20 de agosto 2015 - 5:00hs

El conflicto del que habla no sólo remite al concepto que Garay incorporó, el del "hombre nuevo socialista", una noción de Ernesto "Che" Guevara sobre un ser humano motivado por la solidaridad y el bien común. El título refiere, además, al sujeto en el corazón del asunto, Stephania Mirza Curbelo, la protagonista del documental. Nacida en Nicaragua, Stephania solía responder al nombre de Roberto, aquel que le dieron sus padres pocos años antes de ser adoptado por una familia de uruguayos tupamaros y comenzar una precoz trayectoria revolucionaria.


El nombre puede motivar equívocos o parecer engañoso, pero Aldo Garay no quería renunciar a él. "Me costó bastante definirlo. Si bien lo tuve de entrada, por algún momento dudé; no quería que el título fuera visto como un simple juego de palabras, una tomada de pelo o una falta de respeto", comenta el realizador a El Observador sobre su más reciente documental, El hombre nuevo.

A la hora de definir la infancia de Stephania, Garay despliega una lista de sustantivos, "niño-miliciano-sandinista-maestro-alfabetizador", que revelan una historia increíble sepultada, ante los ojos de los demás, tras una fachada marginal: la de una Stephania transexual que se gana la vida cuidando coches en Montevideo.

El documental, que se estrenará hoy en Life 21, conjuga la dialéctica de lo que Stephania es y lo que solía ser, al tiempo que la sigue en un viaje a su país natal para reencontrarse con su familia biológica. Sin embargo, como lo define Garay, el interés por capturar la historia de Stephania no surgió de manera espontánea, sino que fue "un proceso de conocimiento" que se fue construyendo a lo largo de dos décadas y se inició con su primer mediometraje, Yo, la más tremendo (1995), en el que ella participó.

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"Una vez terminado el mediometraje, se empieza a configurar una posible historia sólo desde el lugar de Stephania. En 1998 tuve un intento de hacer ese retrato, pero se frustró", admite Garay con cierto alivio, consciente del proceso de madurez necesario para realizar el documental deseado. "Pensándolo un poco digo que por suerte no se dio en ese momento. Quizá, desde mi lugar, no contaba con la pericia ni con la visión que puedo tener hoy en el cine. Y, por el lado de ella, quizás tampoco estaba en el momento para procesar el encuentro con su familia biológica".


Las herramientas de la historia

Las imágenes capturadas en 1998, no obstante, no quedaron en el olvido, sino que fueron incorporadas en El hombre nuevo. A través del lente de Garay, esa Stephania casi 20 años más joven no sirve como cualquier otro material de archivo, sólo útil para mostrarle al espectador una figura menos añosa, menos herida. Los videos, en cambio, son presentados ante Stephania misma, quien se ve obligada a enfrentar su propia imagen, su propia evolución. "Lo pensé como un recurso narrativo y como un disparador para generar cosas, en la medida en la que vedé las entrevistas con ella. Yo proponía situaciones y a partir de eso se podían desprender conclusiones y reflexiones que sí tomaba como insumo", comenta Garay, quien subraya, de esta forma, su alejamiento del reportaje como estilo de cine documental.

La puesta en escena y el lenguaje de cámara también contribuyen a formar una mirada única en la que las técnicas se mezclan, en las que las tomas construidas, con una cámara estática que ve a Stephania caminar, son mezcladas con situaciones irrepetibles, espontáneas, como el "exorcismo" que experimenta la protagonista en una iglesia nicaragüense.

El enfoque de Garay también se hace ostensible en la forma en la que es construida la historia: aunque la aceptación de la familia y las vicisitudes que experimentó en el pasado están presentes, no hay un tinte moral. "Era consciente de que la historia es muy frágil; entonces hay que acompañarla bien y cuidarla para que justamente no se tematice. Yo abro cuestiones que tienen que ver con la historia de Stephania, pero no me meto a juzgar, a editorializar", afirma Garay, quien no considera a El hombre nuevo como un largometraje activista, aunque ya haya sido distinguido con el premio Teddy a mejor documental en el Festival Internacional de Cine de Berlín, y con el Premio al Mejor Largometraje Asterisco Festival Internacional de Cine LGBT.

La ausencia de la familia adoptiva, que no quiso participar del documental, y la dinámica con los padres y hermanos biológicos forman parte de esas grandes cuestiones, lo que obliga a Stephania a volver a referirse a sí misma, en varias oportunidades, como Roberto. La dialéctica con una identidad que no logra dejar atrás se manifiesta incluso en su cuerpo, en planos en los que ella se depila, se baña, se peina. Imágenes que logran simbolizar una lucha entre lo masculino y lo femenino , una lucha que, para Garay, "muestra mucho más de lo que se dice. Logra abreviar, sintetizar".

Sin embargo, a lo largo de sus batallas, Stephania se muestra estoica, aunque no insensible, sin imponer a la fuerza su actual identidad. Ella, con esa épica que esconde, "esa capacidad de reconvertirse, esa resistencia, esa fortaleza", le recuerda a Garay que, al final del día, no había nombre más indicado que aquel de un nuevo hombre.

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