Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

La cursilería está en nosotros

La presencia de lo cursi va desde la política hasta las expresiones de carácter artístico

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30 de noviembre de 2019 a las 05:03

Los españoles inventaron la cursilería, y los hispanoamericanos la han ido perfeccionando. El proceso por alcanzar la perfección absoluta continúa. Lo cursi sigue en curso. El proceso tuvo avances para peor notorios y pareciera que siempre hay algo nuevo para aprender, cosa de ser cada vez más cursis. Los alcances de los vocablos ‘cursilería’ y ‘cursi’ son ilimitados. Tanto, que incluso la definición del diccionario de la Real Academia Española se queda corta. Sobre el adjetivo cursi presenta dos acepciones: “Dicho de una persona: Que pretende ser elegante y refinada sin conseguirlo. Dicho de una cosa: Que, con apariencia de elegancia o delicadeza, es pretenciosa y de mal gusto”. Lo cursi permea la cultura hispana en infinidad de aspectos notorios: la literatura, la televisión, la música, el fútbol (pocas cosas más cursis que el afán de ciertos futbolistas por exhibir “delicadeza” y elegancia en sus cortes de cabello), y la política, en donde incluso las llamadas revoluciones sociales suelen estar invadidas por manifestaciones imperdonables de cursilería que destacan un estado mental blindado al rigor intelectual y al buen gusto. 

Los anglosajones tienen palabras con significado parecido, como kitsch, corny, cheesy, tacky. Similares, pero no iguales. El valor cultural intrínseco de la palabra ‘cursi’ carece de sinonimia exacta, por consiguiente, solo estamos hablando de “aproximaciones” al concepto. Así pues, un cuadro de Andy Warhol (el de la lata de sopa Campbell, por ejemplo) es kitsch, pero no cursi. Un poema de Mario Benedetti es cursi, pero no kitsch. Una tarde fría de 1986, el escritor Antonio Benítez Rojo exiliado en Massachusetts, y cuyo escape de Cuba fue tema nacional en su momento, me dijo: “El Che Guevara fue un asesino cursi”. Benítez Rojo había tratado personalmente a Guevara, por lo que daba por definitiva su opinión. Autor de varios libros extraordinarios, Benítez Rojo creía que las contradicciones eran la moneda de cambio de Guevara: “Era cursi en infinidad de aspectos, pero como era homofóbico, atacaba a los homosexuales diciendo que eran cursis”. 

Lo cursi esta en nosotros, que crecimos hablando castellano y comiendo tortilla española (aunque también son cursis los mexicanos, quienes comen otro tipo de tortilla). Lo cursi en sus diversas manifestaciones, es un virus cultural que cada tanto, con mayor frecuencia de lo acostumbrado, hace su reaparición, evidenciando que incluso quienes se sienten practicantes de una ideología supuestamente ‘revolucionaria’ son proclives a practicar la cursilería en público sin pudor alguno.

A lo largo de la historia de la cultura hispana, lo cursi ha ido cambiando de atavíos. Tiene hoy una cantidad. Lo cursi está más de moda que nunca. Maluma, por ejemplo, es cursi, por más que sus canciones hagan referencia al sexo explícito, como el que con disimulado candor utilizaba en sus novelas Corín Tellado, perita summa cum laude de lo cursi, y por eso autora de extraordinaria popularidad, imitada incluso por sus detractores. Seguramente más de uno se habrá ofendido porque dos párrafos atrás afirmé que Benedetti es cursi. Lo cursi no necesariamente es un valor negativo, aunque raras veces es positivo. Es más bien una marca genealógica de estilo tosco y una forma de ver la realidad, mediante una exacerbación de la “apariencia de elegancia o delicadeza”. 

A mediados de la década de 1990 coincidí con el poeta argentino Juan Gelman en un festival de poesía realizado en la universidad de Oregon, EE.UU. Hacía poco que se había estrenado El lado oscuro del corazón. Le pregunté qué le había parecido la película, considerando que incluía algunos de sus poemas. Dijo que no le gustó, por la cantidad de momentos “cursis y obvios” que tenía.  Lo cursi, precisamente, hace gala de su insaciable obviedad. En dosis suculentas, lo cursi apabulla, puede incluso tener efectos nocivos para la salud. Tal vez exagero. De ahí que para ejercer lo cursi hay que ser un maestro, un artista con varios quilates, como Rubén Darío. 

Dice al comienzo de Sonatina, uno de sus más conocidos poemas: “La princesa está triste… ¿Que tendrá la princesa?”, dándose el lujo de escribir uno de los versos más cursis que se han escrito, y sin embargo, el poema es igual una obra maestra. ¿Por qué? Porque la música, el ritmo, la melodía, la prosodia, lo salvan. Salen en su rescate y lo coronan como sucedáneo magnífico de lo cursi aplicado a lo fabuloso, a lo original. Logra lo mismo José Martí en su poema La niña de Guatemala (musicalizado por Los Olimareños). Para poder hablar en un poema, en un cuento, en una novela, etc., de una “niña” que se muere de amor, hay que tener genialidad suficiente como para cuestionar al lenguaje mismo que se está utilizando para emocionar a la inteligencia.

La genialidad, sin embargo, es lo menos frecuente. De ahí los enormes embates de insoportable cursilería que debemos recibir con inusual frecuencia quienes vivimos en esta cultura, cuyas dos músicas más representativas, el tango y el bolero, también están habitadas por lo cursi, por un sentimentalismo edulcorado que busca generar emociones a ras de tierra. Al respecto, debemos volver siempre a la gran lección dada por los poetas modernistas: se puede ser cursi y ser a la vez artísticamente aceptable, con la ayuda de un lenguaje que arranque a la situación sentimental de la superficie y le otorgue un poderío estético inusual. En sus letras, Alfredo Le Pera amaga una y otra vez con entrar en el territorio nada sagrado de la cursilería, pero ‘algo’, ese qué sé yo tan indefinible que tiene toda gran obra de arte, lo rescata. No solo lo salva, lo introduce además en una dimensión de hondura emocional con la cual no es difícil entrar en sintonía en forma inmediata.

Si un poeta adolescente le escribe a una muchacha de su misma edad un poema que diga, “las estrellas celosas / nos mirarán pasar”, seguramente, en caso de tener inteligencia aguda, la joven le responderá: “¿Y qué? No hay nada nuevo en eso”. Igual que esos centre-forwards que no tocan la pelota en todo el partido, pero hacen un golazo, el del triunfo, en el minuto 92, Le Pera la mete en el ángulo al escribir en la misma canción tres versos que redefinen el acto de la visión: “Cómo ríe la vida/si tus ojos negros/me quieren mirar”. Conclusión anticipada: lo cursi solo es tolerable en porciones chicas y si viene acompañado de belleza inesperada. Algo similar puede decirse del genial Armando Manzanero, autor del mejor repertorio para karaoke. Cuando parecía que lo obvio iba a definir el tono de una canción, aparecen versos de gran calibre, que hasta Delmira Agustini hubiera envidiado: “No sé tú/Pero yo quisiera repetir/El cansancio que me hiciste sentir”. 

Crecí en una cultura que ha celebrado con pompa y platillos lo cursi desde el nacimiento mismo de las independencias nacionales. El castellano, el catolicismo y lo cursi son los tres componentes identitarios que siempre han estado con nosotros (el fútbol vino bastante después, aunque no tanto). Crecí viendo lecciones de cursilería todos los días en la televisión uruguaya y oyéndola en la programación musical de las radios, de un extremo a otro del dial. Cuando venía de la escuela, solo por el hecho de estar con mi abuela, veía los teleteatros argentinos escritos por Nené Cascallar y Abel Santa Cruz (verlos era pasar “las de Abel”), en los cuales lo cursi era marca registrada. Los diálogos en El amor tiene cara de mujer y Nuestra galleguita eran pequeñas obras maestra de la impostura, de la falsedad emotiva llevada al colmo de la incredulidad. Los ratings decían lo contrario, confirmando que los televidentes celebraban sin arrepentirse esa forma de entretenimiento con la cual todos, de alguna forma o de otra, se sentían identificados, como si esos “pedazos de vida” ayudaran a andar por la vida “sin pensamiento”, tal cual con poesía librada de cursilería lo dice el tango Naranjo en flor.

Lo cursi es la fealdad estética que no ocultamos (aunque aceptamos con otros nombres, porque nadie quiere ser llamado cursi). Lo cursi es uno de los desvaríos de la sensibilidad, cuando lo que menos le interesa es hacer una crítica de lo que somos y sentimos en los momentos en que menos pensamos. Es tal su omnipresencia, que escuchamos al actual presidente mexicano decir “abrazos, no balazos” (para referir a la forma en que su gobierno quiere relacionarse con los narcotraficantes) y en vez de ser abucheado o apedreado es aplaudido, como si se tratara del bolero más cursi que no podemos dejar de cantar bajo la ducha. A tanto llega el daño racional y emocional que la práctica constante de la cursilería causa en la cultura hispana, que a más de uno le ha servido para llegar al poder político, el lugar de la vida colectiva donde lo cursi menos debería ser permitido.  

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