Un año más se va sin que Murakami haya ganado el premio Nobel de Literatura. Para el japonés, eterno candidato, el perder ya se ha vuelto una sana costumbre, una tradición que no parece amargarle la vida en absoluto. Y es que, lejos de amilanarse, el autor de Tokio Blues cierra 2015 con la edición en español de sus dos primeras novelas, inéditas hasta el momento.
Los dos libros, reunidos en un solo tomo, vienen acompañados de un prólogo extenso donde el autor cuenta la génesis de las dos obras. Lo novedoso es que también aprovecha el espacio para discutir con sus enemigos de toda la vida: esas voces que lo acusan desde hace años de occidentalista, de destrozar adrede la lengua japonesa, de ser pop y de varios pecados más.
Escucha la canción del viento, su opera prima, es una novela típica de Murakami. Ya es posible observar allí la eterna cadencia del japonés. Su tono melancólico, los mil títulos de canciones puestos porque sí, sus intentos de hacer poesía, su párrafo valioso que se desvanece entre sucesos triviales, sus ganas de ser Raymond Carver.
La joven voz narradora y su amigo de clase alta, el Rata, acaparan toda la novela que transcurre la mayor parte del tiempo adentro de un bar. Juntos y separados, soportan una dura existencia que parece ser paralela al resto de los mortales.
El Rata vive acomplejado por ser de familia acomodada, pero no sabe expresar su rabia de otra forma que no sea tomar cantidades industriales de cerveza cada dos páginas. El personaje comienza así y termina así, ni siquiera se emborracha y monta una escena.
El narrador, por su parte, no está tan enojado, pero también bebe constantemente. Es un estudiante que no estudia, que vive como puede y al que le suceden cosas extrañas, que nunca llega a comprender, pero que lo dejan triste durante capítulos.
Con dos protagonistas tan débiles la novela no llega nunca a levantar vuelo, va de un suceso a otro sin un objetivo claro, sin que el lector pueda imaginar nunca hacia dónde va el asunto. Lo peor es ver como Murakami arruina su propio trabajo. En la mejor escena del libro la muchacha se despierta, ve al desconocido desnudo a su lado, no recuerda nada y ordena "Explícamelo todo". A ese gran momento de clímax literario sigue una anécdota tremendamente aburrida de lo que sucedió durante la noche, sin una gota de inspiración, que deja al lector irritado y dolido por la jugarreta.
Pinball 1973 no es mucho mejor y para colmo de males los protagonistas son los mismos. Sucede algunos años más tarde, pero todo sigue casi igual. Las novedades son que el Rata se enamora y lo dejan, con lo que toma aún más y es más desgraciado. Y el narrador sigue con sus exóticas conquistas amorosas, ya que esta vez duerme y convive con dos gemelas que están locas.
Aquí lo que prima es el disparate lisa y llanamente. Además de los sucesos inverosímiles, Murakami opta por cambiar de tema cada cinco páginas, como si intuyera que no va a ninguna parte. Ese lanzar golpes que no dan en el blanco termina siendo agotador para el propio autor, que sobre el final aborta todo lo construido para introducir una máquina de pinball, un flipper que obsesiona al protagonista hasta el final.
Hay que decir que de allí surge lo mejor de la novela, que logra instalar en el lector ideas como la relatividad del tiempo, el fanatismo por lograr el mayor puntaje como en la vida, o la escena final en el depósito que está muy bien escrita, incluidos los diálogos surrealistas con la máquina que habla.
A quién le gusta Murakami le gustará. A quien no, ya sabe.