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La agonía de Mauricio Macri

Enojo, congoja, angustia, frustración, ansias y contrición como mensaje son argumentos de campaña perdedores. Cristina es la triste kingmaker, por ausencia o presencia

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02 de abril de 2019 a las 05:02

Dos frases contundentes acechan el sueño del presidente argentino: “Les pido que me juzguen por el nivel de pobreza” y “bajar la inflación es lo más fácil, se termina en seis meses”. Dichas al comienzo de su mandato y mantenidas luego con adaptaciones a medida que se estrellaba contra la realidad y la impotencia. La inflación afecta instantáneamente el nivel de pobreza, y simétricamente, los paliativos para aliviar el número de pobres alimentan la inflación. Una trampa macabra en la que él y el país se debatieron durante todo su mandato. 
Se puede discutir sobre metodologías para bajar la inflación, pero ninguna fórmula está diseñada para parar la fuerza expansiva de una emisión descomunal, que Macri heredó sin beneficio de inventario, y que se encargó de aumentar con un gasto deficitario que ilusamente creyó poder financiar con toma de deuda mientras se producía el milagro del crecimiento salvador que corregiría los excesos heredados y propios. 

Es ya improductivo y académico tratar de discernir si el mandatario no pudo, no quiso o no supo hacer los cambios necesarios. La realidad es que la inflación se baja achicando gastos y absorbiendo el exceso de circulante a tiempo, no en cualquier momento; y la pobreza se reduce con libertad de comercio y con inversiones, en un entorno de razonabilidad impositiva y costos laborales flexibles. Pero la oportunidad para esas disquisiciones ya pasó. La loca pulseada permanente de tasas – inflación– tipo de cambio, que se retroalimenta cuando cualquiera de las tres variables se altera por la razón que fuera, es ahora el único plan. Los efectos de esa histeria son siempre paralizantes, como lo consagra la teoría y se comprueba a diario.

Mauricio paga también precios por su manejo de la política, por culpas propias y ajenas. Tuvo que negociar en desventaja con el peronismo, en sus múltiples formatos gremlin y le regaló triunfos económicos que hoy usufructúan los gobernadores e intendentes, que se lucieron con obras financiadas por la Nación y que ahora lo abandonan. Y debió vivir con un miedo acaso exagerado al incendio del país que podría provocar ese peronismo en su modo piquetero alevoso. Si se agregan los resultados de la primera vuelta de 2015, donde Cambiemos obtuvo sólo un tercio de los votos, (como hoy) también parece que se exageró el optimismo político, además del económico.

Al no exhibir éxitos económicos, la polarización que sirvió entonces para ganar la segunda vuelta es otra vez la única carta de Cambiemos, ahora al borde de la traición de la UCR, que tiene una larga experiencia en el rubro. Pero la dicotomía de mantener a Cristina contra las cuerdas judiciales y al mismo tiempo preservarla con vida para que se presente como candidata también crea el miedo universal al regreso de la mártir de Calafate, lo que ha generado un agujero negro de un año en el que cada día los indicadores serán peores y la confianza interna y externa en el país será menor. Y las corridas imparables. Una profecía autocumplida fatal. 

El peronismo, que necesita que Cristina no se postule para ganar con comodidad las elecciones, al presentarse unificado y sin ella, tiene muchos elementos de persuasión para lograrlo. Desde la promesa de inmunidad a la de impunidad y, sobre todo, de intangibilidad de sus verdaderos activos, no las migajas de que se habla hoy aún en los casos más espectaculares.  

La aparición del radical duhaldista kirchnerista Roberto Lavagna, cuyo único mérito fue jugar al truco con el sistema financiero mundial en la mala negociación del default de 2002 muestra no solamente que el movimiento peronista está por mutar a una nueva personalidad unificada, sino que hace reflexionar otra vez sobre si el problema no es la sociedad argentina, que disfruta de los populismos irresponsables y luego culpa a los políticos por no ser capaces de resolver los efectos inevitables de esos populismos, y sobre todo, por no ser capaces de seguir garantizándole sus subsidios, dádivas y/o prebendas. 

La nota de este lunes del corresponsal de El Observador en Buenos Aires, Fernando Gutiérrez, avanza todavía más en el mismo sentido. El exministro de Duhalde y Néstor contaría con la simpatía del mítico “círculo rojo”, mortificado por el cambio de reglas de juego (¿incluido el sistema de coimas?) que considera una traición. Su discurso cut&paste del pasado sirve para avalar que el problema no son sólo los políticos, sino que es el modelo completo del fascismo peronista el que sigue rigiendo la vida del país, con anuencia de las mayorías y bendición papal. 

Si se afianzara la candidatura unificada de Lavagna, se podría dar otra paradoja. Que el sistema financiero internacional se tranquilizase con relación al próximo gobierno, que ya no sería el de la perseguida abogada honoris causa, y entonces el riesgo país bajase mágicamente y las expectativas se invirtieran y en los meses finales de la carrera electoral se rompiese el círculo vicioso de las Leliq y apareciesen brotes verdes que resucitasen la esperanza macrista. Aún si tal fuera el caso, eso no mejoraría demasiado las chances de reelección, y si bien aliviaría transitoriamente algún aspecto financiero, alejaría por muchos años la posibilidad de cambiar ese modelo pernicioso que rige al país desde 1930. 

Mientras ahora el objetivo único de toda la política económica es que el dólar no suba demasiado, a cualquier costo, en su comando de campaña - que tiene sólo dos nombres - recuerdan que, en junio de 2015, las encuestas decían que Cambiemos perdía, y que ese cambio de tendencia puede repetirse. Cabría aplicarles el consejo papal: “cuiden a Cristina”. Y recen. 

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