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La memoria de Irene

Ella tenía todos los recuerdos ordenados hasta que la memoria se le perdió en la mitad de un sueño

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11 de diciembre de 2012 a las 00:00

Raramente nos damos cuenta de que ese momento que estamos viviendo tiene la circunstancia y la persona precisa para hacernos felices. Por eso, la felicidad casi siempre es un recuerdo y se asoma en algún lugar de lo ya sucedido. Perder la memoria supone, entre otras cosas, perder los momentos en que fuimos felices. Y el olvido es pasto para las ficciones y los desencuentros.

Por ejemplo, ella tenía los recuerdos bien ordenados en su cabeza hasta que una noche parpadeó y, cuando abrió los ojos, se encontró vestida de novia caminando hacia el altar de una elegante iglesia.
Primero reaccionó mirando al hombre que ejercía presión sobre su brazo. Le resultó un perfecto desconocido aunque, de acuerdo a la liturgia católica, esa persona no era otro que su propio padre. Después sintió sobre su piel el vestido de gasa que le pareció un poco pasado de moda.

Giró la cabeza y pudo ver a sus costados decenas de ojos con la expresión embobada del que mira pasar a una novia.
El Ave María la aturdía y el altar quedaba cada vez más cerca. Ya podía ver con claridad el rostro de su futuro esposo. ¿Con qué cualidades la habría enamorado ese hombre? ¿Tendría una singular personalidad o una original inteligencia? ¿Acaso sería rico en dinero? ¿A ella le interesaba mucho la plata? No lo sabía y no era ocasión como para distraerse en esos asuntos.

Faltaban pocos pasos para que se topara cara a cara con el cura y debía tomar una decisión urgente. Gracias a Dios las procesiones de las bodas son tan lentas como las de los entierros, pensó.
Resolvió salir corriendo del templo pero lo descartó de inmediato. ¿A dónde iba a llegar vestida de novia en un mundo lleno de desconocidos?.

A punto estuvo de explicar en voz alta que había perdido la memoria, que se trataba de un caso médico y que, por lo tanto, no era conveniente continuar con la ceremonia. Pero le dio vergüenza. La gente iba a pensar que se trataba de un ardid de última hora para zafar de un compromiso del que se había arrepentido.
De pronto le vinieron ganas de saber, por lo menos, cuál era su nombre y apellido. De manera que esperó hasta que el cura preguntó
-Irene Morales acepta por esposo a Pedro Bustamante....
Entonces sí fingió un desmayo y se tiró al piso bajo la mirada del Cristo de bronce.

* * *

Irene se despertó con un sobresalto. Se sentó en la cama restregándose el rostro para terminar de espantar la pesadilla del penoso casamiento. Todavía le parecía escuchar la voz del cura y el murmullo de los asistentes a la boda.

Ya despejada, tanteó con la mano izquierda y encendió la lámpara de la mesita de luz. Sus ojos se encontraron con la típica foto de luna de miel. Ella sonreía en un paisaje nevado, abrazada al hombre que ahora dormía a su lado.

Se levantó, deambuló largo rato por la casa, en la cocina se sirvió un vaso de agua, se sentó en una silla de cármica y repasó los detalles –los que pudo rescatar- del sueño que recién había soñado. Los sueños son historias fantásticas que nos ocurren cada noche. Pero, a diferencia de los cuentos, no existe escritor que los dirija.

Como sea, lo que Irene tenía ahora alrededor suyo no era otra cosa que una realidad bastante incómoda. Pero tenía que calmarse si no quería que el resto de su vida fuera una pesadilla. En todo caso, tenía la madrugada entera para preparar el minucioso interrogatorio con el que despertaría a su compañero de cama. Quería saberlo todo. Empezando por sus nombres, cuándo se habían casado, quiénes eran los niños que descansaban en la habitación contigua y, sobre todo, cuál era ese país nevado del que nada sabía pero que, quién sabe desde cuando, ella misma estaba pisando en la foto de su mesita de luz.

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