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Inés Bortagaray y su arte textual

Con una buena dosis de guiones hechos película y un recorrido intermitente pero seguro dentro del mundo de la escritura, Inés Bortagaray deja que en su arte conversen imaginación y realidad.

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09 de mayo de 2019 a las 09:02

[Por Agustina Amorós]
[Fotos Lucía Carriquiry]

Tres fotos de Mario Levrero decoran la pared del café donde minutos más tarde se sienta Inés Bortagray. Mientras ella se acomoda el pelo que no logró salvarse de la lluvia repaso mis preguntas. La realidad es que a través de sus libros pude espiar su mundo a tientas y ahora me siento incómoda de saber parte de las respuestas. La invito a que haga su propia síntesis. “Soy guionista. Escribo, en un camino que ha sido bastante errático pero que no he dejado de hacerlo. Doy clases. Tengo una columna en la radio (No toquen nada, Del Sol) y hago tutorías para guiones”, resume.

Entre las novedades editoriales se encuentran sus dos últimas publicaciones: Cuántas aventuras nos aguardan (Criatura Editora, 2018) y la reedición de su segundo libro, Prontos, listos, ya, que llegó a estanterías hace pocos días, pero trae un recorrido de más de 10 años, fue reeditado en varios países y traducido al portugués y al inglés.

La última película en salas uruguayas con un guion suyo fue Mi amiga del parque, en 2015. Y al año siguiente fue premiada en el Festival de Sundance como mejor guion internacional. Trabajó en largometrajes uruguayos, argentinos y brasileños, entre los que se destacan Una novia errante, Mi amiga del parque y Sueño Florianópolis, de la directora Ana Katz; Mujer conejo, de Verónica Chen; La vida útil, de Federico Veiroj; Otra historia del mundo, de Guillermo Casanova. En los próximos días se estará presentando en Un certain regard del Festival de Cannes la película La vida invisible, de la que Bortagaray es coguionista.

Hambre de letras

Inés es la tercera de cuatro hijos. Nació y creció en Salto, en una casa con libros al alcance de los niños, ubicada a pocos metros del río. Ambos padres fueron siempre muy lectores: “Mi padre es veterinario desde hace 50 años y mi madre era profesora de literatura. A ella la destituyeron durante la dictadura militar y luego se jubiló tempranamente”, dice.

La infancia en el interior en los años ochenta la vivió entre skates, Barbies, figuritas y televisión de programación argentina. Siempre le gustó leer y una lámpara articulada que acabó en la cabecera de su cama terminó de potenciar el hábito. “Como dormía con mi hermana menor, esa lámpara me permitía enfocar la luz en la página del libro y no molestarla al leer durante la noche. Tengo el recuerdo de lectura muy ávida, indómita, no lo podía contener, me resultaban muy atrapantes los libros. Leía de forma espontánea, en un encuentro muy íntimo”, narra. Los libros se encontraban en varias partes de la casa y eran de libre acceso, por lo que Inés devoraba textos de Flaubert y Louisa May Alcott con el mismo fervor. “Tengo una sensación de una edad de mucha libertad y una lectura muy desprovista de prejuicios o de mandatos”.

Se recuerda como una niña mística, que se trasladaba a todas partes en bicicleta y tenía su propio lugar en el río para ver el atardecer. “Salto tiene unos atardeceres violentos. Si uno se entrega a esa escena, es como si te abismara a una especie de reflejo con uno mismo, algo revelador. A mí de golpe me nacía una sensación de gratitud, necesitaba agradecer. Y empecé a pensar que todo eso era obra de Dios”, narra. Ese interés la llevó a querer hacer catecismo y vincularse con la Iglesia. Realizó trabajo social y tomó la comunión. “Para mí era algo así como auscultar el mundo. Poner todos los sentidos al servicio de entender unas normas y un funcionamiento que a veces son inexpugnables”, dice. Pero hubo un ajuste, un traslado entre parroquias, el cura de su iglesia se marchó de Salto y pronto su fe entró en crisis. “Me di cuenta de que había personalizado mucho el vínculo con la religión y mi identificación personal como católica se desvaneció. Fue una etapa corta, de no más de dos años, pero lo asocio a una fe que luego no he hecho otra cosa que perder”, relata.

Asistió al Instituto Crandon de Salto, donde las maestras halagaban sus redacciones y las premiaban con sobresalientes, y más tarde fue alumna del Liceo nº 5. Con la adolescencia llegaron los primeros cuadernos de tapa dura y diarios íntimos. “Empecé a registrar cosas que me impresionaban del mundo. Desde el lugar de la confesión, del ‘nadie me comprende’ a la exploración y al juego de contar una historia”, dice y aclara que la escritura vino después de haber construido una identidad como lectora.

Ir a estudiar a Montevideo era un hecho irreversible: lo habían hecho sus hermanos y con el tiempo se acostumbró a la idea de que, uno tras otro, les tocaría atravesar ese camino. “¿Tenías claro qué querías estudiar?”, pregunto. “Yo quería escribir. Hice la deducción de que todos los autores que leía decían que eran periodistas. Entonces decidí estudiar eso. Ese año (1993) hubo un paro muy grande en la Universidad de la República y no hubo ingresos en Facultad de Comunicación, por lo que estudié en la Universidad Católica”.

Entre los recuerdos de esa mudanza recuerda la ropa “con la que me quería hacer la mayor”, una cartera de cuero que le había regalado su tía –que no dejaba de parecerle un artificio, pero la adoptaba casi como un disfraz– y unos adorados walkman. Analiza en retrospectiva y logra dimensionar el esfuerzo de aquellos primeros años. Vivía en un apartamento en Punta Carretas junto a sus hermanos, pero el mundo no dejaba de parecerle ajeno. “Hice un gran esfuerzo de integración acá. Cuando uno está haciendo un gran esfuerzo a veces no se da cuenta de cuán grande es hasta que lo pasa. Sentía que tenía que probar quién era. Había una especie de prejuicio si venías del interior y eras un poco inocente. Eso de la risita por hablar distinto. Espero que no siga sucediendo, pero yo lo sentí. En algún momento eso dejó de pasar y empecé a divertirme”, dice.

Un grupo de amigos cinéfilos de la universidad fueron diluyendo su idea de hacer periodismo y, al momento de tomar una decisión, optó por formarse en narración creativa. Fue una alumna rigurosa: “Estaba en la universidad, era algo que daba prestigio, sentía que tenía que hacer todo lo mejor posible. Hacía aspavientos con los trabajos, a veces no dormía para llegar con todo, tenía un sentido de la responsabilidad muy alto”, recuerda.

Bendito cine

Un año después de instalarse en Montevideo ya era socia de Cinemateca. El cine y sus amigos de la facultad fueron claves en esa etapa. “La voracidad que había tenido con los libros, aquellas noches largas en casa se resignificaban con el cine. La linterna mágica, la escalera, la pantalla, el silencio, el recogimiento, la oscuridad. Esos mundos de los autores en los que uno podía acomodarse y vivir por un rato. Hay algo religioso ahí: te da elementos para entender tu propio mundo. El cine empezó a ayudarme a saber quién era. Fue un vehículo hacia la identidad, hacia la conformación de un sistema estético y también ético”, dice y reivindica el rol que tuvo Cinemateca en su formación.

Su primer trabajo fue como telefonista en una agencia de publicidad llamada Bates y a su criterio su desempeño fue desastroso: “Tenía una especie de centralita que nunca terminé de entender. Era muy mala telefonista. Una vez me pidieron que llevara café a una reunión y, como yo tomaba instantáneo, no tenía idea cómo tenía que hacer”, recuerda entre risas. Luego trabajó haciendo algunas encuestas y colaboró en Madres, Padres e Hijos, un suplemento del diario El País.

Su último año universitario decidió cursarlo en México, por lo que viajó –junto a su amigo Arauco Hernández– a un intercambio estudiantil en Guadalajara. “Además de a las clases, íbamos a un Centro de Arte Audiovisual. Era una escuela de cine y video que llevaba adelante Daniel Varela (un teórico que había abierto inicialmente esa escuela con Guillermo del Toro. Luego Del Toro pasó a ser inversor y quedó Varela, que era muy carismático)”. Fue una experiencia transformadora: viajó todo lo que pudo, se compró una cámara, hizo videos, fue a fiestas electrónicas, se pintó el pelo. “El mundo se volvió más ancho”, resume.

Primera página

Al regreso de México, tuvo su primer trabajo fijo, en la revista Posdata, en la que trabajó dos años; y en paralelo encontró sus primeras experiencias en la escritura cinematográfica. “Mi primer guion se llamó Menta y limón. Era solo un ejercicio, pero llegué a mostrárselo a Pablo (Stoll). Luego trabajé con Pablo Casacuberta y otros dos guionistas en una serie que era una especie de wéstern que transcurría en el campo en los años cincuenta, protagonizado por uruguayos y japoneses. Estuvimos un año escribiendo y reescribiendo, y llegó bastante lejos: ganó un FONA, quedó finalista en Festival de Sundance, obtuvo un apoyo de los hermanos Cuarón”, narra entusiasmada. La película finalmente no se concretó. Hubo que devolver el dinero del fondo y barajar la frustración, pero Inés logró entenderlo como parte de la experiencia y valoró el aprendizaje: “Fue un proceso de fogueo muy grande”. Los tiempos de la industria son largos y sinuosos. “Después empecé a escribir con Juan (Rebella) y con Pablo (Stoll) una serie para televisión que se llamaba El fin del mundo. Se escribieron trece capítulos, ganó un FONA, una productora compró los derechos, hubo un casting, se filmaron los primeros tres capítulos, pero jamás salió al aire. Estuvimos tan cerca de que sucediera que fue más grande también la desilusión”, explica.

El tercer intento prosperó. En 2005, con Ana Katz, emprendieron la escritura del guion de Una novia errante y juntas concretaron luego Mi amiga del parque y Sueño Florianópolis. Ahora se encuentran trabajando en una primera versión de una historia llamada Águilas plateadas. Hablamos de la particularidad de cada proyecto y lo superlativos que pueden volverse los tiempos en el cine. Lo ejemplifica con hechos: “Son procesos de muchos años. Cuando empezamos a escribir Mi amiga del parque yo no tenía hijos, cuando la película se estrenó, era madre de dos”.

Ponerse a escribir

Trabajando para El Observador le tocó entrevistar a Mario Levrero. Inés era una de las colaboradoras del suplemento cultural y golpeó a su puerta con el objetivo de realizarle un cuestionario Proust. “La tarea fue superada casi enseguida porque nos pusimos de charla y para mí fue un encuentro muy revelador”, dice. Salió con la convicción de que tenía que volver a escribir (cosa que había abandonado en la adolescencia) y que debía empezar terapia. “Eso Levrero se lo decía a mucha gente. Decía que había que renunciar al trabajo y empezar terapia”, recuerda. Y le hizo caso.

Fue así que empezó los talleres de escritura que dictaba Levrero. “Al igual que mi relación con el cine y la lectura, el taller para mí fue un hito en la aceptación de mi propia identidad”, afirma. Insiste ayudándose con recursos del mundo del guion: “Es lo que se llama anagnórisis (un concepto que viene de los griegos) que es el momento en el que el personaje se reconoce a sí mismo. Cuando se atan cabos. Vulgarmente cuando ‘te cae la ficha’. En el taller hubo algo de eso”, dice.

En 2001 tuvo la posibilidad de editar una serie de textos que habían surgido en el marco del taller y, a través de la colección De los Flexes Terpines (dirigida por Levrero), se concretó la publicación de Ahora tendré que matarte, su primer libro. “Él impulsaba la búsqueda de la voz personal que cada uno tenía. Reivindicaba la escritura a partir de imágenes y de la imaginación, y esa manera de entender la escritura me sirvió mucho”.

Identidad maternal

“Me acuerdo de una conversación que tuve con Levrero. Yo tenía 27 años. ‘Quiero tener un hijo’ le dije. ‘Tenelo’, me respondió. ‘No, ahora no’, ‘Entonces no querés’, ‘Sí, quiero’, ‘Y tenelo’”, dice en lo que fue una especie de diálogo infinito.

Pasaron cinco años hasta que ese deseo de ser madre se convirtió en una necesidad. Después de un año de buscar un embarazo que no llegaba, se hizo estudios que derivaron en tratamientos de fertilización. “Hice dos in vitro, me llevó tres años quedar embarazada. Exige mucha paciencia y fortaleza. Es un camino de mucha incertidumbre”, narra. A los 37 años dio a luz a su primer hijo y a los dos años llegó espontáneamente otro embarazo. “Una vez que tenés hijos toda tu identidad se transforma. De golpe es raro decir quién sos sin mencionar la maternidad. Es verdad que mi mirada está completamente teñida por mi condición de madre, es parte de mi metamorfosis”.

Hablamos de la difícil tarea de combinar el trabajo con la maternidad y asiente: “Uso mucho una frase de Salinger que me encanta: ‘Mosca enchufada a sí misma’. Siempre hay mucho más que hacer que de lo que se puede, pero al mismo tiempo la certeza de que se puede mucho es una constatación que da mucha fuerza”.

 

 

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