Patricia, esposa del filósofo estadounidense John McDermott (1932-2018), comentó al terminar la cena: “En la próxima vida me gustaría volver a ver a mi perro, que murió hace 20 años”. La corrijo, voy incluso más lejos: “A mí no me interesa ir al cielo si ahí no puedo reencontrarme con mi perro”. Pienso en eso, mientras lo entierro en el fondo de casa, bajo un árbol, junto al rectángulo donde cinco años atrás enterré a Rubio, el primer, único y último gato que tuve. Por muchos años fueron adversarios –nunca enemigos–, hoy la tierra húmeda y honda, como Dios manda, los une. En los atardeceres raras veces se oyen ruidos, pero el de hoy, martes de setiembre del año de plaga, es más callado que nunca. A manera de rito de la sosegada desolación que todos tarde o temprano sentimos cuando la muerte llega, le doy un beso de adiós a su cadáver, rigor mortis como si estuviese embalsamado. Lo raro de los entierros, sea este el de un animal o el de una persona, es la posdata de la ceremonia, cuando uno tiene la certeza de que no volverá a ver al ser que acaba de empezar su viaje a otra dimensión; no oirá más sus sonidos, no sentirá sus olores, no tocará la piel que fue envoltorio de vida. “Ya no”, igual que en el poema de Idea Vilariño. La tristeza y la congoja vienen acompañadas de eso tan difícil de conceptualizar llamado “lo irremediable”, una abstracción en términos reales. La muerte, no es solamente la vida que se esfuma, sino el vacío que todo lo abarca. La aceptación del “no estar del otro”.
Mi perro entra a la tierra con el mismo gesto con que me recibía cuando yo llegaba de trabajar: con las orejas paradas, en pose de querer saber cuanto antes lo que vendría a continuación. ¿Habrá cielo? No dejo de hacerme la pregunta, mientras la última palada de tierra termina de cubrir su cuerpo, diminuto, enflaquecido por el cáncer que, como suele pasar, vino rápido, y rápido se lo llevó. No hay peor azar que el de la parca. Muerta la esperanza, uno busca atajos emocionales para intentar zafar del desconsuelo, como, por ejemplo, decir que tenía ya 16 años, que en vida humana son 87, que la muerte lo libró del tormento del cáncer que, cuando es de hígado, como fue en su caso, se hace presente con indescriptibles efectos colaterales.
Cuando le diagnosticaron la enfermedad imaginamos el peor escenario para sus horas postreras, con dolores terribles que minimizarían incluso el efecto de los calmantes de última gama. Pero Campeón, porque así se llamaba, murió en la suya, luchando contra la fatalidad hasta el último suspiro, sin pedir ayuda. Como Gary Cooper en A la hora señalada, enfrentó al enemigo solo. Con altura y dignidad, sin quejas. Es lo que tenemos, valor. Hoy lo homenajeo, vistiendo estas palabras con nostalgia y melancolía. Dos días antes del final, su aspecto y situación me hicieron aceptar que la fecha del muere había llegado, que era cuestión de horas nomás. El día previo dejó de comer y tomar agua. Los animales se preparan para el cierre dejando la vida antes de que esta los deje a ellos. El día de su muerte, temprano en la mañana, descansaba en su cucha, pronto para el viaje, aunque este a veces se inicia con retraso. A eso de las 11 lo levanté y lo llevé a donde le gustaba echarse a tomar sol. Tenía los ojos cerrados. Apenas nos sentamos en el pasto los abrió. Los tuvo abiertos por ocho minutos, quizá menos, dejando que la última luz que le quedaba dentro saliera y fuera a encontrarse con la misma luminosidad exterior que por años había sido su aliada. Se volvió a quedar dormido en mis brazos, por lo que lo regresé a su cucha, lista para convertirse en lecho de muerte. Fui a la cocina a tomar agua, y cuando regresé al cuarto comenzó a mover la cabeza, como despidiéndose o tratando de expresar algo, vaya uno a saber qué. Intentó abrir la boca. No olvidaré su estertórea mueca cuando la muerte dio la estocada final. Llamé a mi hijo chico, “Apurate, Campeoncito se está muriendo”. Oímos cómo la respiración se apagaba, cómo el corazón dejaba que la guerra recién perdida ganara la última batalla. Lo increíble –y pocas veces en mi vida la palabra increíble fue tan exacta– es que, sin que lo notáramos, su cuerpo volvió a estar en la posición en que solía ponerse cuando quería cazar una ardilla. Nunca atrapó ninguna, y en sus años finales, vejez mediante, se había cansado de intentarlo. Tal vez en el paraíso de los perros, al único que quiero ir, los sueños de cacería dejarán de ser utopía.
Campeón era un rat terrier. Cuando lo encontramos, apenas nacido, cabía en la palma de mi mano. La misma tarde que lo trajimos a casa –he aquí otro increíble aspecto de esta historia–, se rompió una pata. Lo llevamos al hospital de veterinaria. Ahí confirmaron la fractura y quedaron sorprendidos de su capacidad para soportar el dolor, pues, por más que tenía la pata derecha delantera totalmente fracturada, no emitía sonido alguno. Se las aguantaba como podía. Dijeron que lo mejor era sacrificarlo, que para evitarle sufrimientos ahí mismo podían ponerlo a dormir. ¿Cómo? Imposible. Para algunos la muerte podrá ser fácil, pero la vida nunca lo es. Pedimos que le vendaran la pata y le dieran un calmante. Al día siguiente lo llevamos a una veterinaria, una mujer genial, quien dijo que le salvaría la pata y la vida. Lo hizo. A ella, hoy jubilada, fue a la primera que le informamos que nuestro mejor amigo había muerto.
Cuando un ser amado muere, la memoria abre un repertorio amplio de recuerdos de ratos compartidos con el difunto. Las historias con Campeón, créanme, son también increíbles. Los perros son tan leales porque no se proponen ser otra cosa que sí mismos. Nunca conocí uno más pequeño que él. No obstante, cuando salía a la calle le hacía frente a cualquiera, aunque hubiera varios grandes y juntos. Siempre lo consideré, y así planeo recordarlo, como un torero haciéndoles frente a todos los toros de lidia que le salieran al paso. Una noche se escapó, pero lo encontramos enseguida. Estaba en la esquina ladrándole a un vecino que nunca le cayó bien. Sabiéndose sin correa ni collar, debe de haber creído que era su gran oportunidad para morderlo. A mí me mordió infinidad de veces, principalmente cuando trataba de cambiarlo de sitio por haberse puesto a dormir en la silla de la computadora, donde escribo cosas como la que ahora usted está leyendo. Con el tiempo fue perdiendo fuerza en las patas, por lo que comenzó a echarse a mis pies.
Lo voy a extrañar como loco cada vez que juegue la selección uruguaya. Con nosotros vio cuatro mundiales. Se hizo para siempre celeste cuando Abreu metió el penal contra Ghana. Y su fanatismo aumentó con la victoria ante Inglaterra por el mundial de Brasil. Perro antiimperialismo británico, se contagió de algarabía cuando Suárez marcó la diferencia definitiva en el tanteador. Estábamos viendo el partido y cuando enardecidos gritamos gol se puso a ladrar, y enseguida a aullar, quizá sintiéndose heraldo canino de la felicidad tan exclusiva que da el fútbol cuando gana la selección.
A poco de nacer, tal como dije, Campeón se rompió una pata. Otros males le llegaron. La artritis no lo dejó en paz a partir de su sexto año de existencia, cuando cumplió 10 una veterinaria recomendó castrarlo para evitar la posibilidad de un cáncer de próstata, se fue quedando ciego y al final no veía nada, pero igual siguió adelante, respetando lo sagrado de la vida con admiración. Como para no amar a los animales. Díganme si no. Campeón fue un perro cinematográfico. En el cielo le disputará a Lassie, Rin Tin Tin y Benji el papel protagónico de la película de la eternidad. Fue un antihéroe antisocial. Podría haber sido personaje de una novela de William S. Burroughs, o de una de Virginia Woolf, Flush: una biografía (hay una excelente versión al español publicada por Montacerdos, en Chile), por ejemplo, en la cual el narrador es un cocker spaniel inglés. Con generosidad de fabulista, por 16 años Campeón nos contó su vida, y fue tan impecable su relato que aprendimos a amar su diaria literatura. Viéndolo derrotar al agobio físico una y otra vez, jamás llegamos a imaginar que el final sería no feliz. Hizo méritos para quedarse más tiempo en la Tierra. Pero la vida es una novela con la conclusión que preferiríamos no leer. Lo malo de la muerte es que no hace excepciones; viene a decir que el día menos pensado no podemos empezar de nuevo. No se conforma con estar solo en la literatura.
Durante los últimos 12 años de su vida, Campeón tuvo una compañera de fierro en Maila, otra rat terrier, aunque de mayor estatura. Macho alfa, el señor del hogar se la ingenió para legar descendencia. En 2010 tuvieron cinco cachorros, tres hembras y dos machos. Desde la muerte de su fiel compañero, Maila ha pasado los días triste, desolada, buscando por la casa algo que se le perdió, dando a entender que también entre canes el sentimiento de viudez y luto es muy poderoso y no se va tan así. No sé hasta cuándo le durará la tristeza, porque también ella tiene los días contados. Cinco años atrás le descubrieron fibrosis en los riñones. Está viva de milagro, y por los avances que la ciencia ha tenido en farmacéutica animal. Cuando su cuenta regresiva concluya, terminará enterrada junto a Campeón, bajo el mismo árbol donde los pájaros cantan cada vez que un alma pasa cerca.