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Historia de la bruja

Esta historia sucedió en una callecita del Paso Molino y, así como me la contaron, la cuento yo.

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23 de abril de 2013 a las 00:00

El oficio de Julia, de alguna manera hay que llamarlo, le había sido legado por su madre: adivinadora, lectora del futuro o, simplemente, bruja. La madre ejerció las supuestas dotes adivinatorias con bastante suceso hasta el mismo día de su muerte ocurrida un año atrás por culpa de un golpe de presión que la tumbó luego de haberle sugerido a un cliente que no participara de negocios, ni de viajes en las próximas 48 horas.

Doña Angela, así la llamaban en el barrio, cobraba unos pocos pesos por sesión pero, a saber por la cantidad de gente que concurría al comedor de su casa, tenía una evidente capacidad para dejarlos contentos.

Julia sentía hacia su madre un agradecimiento enorme por haberla cuidado cuando su padre murió siendo muy joven pero, a la vez, no entendía por qué, además de su trabajo en la panadería, se dedicaba a una actividad que, era evidente, consistía en engañar a la gente. A ella nunca la dejaba estar presente cuando recibía a quienes querían recordar lo sucedido o saber lo porvernir. No sabía si su madre cerraba los ojos, si se concentraba, si impostaba la voz cuando auguraba.

De lo que sí estaba segura, era de la imposibilidad de adivinar la suerte. Y sabía muy bien que su madre era una persona muy inteligente como para creerse su propia mentira.

-Mamá, yo no puedo creer que hagas estas cosas. ¿Con qué necesidad? Yo también aporto para la casa. La plata nos da bien para llegar a fin de mes. ¿Para qué necesitas mentirle a la gente?, le había preguntado en la única oportunidad que hablaron del asunto.

-Pero ¿quién te crees que sos? Es la primera y la última vez que te lo digo: yo no jorobo a nadie. Que te quede bien claro. Y no se habla más del asunto, le respondió su madre roja de la rabia.

En verdad Doña Angela era una persona muy honesta. Pero a veces sus juicios eran terminantes o, por lo menos, difíciles de entender. Por ejemplo, creía en la vida después de la muerte y decía que lo increíble era en realidad que nadie hubiera regresado aunque sea un rato del más allá para avisarnos de esa noticia.

-Acá pasa algo. Es evidente que ninguno de los muertos quiere ni siquiera enviarnos una señal. No sé qué les pasa. Mirá, hija, yo te juró que, después de que me muera, de alguna forma voy a volver para darte una señal, le dijo una vez hablando de bueyes perdidos.
-Pero mamá ¿no es más normal pensar que no existe vida después de la muerte o que, si la hay, no es posible mandar mensajes a la tierra?

-¿Cómo no se va a poder? Saliste igual a tu padre. No creía en nada. Mirá, si yo no te mando una señal, ahí si empezá a preocuparte porque eso quiere decir que lo único que tenemos es esta porquería de cuerpo.
Así era su madre. Y, cuando murió, le dejó un enorme vacío en el alma y otro un poco más chico en el presupuesto familiar. A Julia no le alcanzaba con su trabajo en el supermercado y el peor consejo para solucionar el asunto le llegó de boca de una vecina.

-Pero Julia, vos debés tener la misma capacidad que tu madre ¿no te animás a tirar las cartas o algo?
La propuesta tenía un doble filo: o la vecina creía en las artes adivinatorias de Doña Angela y en su herencia sobrenatural, o lo que en verdad le estaba diciendo era “dale, seguí con el curro” o en el mejor de los casos “dale, hacé como que sabés”.

En realidad, Julia no tuvo mucho tiempo para pensarlo. Dos semanas después la echaron del super y a los dos meses estaba promocionándose para tirar las cartas.
Empezó sacando datos del facebook de los clientes o atesorando chismes que luego le servían para adivinar. Cuando no podía conseguir nada de eso, adivinaba en el peor sentido de la palabra.

Al fin y al cabo, se dijo Julia, su madre debía haber hecho algo parecido y se consolaría diciéndose que, al fin y al cabo, no estaba haciendo otra cosa que sosegar a tanta gente que necesitaba alguna respuesta a sus inquietudes existenciales.
En fin, como sea, una tarde a Julia se le presentó una de esas personas que no tenía facebook y de las que tampoco tenía dato alguno. Y tuvo que adivinar. El hombre entró silbando “Les fleures mortes”. Julia conocía esa canción porque su padre la cantaba chapurreando el francés. Se lo dijo, lo vio sonreír y continuó ya más confiada.

-Está preocupado por sus hijos…
-¿Por mis hijos? No tengo hijos y usted tampoco, creo.
-¿Vino a que le adivine o a adivinarme?
-No veo ningún juguete en la casa. Y tampoco tiene trabajo. Sino no estaría haciendo esto.
Una vez, una de sus amigas le había advertido acerca de la posibilidad de que se le presentara algún periodista o algo parecido a hacerle zancadillas para revelar la farsa. Julia se preguntó qué hacer y eligió despacharlo convenientemente.

-Si no le gusta se puede ir…
-No me gusta. Así como a usted no le gustan los corasanes rellenos... No se preocupe. Yo no adivino, basta con preguntarle al panadero, dijo el hombre con una media sonrisa.
-Veo que se tomó su tiempo para averiguar y venirme a jorobar…
-No, cómo la voy a jorobar. Bastante tiene con no haber podido dormir la otra noche por pasársela soñando con que la mordía un perro negro.
Julia empezó a ponerse nerviosa. Eso se lo había contado a sus amigas en el boliche mientras compartían lo que le confesaban al psicoanalista. Este hombre, era obvio, la estaba siguiendo. O conocía a alguna de sus amigas. O conocía a su analista. Y su analista era un degenerado que andaba desparramando sus secretos por ahí.

-Escuche, usted me anda siguiendo. Me parece que voy a tener que llamar a la Policía, le advirtió.
-Yo no estoy haciendo nada malo. En cambio usted anda estafando a la gente. Si quiere llame. Pero vio como es la Policía... ¿se acuerda lo mal que la trataron cuando se perdió en la calle aquel seis de enero? ¡Y cómo llovía!, recordó el hombre.
Julia creyó que se moría. Eso le había pasado cuando tenía cinco años. Eso no lo sabía casi nadie. Bueno, sólo lo sabía su padre. Y él ni siquiera se lo había contado a su madre para no ponerla nerviosa. Se murió sin contárselo. Su madre, que adivinaba todo, eso no lo sabía. A Julia solo le alcanzaron los nervios para fruncir el ceño y hacer la pregunta con la mirada.

- Julia, no te asustes, pero te traigo un mensaje, le respondió el hombre y apoyó los codos en la mesa como para empezar a explicar lo inexplicable. Afuera llovía a raudales.

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