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La inestabilidad de Hong Kong

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13 de diciembre de 2019 a las 05:02

La economía de Hong Kong es un ejemplo de éxito en este mundo de hoy. En un territorio minúsculo, con una población de 7.5 millones, que incluye a más de 600.000 extranjeros y un millón de chinos, el ingreso por habitante es uno de los más altos del mundo, del orden de los US$ 50.000 anuales.

La región ocupa desde hace años el primer lugar en el índice mundial de libertad económica, en especial por el puerto, el comercio y los servicios financieros y de telecomunicaciones. Tiene su propia moneda, que está fijada con relación al dólar americano desde 1983. La bolsa de valores es una de las más importantes del mundo, con una capitalización equivalente a doce veces el PIB.

Este nivel de desarrollo ha sido alcanzado gracias a la función exclusiva de Hong Kong como nexo entre China y el resto del mundo, al amparo de su muy peculiar sistema político y económico. Porque desde 1997, cuando el Reino Unido transfirió la soberanía de Hong Kong a China, rige la regla de “un país, dos sistemas”, con un amplio grado de autonomía por cincuenta años, que entre otras bases incluye a la libertad de expresión, el funcionamiento de un mercado capitalista y un sistema legal a la inglesa.

Esta situación de excepción está cuestionada desde hace seis meses, cuando comenzó una sucesión de protestas semanales para oponerse a un proyecto de ley que facilitaba el proceso de extradición a China. Ellas fueron ganando en adhesión popular, en el marco de ocasionales choques violentos con las fuerzas del orden. En agosto tuvo lugar la primera huelga general en cincuenta años.

Por ello entre septiembre y octubre el proyecto de ley en cuestión fue finalmente dejado de lado. No obstante las movilizaciones continuaron ahora para reclamar una mayor apertura democrática y la revisión de los excesos de la acción policial. En confirmación de estos objetivos, a fines del pasado mes de noviembre fueron celebradas las elecciones municipales, en las que triunfaron ampliamente los candidatos que están a favor del sufragio universal para elegir a las autoridades de la región.

Para peor, estos sucesos agregaron un nuevo motivo de fricción entre Estados Unidos y China.

Aunque a disgusto, el presidente Trump firmó hace unos días una ley que ordena la imposición de sanciones contra todas las personas responsables de abusos contra los derechos humanos o de menoscabar la autonomía de Hong Kong, al tiempo que prohibe la exportación a ese destino de armas de control de las manifestaciones, tales como gases lacrimógenos y balas de goma.

En el afán de no agregar nuevos problemas a la relación económica entre ambos países, China ha reaccionado con cautela ante esta nueva injerencia de Estados Unidos en sus asuntos internos. Porque además de que una negociación inconclusa para acordar una tregua en la guerra comercial en curso, aun está vigente el anuncio de Trump de una nueva suba de aranceles sobre las importaciones chinas a partir de mediados del mes en curso.

Por ello la respuesta de China se ha limitado a suspender las visitas de naves y aviones militares de Estados Unidos a Hong  Kong, una práctica que se repetía desde 1997, y a imponer sanciones por ahora no especificadas contra algunas organizaciones no gubernamentales residentes en Estados Unidos a las que se acusa de estar relacionadas con las manifestaciones en la región.

Este marco de inestabilidad ya ha tenido sus primeros efectos de importancia sobre la economía. 

Varios congresos y otros importantes eventos internacionales que debían realizarse en estos meses fueron trasladados a otros países. El turismo ha bajado en una tercera parte con respecto al año pasado y el mercado inmobiliario está casi paralizado, con una baja incipiente de los precios, que se estima será más acusada en los próximos meses. 

Las autoridades ya prevén un déficit fiscal para el ejercicio 2019-2020 por primera vez en quince años, como consecuencia de una baja de las ventas minoristas del orden de un 25 % con respecto al año pasado. La economía cayó en recesión en el tercer trimestre del año por primera vez en una década y hay estimaciones del sector privado que ella podría bajar en más de un 5 % el año próximo.

La manifestación del domingo pasado fue la mayor desde que ellas comenzaron seis meses atrás. Fue un fuerte indicador de que la resistencia habrá de prolongarse al menos hasta bien entrado el año próximo. Todo indica entonces que se está consolidando un cuestionamiento de fondo a la Hong Kong que aun tiene 27 años por delante sobre las bases definidas en 1997. Porque la inestabilidad política y social no es compatible con el funcionamiento normal de una plaza financiera plenamente abierta a la libertad comercial.

La región ya es parte de China y por eso no habrá elecciones democráticas como pretenden los manifestantes.

También puede descartarse una nueva Tiananmen, porque ella no solo afectaría a las relaciones con occidente sino también a la libertad sobre la que operan las multinacionales instaladas en la región. Singapur o Tokio serían entonces los dos destinos alternativos en la mira. 

El destino de Hong Kong está ahora dependiente de la continuidad e importancia de las protestas sociales y de la reacción consecuente del mundo de los negocios.

China buscará neutralizar de a poco a los líderes de la resistencia. Pero será una carrera contra el tiempo porque mientras más se prolongue la instabilidad mayor será el incentivo a buscar otros horizontes.

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