Se cumplen tres años ya de una cruenta guerra civil en Siria en la que finalmente no hay vencedores y sí muchos perdedores. Las protestas de los manifestantes sirios comenzaron de forma pacífica pero enérgica apenas dos meses después de la caída en enero de 2011 del “Faraón” egipcio, Hosni Mubarak, hoy absuelto por la Justicia de su país. A medida que el conflicto se fue enquistando las posiciones del gobierno y oposición se radicalizaron al punto de que hoy es prácticamente imposible distinguir qué grupo representa la voz del pueblo sirio, que, como en otras situaciones violentas, sufre las consecuencias devastadoras de una guerra que se ha cobrado hasta ahora la friolera de 140 mil civiles muertos.
Los datos que divulgan las distintas agencias de Naciones Unidas no dejan lugar a dudas. Nueve millones de desplazados y refugiados, principalmente en los países de la región con las presiones económicas y sociales que ello supone para países como Turquía, Líbano o Jordania. Mientras el mundo sigue con atención la crisis desatada en Ucrania que propició la adhesión de Crimea a Rusia, los sirios siguen huyendo de sus hogares para poder salvaguardar la propia vida a un ritmo de 5.000 personas por día. Cuesta creer que en un lapso de tiempo tan prolongado las potencias desarrolladas con Estados Unidos y Rusia a la cabeza no hayan podido consensuar una salida a semejante calamidad humanitaria, la más grave de nuestra historia reciente.
En los hechos, las tensiones y diferentes visiones en materia de política internacional de los presidentes Putin y Obama no comenzaron con el referéndum por la independencia de Crimea del pasado 16 de marzo, sino que la guerra de Siria ya descubrió su falta de sintonía, algo que aprovechó el presidente sirio Bachar Al Asad, quien, a fuerza de combinar resiliencia con ataques sistemáticos y despiadados contra la oposición sin distinguir civiles de milicianos armados, logró convencer a las principales cancillerías occidentales de su disposición a desarmar su arsenal químico. Este balón de oxígeno le permitió continuar golpeando a la población siria bajo el pretexto de una lucha sin cuartel al terrorismo y en especial a los grupos radicales que enarbolándose en la bandera de un islam radical solo han empeorado la situación al introducir elementos del exterior que no permiten alcanzar una posición de consenso entre las distintas facciones opositoras que a la fecha se suman ya por centenas. Los nombres y seudónimos adoptados por estos grupos de combatientes musulmanes es lo de menos. Lo que de verdad cuenta es el temor de Occidente, en general y Europa en particular, por su proximidad geográfica en el Mediterráneo, a que estos yihadistas regresen a sus países dispuestos a atentar contra intereses nacionales, haciendo resurgir fantasmas como el 11M o los atentados de Londres. El temor y rechazo al islamismo radical no debiera validar la tesis del mal menor para permitir la continuidad en el poder de la familia Al Asad que hace tiempo perdió todo vestigio de legitimidad. Las imágenes de cuerpos de menores abatidos entre los escombros y el recuerdo de la niña víctima del ataque con gas sarín en agosto del 2013 debieran servir para algo más que producir un escalofrío.
Cuando una situación de violencia como la que se vive hoy en Siria adquiere rasgos de cotidianidad, se hace muy difícil sostener la atención del lector. Es entonces cuando la banalidad del mal se torna despiadada.
Nunca antes existieron en la historia de la humanidad ni los medios tecnológicos que permiten el acceso a la información en tiempo real ni la multiplicidad de foros multilaterales donde este tipo de conflictos deben ser atendidos. Sin embargo, ni Naciones Unidas ni la Liga Árabe o el Consejo de Cooperación del Golfo, por mencionar a los más relevantes en esta crisis, han logrado neutralizar a las partes enfrentadas.
Una vez más, intereses geoestratégicos en una zona rica en recursos vitales como el petróleo o el acceso al Mediterráneo que el puerto sirio de Tartus representa para Rusia, y cálculos geopolíticos entre rivales como Arabia Saudita, Irán y Turquía, dificultan la resolución del conflicto. A estas alturas, esgrimir el factor étnico y religioso como la razón que subyace en esta guerra no es de recibo. Ante todo se trata de personas que de un día para otro lo han perdido todo. Ciudades que entrañan vestigios históricos como Alepo o Homs están siendo arrasadas por tierra y aire. El volumen de refugiados crece en casi 2 millones por año. De continuar así, a Bachar Al Asad no le van a quedar ciudadanos a los que gobernar.
El polvorín sirio ha dejado al descubierto las falencias y debilidades de una Unión Europea que tiene más de unión económica que política, situación que se vuelve a repetir con el capítulo de la crisis en Ucrania. Las cumbres de Ginebra 1 y 2 fueron un estrepitoso fracaso y ahora con una comunidad internacional preocupada y ocupada con el día después en Ucrania y los países bálticos es dudoso que pueda celebrarse una tercera reunión, y ¿acaso serviría para algo?
Si bien la intervención, militar o de otro tipo, en los asuntos soberanos de un Estado es algo que causa rechazo a nivel de comunidad internacional (o eso pensábamos) en pleno siglo XXI, no es menos cierto que la falta de reacción a lo que se ha convertido en una masacre sigilosa del pueblo sirio, nos convierte a todos en cómplices silenciosos de una catástrofe que pudo haberse parado. Por otra parte, no es verdad que no ha habido intervención en Siria.
Desde Irán con el envío de guardias revolucionarios y voluntarios, los milicianos del Hezbollah libanés y la financiación y suministro de armas a los opositores sirios por parte de países con escasas credenciales democráticas como Arabia Saudita o Catar, nos debiera hacer reflexionar cómo Siria es una suerte de teatro de operaciones donde potencias regionales y otras más alejadas pero siempre omnipresentes ensayan sus políticas y propósitos de reordenamiento de alianzas, incluso fronteras hasta desembocar en la internacionalización de un conflicto que salpica al Líbano, Turquía pero también a países como China que jugando la baza de una supuesta neutralidad nunca lo es y ayudó a inclinar la balanza a favor del presidente Al Asad cuando vetó hasta en dos ocasiones junto a Rusia cualquier resolución que pudiera habilitar la intervención en Siria.
Nos adentramos en el cuarto año de guerra y no se vislumbra una salida al atolladero sirio. Al Qaeda ha encontrado en Siria e Irak terreno fértil donde echar raíces y recuperar poderío. Mientras sunitas y chiitas se enfrentan en una lucha fratricida sin sentido, comunidades cristianas que habitan en Siria y la región sufren estoicamente el asedio, hostigamiento y en demasiadas ocasiones aniquilación por parte de radicales musulmanes integrantes de las distintas facciones que combaten entre sí para imponerse en el caos de Siria. ¿Será que el número de muertos aún no alcanza el umbral de lo intolerable? O estamos ante una anestesia colectiva autoinfligida que nos permite ocupar la mente en el Mundial de fútbol que próximamente comenzará en Brasil en vez de alzarnos en contra de tanta sin razón.
Esperemos que las tensiones actuales con Rusia no imposibiliten la capacidad de articular una propuesta que definitivamente ponga fin a esta guerra para que no se sigan perdiendo generaciones de niños sirios que el único recuerdo de su tierra que llevan consigo cuando acuden a los campamentos de Acnur sea el ruido de las explosiones y el olor a pólvora y cuerpos de familiares calcinados.
* Directora del Departamento de Negocios Internacionales e Integración de la Facultad de Ciencias Empresariales y responsable de la Cátedra de Islam y Mundo árabe del departamento de formación Humanística de la Universidad Católica de Uruguay