La temporada de verano venía mal porque el principal cliente atraviesa un enredo económico financiero complejo, y se agravó por el cierre de las fronteras; y mientras el turismo interno puede movilizar, parcialmente, a un sector tan dañado, el país no logra zafar del corral de creencias económicas equivocadas, que lleva a pensar que se puede estimular el consumo por fórmulas mágicas. De eso quiero hablarte en esta entrega de Rincón & Misiones.
No hay Disney posible
El turismo sufre un impacto severo y eso marca un golpe duro para el inicio de 2021. Unos US$ 675 millones entraron al Uruguay el verano pasado por turismo, que ya venía en baja, y ahora eso se desvanece por el cierre de las fronteras debido a la emergencia sanitaria. De la misma manera, uruguayos no se irán al exterior y, por lo tanto, no gastarán fuera del país, pero nada asegura que ese dinero lo dejen en comercios locales en igual magnitud.
No se sabe cómo y cuándo se saldrá de la pandemia, y además, como el turismo masivo en Uruguay está vinculado estrechamente a los argentinos, la situación económica de ese país sigue en deterioro sin que se visualice una recuperación seria en el horizonte.
La evolución del turismo en Uruguay mostró un crecimiento que llegó al boom del verano del ´98 en medio de la fiesta argentina del consumo, y del peso argentino al mismo valor que el dólar, pero ese mismo año se dio un deterioro por efecto de lo ocurrido en la segunda mitad del año. La recesión se instaló en Argentina y repercutió en Uruguay, lo que se daba en medio de turbulencias internacionales que habían comenzado un año antes en el sudeste asiático y se había agravado, en 1998, con la crisis del rublo ruso. Y en Brasil, el Plan Real se hizo añicos, en enero de 1999.
El récord turístico quedaría atrás y comenzarían los vaivenes en tiempos recesivos, lo que se agravaría luego con la crisis argentina, de “corralito”, devaluación y “corralón”; y cuando comenzaba a salirse de aquellas desgracias, el gobierno patotero de Néstor avalaría un piquete en puente internacional y a sufrir de nuevo. Obviamente, eso sumado a las medidas contra la compra de dólares y otras que dificultaban el turismo.
La victoria de Macri en las elecciones de 2015 –y el desmantelamiento de políticas kirchneristas– produjo un impacto inmediato para Punta del Este, y los argentinos volvieron a llegar en forma masiva.
Veamos números de enero-marzo de cada año. En 2015 ingresaron 990 mil turistas, que gastaron unos US$ 830 millones. Al año siguiente, la cantidad de veraneantes llegados del exterior subió a 1.170.000 personas con un gasto de casi US$ 786 millones.
En 2017, la cantidad de gente siguió en alza y fue de casi 1.390.000, con un gasto que superó los US$ 1.000 millones (US$ 1.080,5). Así se llegaría al pico más alto en 2018, con más de un millón y medio de personas (1.531.500) y con un gasto superior al de un año atrás, también de más de US$ 1.000 millones (US$ 1.093). Al año siguiente, 2019, se sintió una baja con la llegada de poco más de un millón de turistas (US$ 1.092) y un gasto de US$ 776 millones.
Y en este 2020, la cantidad fue de un millón (1.000.908) y el nivel de gasto se redujo a US$ 674,9 millones. El malhumor económico se había instalado en 2019, y en la primavera de ese año, Macri había reimplantado un tipo de “cepo cambiario”. La nueva victoria peronista, el descalabro económico y el “súper cepo”, un refuerzo de medidas anticompra de dólares, afectaban las perspectivas del turismo local.
Este escenario malo para el turismo y el drama de la crisis sanitaria no pueden tapar problemas que tiene el Uruguay para desarrollar su economía. Eso se ve ahora, que frente a este problema se habla de “incentivar” el turismo interno, y se genera una idea de que eso es posible haciendo acuerdos con los comerciantes para que pongan “precios accesibles”.
Cuesta, en Uruguay, que se entienda cómo funciona una economía, cómo se fijan los precios, cómo es el manejo de costos; entender que lo que entra a la caja no es ganancia. Es como si sobrevolara sobre nosotros el fantasma de aquella “Coprin” (Comisión de Productividad, Precios e Ingresos) del 1968, que controlaba todo con efecto de “congelación” artificial.
La propuesta de una “canasta turística de verano”, para congelar precios de productos seleccionados, puede entenderse solo por la desesperación de ayudar a un sector que sufre el golpe de la pandemia como pocos, pero también porque la sociedad uruguaya es permeable a dislates sin sentido económico, por abrazarse a un conjunto de creencias, que están alejadas de la realdad.
El uruguayo tipo tiene esa inmadurez justa que le permite comprar versos románticos sobre la fijación de precios, la creación de empleo o la distribución de la riqueza, todo como si se diera en un mundo Disney con un simpático personaje acompañado de la varita mágica, que puede sacar de una galera, milanesas de carne de conejo.
Marcelo Umpiérrez
“Ahora que no vienen los argentinos, a ver si en Punta del Este se ponen las pilas y cobran precios que sean para uruguayos”, comenta alguien en un espacio de televisión, sin pensar que si hay unos que se abusan de los consumidores, eso crea una facilidad para el que quiera instalarse en esa zona y vender un 10% abajo del resto de viles piratas. Pasa con otros precios.
Está el que se queja de la tasa de interés por préstamos a familias, por considerarlo abuso excesivo, pero no está dispuesto a prestar su dinero a esos mismos consumidores. O el que dice que los alquileres deben ser más baratos para jóvenes, hasta que tiene un apartamento para arrendar y le quiere sacar la mayor renta posible.
La temporada será mala, porque ya venía mal, condicionada por una Argentina descangayada, por un tipo de cambio real poco amigable y porque la pandemia cerró todo; el turismo interno no compensará los daños y será una especie de analgésico. Ese turismo doméstico no se mueve por fórmulas mágicas ingenuas e independiente de una temporada de verano; no se toma vacaciones atraído por un combo de salame en pan marsellés o catalán, y un vaso de bebida cola barata.
Si la sociedad uruguaya no asume cómo funciona una economía y sigue prisionera de un pensamiento mágico, el problema no será un escenario coyuntural adverso, sino que estará en el ADN de su gente.
Soy Nelson Fernández, periodista y analista económico, columnista de El Observador. Hasta aquí esta nueva entrega de Rincón y Misiones, la newsletter exclusiva para suscriptores Member de El Observador para entender mejor la realidad económica y los temas que tocan nuestro bolsillo, y contar con mejor información para tomar decisiones.