8 de agosto de 2015 5:00 hs

El primer debate en las primarias del Partido Republicano para elegir candidato para la Casa Blanca en 2016 tenía un protagonista fijado de antemano, el multimillonario Donald Trump, quien fue desde el primer minuto el centro de toda la atención y cuyas salidas de tono no defraudaron.

De entrada, resulta difícil determinar quién fue el ganador del debate, si es que hubo algún ganador (fueron 10 los participantes en el debate), y todavía más si Trump salió beneficiado o no de su primera prueba seria, algo que solo las encuestas de los próximos días determinarán.

Resulta especialmente difícil medir el éxito de Trump porque el magnate neoyorquino no puede calibrarse en los mismos términos en los que se mide al resto de candidatos o a los políticos convencionales, puesto que él apuesta por el espectáculo, lo políticamente incorrecto y lo sorprendente.

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Y en ese sentido, su actuación en el debate de la noche del jueves (la primera de su carrera en el mundo de la política) no defraudó: dio sorpresas, realizó salidas de tono y no solo fue políticamente incorrecto, sino que se jactó de ello.

"A Hillary Clinton le dije 'Ven a mi boda' y vino a mi boda. No tenía elección. Yo había donado a su fundación", explicó Trump, quien usó este ejemplo, protagonizado por él mismo, para probar que "el sistema está roto".

Ese golpe, que pocos se esperaban, fue uno de los grandes momentos de la noche, y refleja perfectamente lo poco convencional de un candidato como Trump, cuyo argumento más recurrente para atacar al "establishment" político es revelar que él mismo se ha aprovechado durante años de las fisuras del sistema.

Para Trump, "el sistema está roto" porque, en el pasado, él mismo ha donado dinero a "muchos políticos", a quienes, años más tarde, les llamaba y "ellos estaban allí" para él.

Este tipo de razonamientos tan poco habituales en política son, a juicio de los politólogos, lo que explica en gran medida el éxito de Trump en las encuestas, ya que parte de la ciudadanía lo percibe como un arrebato de honestidad (y entretenimiento) al que no está acostumbrada en una campaña electoral.

Mientras tanto, sus rivales –desde el exgobernador de Florida Jeb Bush, pasando por el gobernador de Wisconsin Scott Walker, el senador Marco Rubio y el gobernador de Nueva Jersey Chris Christie– cimentaron la imagen de serios contendientes.

El debate del jueves ofreció a los aspirantes la oportunidad de destacar en la atestada carrera partidaria, en la que muchos de los candidatos aún deben lograr dos dígitos en las encuestas que por el momento encabeza Trump.

Con tanto en juego, la mayoría eligió jugar a lo seguro, dejando que los moderadores desafiaran a Trump, mostrándose ellos sustanciales y con talla presidencial.

"Ninguno cometió una gaffe capaz de poner fin a su carrera", dijo Geoffrey Skelly, del Centro Político de la Universidad de Virginia.

Solo Rand Paul, que proviene del ala más liberal del partido, se enfrentó directamente con Trump, al que acusó de "comprar" políticos.

El resto se enfocó en presentarse a sí mismo ante los votantes.

Walker, quien se hizo de un nombre al luchar contra los sindicatos, se posicionó como un político "agresivamente normal" del medio-oeste, una región que podría resultar clave en la elección. "Quizás superó las expectativas en materia de política exterior, y para él eso es bueno", dijo Skelly.

El senador de Florida Marco Rubio, quizás el más fiero político entre los aspirantes republicanos, se presentó a sí mismo como la personificación del sueño americano, el hijo de inmigrantes que forjó una nueva vida en Estados Unidos tras abandonar Cuba.

EO Clips

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