Solo ver por primera vez en el escenario el magnífico telón que Salvador Dalí creó en la década del cuarenta para Tristán e Isolda puede ser considerado motivo suficiente para asistir al Auditorio Adela Reta a ver La Verità, de Daniele Finzi Pasca. Pero el director suizo y su compañía crean una mixtura de imágenes, corporalidades y sonidos que incluso relega en la memoria visual del espectador la obra del pintor catalán.
El surrealismo de Dalí funciona como puntapié de La Verità, que juega con elementos que aluden a la obra del pintor, como el acto en que una mujer empuja una carretilla en forma de toro mientras un hombre hace acrobacias sobre muletas o la presencia de personas con cabeza de rinoceronte. Este animal es una figura central en la iconografía del catalán y del movimiento surrealista, y remite también a una de las mayores obras del dramaturgo del absurdo Eugène Ionesco.
Pero en el mundo onírico de Finzi Pasca también se cuela la historia de Tristán e Isolda, a quienes una pócima de amor indestructible los lleva a la muerte. Los ecos de esa pasión trágica reviven en el número en el que una pareja realiza acrobacias sobre una estructura triangular suspendida en el aire, mientras el diálogo de sus cuerpos recuerda al celebrado poema de Oliverio Girondo (“Se confunden, se acoplan, se disgregan/ se aletargan, fallecen, se reintegran/ se distienden, se enarcan, se menean”).
Las acrobacias se intercalan con una pareja de clowns que tratan de desmitificar el telón de Dalí (“Tiene dos rajaduras”, “tiene hormigas gigantes”, “voy a hablar con un amigo mío para que le haga unos retoques”, bromean en un castellano mezclado con italiano). Sus números son graciosos, aunque también protagonizan uno que no está a la altura del espectáculo, en el que juegan a disparar al público con unas varas situadas en sus genitales.
La escena de apertura en clave humorística quizás tampoco convenza del todo aunque La Verità tiene momentos que alternan la acrobacia, el teatro y el humor de forma muy efectiva. Esto sucede cuando aparece el vaudeville de aspecto decadente que recuerda a los extraños personajes de David Lynch. Allí entra a escena la tosca bailarina de tutú rojo representada por el español David Menes, que impresiona por su despliegue acrobático y actoral.
Imágenes inolvidables
Finzi Pasca construye una galería de imágenes y sonidos inolvidables: una onírica interpretación de la Danza del Hada de Azúcar de El Cascanueces con copas de vidrio; el conmovedor balanceo de un acróbata mientras la ópera inunda la sala o las acrobacias de tres jóvenes sobre escaleras torcidas que dan vueltas como cintas de moebius.
El segundo acto abre con un número en una estructura metálica de anárquica forma circular, un verdadero prodigio de la sincronización que dispara la fantasía.
Pero acaso uno de los momentos más sublimes sea la escena en la que los acróbatas se suceden realizando piruetas sobre un poste mientras, de fondo, un telón en movimiento se tiñe con un juego de luces y sombras. La imagen que genera es tan fuerte que el espectador apenas mira las acrobacias y queda extasiado por ese telón capaz de texturizar los recuerdos. De repente asoman en la imaginación una tarde en la playa jugando con amigos o las ondas concéntricas del mar bajo el reflejo de un sol ardiente.
Por ello, La Veritá es mucho más que un espectáculo de acrobacias. Es un juego entre lo onírico, la memoria y la poesía, que deleitará a aquellos para quienes todavía la vida es un sueño que vale la pena experimentar.