo más conveniente será aprovechar el momento para asegurar los locales comerciales y de trabajo con dispositivos apropiados: vigilancia, alarmas, cámaras, candados y rejas en puertas y ventanas.
Desgraciadamente, también es probable que disminuya el número de delitos pero que aumente la violencia de los mismos. Ello se debe a que la posibilidad de robar una vivienda sin que nadie lo perciba se reducirá drásticamente, lo que hará más probable que víctimas y agresores se encuentren frente a frente. De igual manera, también es probable que veamos un incremento de los robos a los locales comerciales que permanecen abiertos, ya que habrá menos incentivos a evitarlos en favor de viviendas vacías. Si el riesgo de ser descubierto es similar, entonces un negocio con movimiento de efectivo podrá resultar más atractivo. En la mira estarán sobre todo los supermercados, las farmacias y los locales de pago, que deberán tomar recaudos para evitar robos más frecuentes y violentos. Ello es problemático no solo por las pérdidas y los riesgos que corre el personal y la clientela, sino también porque son justo estos eventos los que quedan registrados en las cámaras de seguridad y terminan causando alarma pública.
Por otro lado, la situación en Uruguay está lejos de aquella que vivió Estados Unidos a mediados del siglo pasado y hay variables que no son previstas por la teoría de Cohen y Felson. Una de ellas es el aumento a corto y mediano plazo del desempleo y la pobreza. En ambos casos, la evidencia no es concluyente.2 Contrario a lo que suele señalarse, incluso a veces desde ámbitos académicos, la literatura empírica no suele encontrar una correlación entre crimen y pobreza. Como discutí en otra columna, en el caso uruguayo tampoco se da esa relación.3 A su vez, la mayor parte de los estudios llegan a la misma conclusión con respecto al desempleo, sugiriendo que su aumento no tiene por qué traducirse en mayores niveles de criminalidad. No obstante, aquí sí es más relevante el número de estudios que concluyen que desempleo y crimen pueden ir de la mano en determinadas circunstancias. En el marco de las reacciones al coronavirus, será fundamental entonces que encontremos maneras de aliviar la situación de aquellos que por la pandemia se quedan sin sus ingresos habituales.
Otra variable para tener presente es el crimen organizado. Aunque no tenemos certezas sobre cómo puede reaccionar a la pandemia, es posible que una crisis económica de estas características pueda tener efectos devastadores para quienes viven y prosperan gracias a mercados ilegales. Si se reduce el consumo de los bienes que comercian –narcóticos, electrodomésticos y vehículos robados–, se desmantelan dichos mercados y con ellos sus ingresos. El cerrado de fronteras y la suspensión del transporte aéreo y marítimo también tendrá efectos dramáticos para economías criminales que viven del contrabando, el narcotráfico y la trata de personas. Las incógnitas con respecto a esta dimensión del problema son enormes, pero es un elemento que debe analizarse de cerca. Si escasean los ingresos, aumentaran a corto plazo las tensiones y los ajustes de cuenta. Pero si se reduce el consumo de bienes ilegales, la criminalidad sufrirá un duro golpe que el Estado no debe desaprovechar.
Por último, hay dos factores más de violencia a tomar en cuenta, si bien no se trata de actividades criminales propiamente dichas. Como se ha señalado, el contagio y la reclusión pueden tener efectos nocivos para la convivencia, y ello es válido para quienes comparten el hogar, pero también para quienes están privados de libertad. Entre quienes viven bajo un mismo techo aumentará el estrés y se harán más frecuentes los casos de violencia doméstica. En las cárceles se propagarán las infecciones y se limitarán las visitas, lo que en países vecinos ya está desencadenando motines y revueltas carcelarias. En los hogares las víctimas deben encontrar la manera de denunciar a la primera de cambio. En las cárceles se deberá aumentar drásticamente el personal a disposición. Ambas situaciones destacan porque empeoran con las medidas que el gobierno está obligado a tomar, pero también porque son escasas las opciones efectivas que tiene a disposición para prevenir los peores desenlaces.
Referencias
1 Cohen, Lawrence E., and Marcus Felson. 1979. “Social Change and Crime Rate Trends: A Routine Activity Approach.” American Sociological Review 44 (4): 588–608.
2 Ellis, Lee, Kevin Beaver, and John Wright. 2009. Handbook of Crime Correlates. Oxford: Elsevier.
3 Sanjurjo, Diego. 2019. “Una Explicación de Por Qué Aumentó El Delito En Uruguay.” El Observador, 25 de marzo, 2019. https://www.elobservador.com.uy/nota/una-explicacion-de-por-que-aumento-el-delito-en-uruguay-2019335013.
Diego Sanjurjo es doctor en Ciencia Política, especialista en políticas de seguridad y armas.
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