Si aquella tarde de enero Romina Celeste Papasso no hubiera escupido a una inspectora de la intendencia en medio de una manifestación durante la visita de Lula a Montevideo. Si el senador Gustavo Penadés no hubiera dicho que Papasso no integraba las estructuras del Partido Nacional. Si la militante blanca no se hubiera sentido ninguneada como para denunciar al legislador por supuesto abuso de menores. Si… Demasiados supuestos para imaginar un futuro distinto al que diseñó el “efecto mariposa” que esta semana terminó con Penadés en la cárcel imputado por 11 delitos de retribución a la explotación sexual de menores de edad, cuatro delitos de abuso sexual especialmente agravado, tres delitos de abuso sexual agravados por un delito de violación, otro de desacato, otro de corrupción de menores y otro de atentado violento al pudor.
La tentación de indagar en el diario del lunes nos puede llevar a repartir culpas acerca de la inserción de un pederasta en el cerno del sistema político al que nadie vio venir. Porque si todas aquellas casualidades del principio no se hubieran alineado, Penadés seguiría siendo lo que era hasta hace unas horas: uno de los políticos más respetados, de los más inteligentes, de los más trabajadores, un fino lector de la realidad.
Una vez conocidos los vicios privados que escondía detrás de sus públicas virtudes, nada quedó de aquella confianza que le prodigaban propios y extraños. Pero, ¿qué responsabilidad le cabe al sistema político por los pasos dados por este colega caído en desgracia? Ni sus propios allegados llegaron a sospechar de su pederastia, según se desprende de grabaciones de la causa.
Incluso, dirigentes del Frente Amplio lo visitaron en su despacho para consolarlo luego de que llamara a una conferencia de prensa para asegurar que las acusaciones en su contra eran todas mentiras
A la luz de lo ocurrido, tal vez el presidente Luis Lacalle Pou y el ministro del Interior, Luis Alberto Heber ―integrante de la lista 71 al igual que Penadés― pudieron haber sido más cuidadosos y menos confiados en su correligionario. Lacalle dijo que el acusado tenía su “confianza” y “respaldo”. “Le creo a él”, dijo.
En tanto, Heber también se mostró solidario: “Frente a inconsistencias me juego por mis amigos, esa es mi forma de ser, y si me fallan soy más duro porque me fallaron con una amistad. Yo sigo respaldando y creo en la versión de mi amigo. La Justicia dirá”. Y la Justicia dijo.
Y dejó a Heber, particularmente, en un lugar incómodo porque la fiscal del caso advirtió que, además de la pedofilia que probablemente no se pueda evitar, y de la pederastia que eligió practicar, Penadés, mientras se deslizaba hacia su mala hora, eligió el peor camino para intentar lavar sus culpas y, aparentemente, movió sus contactos en la policía para conseguir información sobre sus acusadores.
Por lo pronto el director del exComcar, Carlos Taroco, fue imputado por entorpecer la investigación, en tanto que son indagados otros dos funcionarios policiales. Además, se investiga si Penadés pidió a sus allegados que buscaran en la Corte Electoral datos sobre los menores abusados. Es en estos asuntos, y no en los impulsos de Penadés, donde el sistema tiene la responsabilidad de indagar a fondo para determinar quiénes se movieron en las sombras del Estado para intentar salvar al acusado.
Este miércoles, el legislador fue expulsado del Senado en medio del repudio espantado de sus pares ―“estábamos al lado de un monstruo”, dijo el nacionalista Sebastián Da Silva―. Todo esto mientras en las redes sociales la espantosa risa de los idiotas celebraba la caída en desgracia de un político sin reparar que el fondo del asunto nada tiene de electoral sino que, en lo fundamental, se trata de una artera agresión a la infancia, ese tiempo de vida que, según Rilke, es la verdadera patria del hombre. Y, en algunos casos, a una infancia desvalida por razones que quizás sea responsabilidad de toda la sociedad.
Pero el affaire Penadés no debería empujarnos a una actitud desencantada de lo que nos rodea. “Nunca terminamos de conocer a las personas”, dijo la senadora Graciela Bianchi en relación a la cara oculta de Penadés.
Lo dicho por Bianchi nos sugiere que solo se puede esperar lo peor de las personas ―y por tanto de los políticos― descartando la posibilidad de que nos sorprendan revelando sus caras más luminosas. Una mirada nhilista que en nada conviene en esta coyuntura en donde, por buena parte del mundo, se desparrama la desconfianza en los que mandan.
Queda mucho por investigar en este caso, mayormente acerca de la participación de integrantes del Ministerio del Interior en asuntos que nada tienen que ver con su competencia y habrá que prepararse para malas nuevas.
Pero los delitos cometidos por Penadés que lo llevaron a la cárcel lejos están de ser colectivos. Nos exhiben, antes que nada, la debacle de un hombre. Ni más, ni menos.