El museo al aire libre más grande de América Latina, Instituto Inhotim, ocupa un poco más de 100 hectáreas de mata atlántica, variando su altura entre los 700 y 1.300 metros sobre el nivel del mar. Es, además, un centro de enseñanza, un jardín botánico, un teatro, un cine y un lugar que siempre desafía los sentidos.
Inhotim está más cerca de ser una hermosa y absoluta locura que un simple museo. Es un campo al costado del pueblito de Brumadinho, en Minas Gerais, en donde el visitante se va encontrando con una interminable colección de arte moderno, tanto dentro de las más de 20 galerías construidas, como al aire libre. Y no solo por la composición botánica sino por las obras que se van descubriendo, todas adaptadas a la naturaleza del lugar.
El New York Times escribió, tras su visita al lugar que “pocas organizaciones se dan el lujo de dedicar miles de hectáreas de jardines, montes y campos a nada más que el arte, e instalar arte ahí para siempre”.
Este aspecto es lo que hace que el lugar sea especial; el espacio sobra y no hay sobrecarga, para que así, cuando se camina y se encuentra una obra ésta sorprenda. Después de pasar algunas horas ahí, el visitante pierde la capacidad de distinguir qué es arte y qué no.
El lugar recuerda a la isla de la serie Lost, por la naturaleza, y por contar con cosas que no tienen sentido alguno.
Andando por ahí se encuentra un barco arriba de un árbol (The Mahogany Pavillion, Simon Starling), un hombre con la cabeza hundida en la tierra (Sin título, Edgard de Souza), otro con la cabeza aplastada (Boxhead, Paul McCarthy) y un lago repleto de pelotas plateadas (Narcissus garden, Yayoi Kusama).
Y luego, en cada edificación –de por sí particular– uno puede, por ejemplo, escuchar el sonido de la tierra, en el Sonic Pavilion, una obra creada por el estadounidense Doug Aitken en el que el artista hizo un pozo de 202 metros y aplicó un sistema de amplificación que permite, según se dice, escuchar en ese preciso lugar, en la cima de un monte, los suaves movimientos tectónicos que el humano a simple oído no puede.
Otra opción es que el visitante arme su propia obra de arte con la obra Falha, de Renata Lucas, colocando un grupo de maderas de la forma que quiera, apreciar el Copo de agua de Iran do Espirito Santo, o meterse en el iglú By means of a sudden intuitive realization, de Olafur Eliasson, en el que un chorro de agua simplemente no para de salir. Estos son solo tres de los cientos de ejemplos que dejan al turista con la boca abierta.
Pero la clave de todo está en que para ir de un lugar a otro uno tiene que caminar algunas veces dos kilómetros con repechos. Y en esa desafiante caminata bajo el fuerte sol mineiro es donde se va descubriendo la magia de un lugar que parece sacado de otro planeta.
Historia
Una obra así puede surgir solamente de un multimillonario loco, dueño de minas de oro, como es Bernardo de Mello Paz, que en una primera instancia colocó en ese predio, que era su estancia personal, las obras que fue coleccionando. En determinado momento, en 2005 se dio cuenta que su proyecto era interesante como para mostrárselo a las escuelas y, más adelante, con un poco más de crecimiento, que se podía abrir al público.
El éxito rotundo del museo hizo que Inhotim (cuyo nombre se debe a que en la obra operaba una mina cuyo supervisor era el Señor Tim, en portugués “Nho Tim”), sea admirado como un proyecto piloto de arte moderno. Y, para el turismo mineiro, se convirtió en un polo de visitas, recibiendo personas que viajan al estado solo para conocer este lugar y no otras atracciones turísticas como Ouro Preto y Tiradentes.
Brumadinho, el pueblito más cercano vio una revolución con el crecimiento de este parque, haciendo obligatorio que se coloquen hoteles de mejor calidad y mejor infraestructura para atender el volumen de visitas.