Un cachetazo en la cara me despierta. Es el alarido de mi hijo que está en su cuarto y pide mema, pide mudarse de cama, pide atención.
Sin pensar mucho salgo corriendo. Lo miro; me desvela por un segundo con sus expresiones sorprendentes y tiernas. Lo llevo y lo dejo bien acurrucado a su madre, busco que ese incomparable calor lo vuelva a dormir. La madre, hecha un oso polar invernando, mucho más dormida que cualquier integrante del edificio de 11 paradas en el ascensor -que tiene seis apartamentos por piso- actúa por instinto. Le roza la nariz, le pasa el brazo por encima y me da un poco de calma para correr hacia la cocina.
Me topó con cualquier tipo de instrumento, me quemo hasta el alma, puteo, le pido al cielo que sea más justo. Me pregunto por qué diablos estoy ahí parado meándome y lavando platos con el perseverante chorro de agua caliente saliendo del grifo.
El grito del insolente que demanda una: “¡Mema, mema, mema!”, tira por la borda cualquier posibilidad de que vaya al baño. Me quedo con frío, de calzoncillos cruzando las piernas esperando que el microondas culmine los 36 o 38 segundos que calculo para 140 a 160 centímetros cúbicos de leche.
Corro con la mema en mano y se la doy como si fuera un trofeo. A veces le digo orgulloso: “Está deliciosa, Felipe”. Y él me mira como asintiendo, aprobando la movida y hasta pensando sobre lo que es capaz de lograr por un llanto.
Me doy media vuelta y voy al baño más lejano del cuarto para no hacer ruido, cierro la puerta, levanto la tapa del water y finalmente apoyo las dos manos en la pared, y orino.
Miro alrededor y con los grillos cerca de abandonar su canto me termino de desvelar. “Arrancó el día”, me digo.
Me hago el café y me siento frente a la computadora. Algo bueno está por suceder.