Agro > Tradición arrocera

La historia de dos arroceros que no se rinden ante los números rojos

Aunque el área de cultivo se achica año a año, la herencia familiar se impone y productores se empecinan en resistir

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04 de mayo de 2019 a las 05:00

Hay un pacto. Cierto pacto intrínseco –o quizás no tanto– con esos ancianos que fueron jóvenes y agacharon el lomo. Cierta obligación moral, por momentos costumbrista que, como decía el filósofo francés Jean-Paul Sartre se puede resumir en que “cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. 

Tras la sexta campaña deficitaria y en la que el área de cultivo de arroz se viene achicando año a año, existe un prototipo, un linaje de productores que se empecina contra una ecuación económica que sigue en rojo, año tras año, y empuja a la tradición familiar a imponerse, década tras década.  

El arrocero, dice el productor y presidente de la Asociación de Cultivadores de Arroz (ACA), Alfredo Lago, “tiene una obligación con quienes lo antecedieron para tratar de hacer lo mejor y poder seguir en esta actividad, que es una forma de vida”. Lago sostiene que es muy difícil que alguien se le ocurra hacerse arrocero porque le pareció atractivo económicamente. 

“Si no tienes este tipo de vínculo familiar casi que no es posible. El porcentaje de productores arroceros que vienen de generaciones anteriores es extremadamente alto. Es muy raro el caso de alguien que en el presente diga que se metió en esto porque le pareció un buen negocio”, explica. 

“Seguro que hay un grupo importante de productores que vamos a morir con la bota puesta porque no conocemos otra cosa que esto” 
Alfredo Lago
Productor arrocero y presidente de ACA

Con costos productivos elevados que no logran ser cubiertos desde hace media docena de ejercicios, los arroceros temen que para la próxima campaña el área del cultivo vuelva a reducirse fuertemente, tal vez con una caída similar a la del año pasado –de 20%–, descendiendo a 115 mil hectáreas. 

De concretarse, sería la menor superficie en casi 30 años, desde las 127 mil hectáreas de 1991/92 y una caída que se añade a bajas ininterrumpidas iniciadas en 2010/11. 
En la zafra 2018/19, unos 520 agricultores sembraron 144 mil hectáreas (ha), que decantará en  una producción de 1,2 millones de toneladas. Sin embargo y a pesar de los achiques constantes como pasar de sembrar 1.000 ha a 700 ha en los últimos años, Lago se siente un “arrocero”.

El agricultor representa la tercera generación de “una familia que cultiva arroz”, mientras su hijo –con un establecimiento propio– ya se hace paso en la cuarta generación. Fue allá por 1963, a 18 kilómetros de Placido Rosa (Cerro Largo), cuando el abuelo de Lago empezó en el sector que hoy marca la vida y los principios culturales de la familia. 

En ese entonces, el sector arrocero empleaba a un trabajador cada diez ha, hoy da trabajo a uno cada 70. Las cuadrillas de gente eran de dos y tres mil personas, “camiones y camiones de trabajadores que venían a la cosecha”, comentó Eduardo Ensslin, un productor de origen brasileño, que vive en Yaguarón (Río Grandel Sur) pero su familia trabaja en Uruguay desde “siempre”.    

8.300 kilos por hectárea es el promedio que se estima tendrá esta zafra de cosecha de arroz. El récord fue en 2016/2017 con 8.571 kilos. 

En algunas décadas, los rendimientos en términos de productividad pasaron de 4.000 kilos por ha a 8.500. Uruguay tiene los mayores índices de productividad del mundo. 

En Semana Santa, intenta graficar Lago, los arroceros ven como esa cantidad de gente en la frontera de Río Branco aprovecha para irse de vacaciones a Brasil, mientras asegura que él en su vida “jamás pudo salir de vacaciones” durante ese período. 

Alfredo Lago junto a su hijo y su nieto

“Desde pequeño iba con mi padre o con mi abuelo a la chacra, le pasó lo mismo a mis hijos y le está pasando a mi nieto ahora, en esa fecha y lugar está el trabajo. Cuando la gente aprovecha su licencia es cuando más se trabaja. Son ese tipo de cosas las que te marcan como arrocero”, comentó. 

De Brasil a Uruguay

Ensslin es testigo de tres generaciones de cultivadores de arroz en una época en que “los tractores eran bienes de lujo”, por lo que la tierra se araba con bueyes y las taipas (canaletas) se “hacían a mano o pala”.

 Con 45 años, Ensslin nació en Brasil y su padre llegó a Uruguay en la década de 1980. Antes, había sembrado arroz su abuelo y antes su bisabuelo, que por el año 1929 realizó su primera cosecha en Tranqueras (Tacuarembó). 

“Era una época en que no había fertilizantes ni herbicidas, se plantaba, usaba la tierra un par de años y no se producía más; la rotación era distinta”, comentó el productor a El Observador

En épocas anteriores, el agua era utilizada buscando el efecto de los herbicidas; se mojaban las bolsas de arroz para después sembrarlo al sumergirlo nuevamente al agua. “Se sembraba a mano, se bombeaba el agua del río hasta las chacras y después con la bolsa sobre los hombros se iba distribuyendo el cereal. Había máquinas ya en ese entonces, pero seguía siendo muy común sembrar a mano”, rememoró.

El productor brasileño –que forma parte de la ACA– contó a El Observador que durante la Segunda Guerra Mundial se “terminó el combustible en el mundo” y en una época en que las bombas eran movidas a nafta, no había como producir arroz.

"Mi bisabuelo se la arreglo fácil. Compró una locomotora a vapor que le llevó tres meses llevar al campo. Entonces luego a leña y carbón utilizó la locomotora como bomba y tuvo dos o tres años en el que hizo mucho dinero porque prácticamente era el único que podía producir”, relató Ensslin. 

Pero la actualidad marca una dificultosa realidad para el sector, que se traduce en que la única alternativa. Según transmitió este arrocero, es reducir al máximo posible el área de arroz que se produce, para complementarlo con un negocio mucho menos volátil como la ganadería.

Eduardo Ensslin junto su hijo Enzo en una chacra arrocera

El brasileño, que estudió administración en Porto Alegre, siempre pensó en volver al “arroz”, porque es “una tradición de la familia y uno se enamora de lo que mamó de chico”.  
Dice que hace seis años viene intentando hacer lo indispensable, achicando áreas e inversión, con el mínimo de personal, pero no puede bajar más porque hay gente que está con él “desde que empezó”. 

“Cuando pare el peón es porque yo voy a parar. Porque más que un funcionario, es un compañero de vida”, aseguró. 

La esperanza para un arrocero de toda la vida, de varias vidas, es llevar los costos al mínimo hasta que un día la situación cambie, “porque un día va a tener que cambiar, ya que ya se pasó por otras crisis”.  

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