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El periodista Leandro Pauletti rodeado por Sanguinetti y Abdala

El Observador 30 años > atrás de la primicia

La bomba en el estudio de Sanguinetti y la noche que se transformó en mañana

El detrás de escena del día que atentaron contra el expresidente

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20 de octubre de 2021 a las 05:03

La edición de aquel miércoles 29 de abril de 1992 ya estaba cerrada en tiempo y forma. El título principal era: “Renunció en pleno la directiva de los industriales”, en alusión a la Cámara de Industrias del Uruguay (CIU), cuya elección de autoridades se realizaría 14 días después.

Era ya madrugada cuando se apagaron las luces de la redacción y afuera, en la plaza Matriz, se veía que la noche amenazaba con lluvia. Como cada día que el diario salía a la calle, en aquel entonces con ediciones de lunes a viernes, solo cabía llegar a casa lo más rápido posible para descansar. Yo, como secretario de Edición tenía la responsabilidad de que el diario se imprimiera en tiempo y forma, y por ello tenía en la mesa de luz un teléfono inalámbrico (no existían los celulares) por si ocurría algo.

Esa madrugada sonó alrededor de la hora 3. Era el guardia de seguridad del diario que, con voz nerviosa, dijo: “Hemos escuchado una explosión por acá cerca. Mi compañero del Ministerio de Transporte (MTOP) salió caminando hacia el lugar a ver qué puede encontrar”. “Cuando vuelva, usted me llama de inmediato”, respondí mientras comenzaba a levantarme de la cama y vestirme ante la eventualidad de tener una noticia.

“Parece que fue un explosivo en la esquina de Zabala y Reconquista. Hay vidrios en la calle”, aseguró el guardia en la segunda y definitiva llamada. “Está el estudio del expresidente (Julio María) Sanguinetti en ese lugar”, respondí al tiempo que le pedí los teléfonos de la imprenta Sudamericana y del editor de Fotografía, Armando Sartorotti. Con la primera llamada me aseguraba la posibilidad de hacer “un alcance” y tirar una segunda edición. Con Armando, la foto. Porque la información se puede reconstruir.

Llamé al editor de Política, Alfonso Lessa, y hablamos con la coordinadora del taller para armar las páginas nuevas y convocar a un diseñador. Luego me subí a un taxi rumbo al diario. En el viaje me di cuenta que lo del estudio del doctor Sanguinetti era una corazonada y le pedí al taxista que desviara el rumbo hacia Zabala y Reconquista. Había que confirmar.

Al bajar del taxi una cuadra antes por precaución, una llovizna ya instalada, la poca luz del alumbrado público y mi gabardina larga permitían imaginar una escena de novela policial al estilo Raymond Chandler. Al acercarme y ver los vidrios en la calle y un policía en la puerta del estudio, me ganó la tranquilidad de que el hecho era cierto. Un “no puede pasar” igual nos permitió ver un busto de José Batlle y Ordoñez caído sobre libros y papeles en el piso.

Los vidrios de las ventanas habían estallado en el ataque

Alfonso confirmó con un vocero que la bomba fue colocada por el comando 2 de una autodenominada Guardia de Artigas, y Armando obtuvo in situ la foto del busto de Batlle y Ordóñez, libros y papeles. En tanto, acordamos con la imprenta entrar con una segunda edición, aunque limitados solo a cambiar el título principal y poner la noticia en la tapa debido a lo avanzado de la hora (la primera edición ya se había impreso y la tenían los distribuidores).

El título principal fue “Una bomba explotó en el estudio de Sanguinetti”, acompañado de una foto y dos columnas de texto. En aquel entonces teníamos una diagramación de tapa con módulos horizontales, de manera que quitamos el último y bajamos el resto para darle más cabida al nuevo.

Llevamos el material a la imprenta en el auto de Alfonso y, con los nervios de un padre primerizo, esperamos los primeros ejemplares. Ya era de día y la lluvia arreciaba afuera de la imprenta Sudamericana cuando salimos con algunos diarios bajo el brazo. A Alfonso se le ocurrió que podíamos repartir algunos ejemplares en los informativos de la mañana.

Atentado

¡La primicia era nuestra! Y así se divulgó temprano en las radios. Cuando finalmente hicimos ese reparto por los medios de comunicación, Alfonso enfiló el auto para entrar a 18 de Julio desde el Obelisco hacia la plaza Matriz, la sede del diario. Tal vez sería la hora 7.30 cuando empezamos a comprobar si la noticia había llegado a los quioscos. Alfonso manejaba y yo preguntaba. ¡Ninguno tenía la segunda edición! Y un quiosquero comentó: “Escuché la noticia en la radio, pero el distribuidor no me trajo el diario. Y yo con esta lluvia no puedo ir a buscarlo”.

Nos quedaba el último esfuerzo y nos fuimos a la distribuidora a reclamar que distribuyeran el diario al menos en los principales lugares de venta. Nunca supimos cómo terminó esa historia. Mojados pero contentos llegamos finalmente al diario, donde nos esperaban como héroes. Al rato llegó el director Ricardo Peirano, a felicitarnos y pedirnos que en la próxima lo despertáramos a él también.

*Este artículo forma parte de la edición especial 30 años de El Observador.

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