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La muerte del último uruguayo “típico”

Fue una voz sin parecidos, una presencia inconfundible, y también una época en la historia del país llamado Uruguay

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21 de junio de 2019 a las 05:01

A Rodríguez Tabeira solo lo vi una vez en mi vida. Fue hace mucho tiempo. Él estaba todavía vivo, y yo estaba bastante más vivo que ahora, porque el paso del tiempo es el único gran enemigo que tenemos. Fue en una oficina. Como todos, seguramente ambos pasamos la mitad de nuestras vidas haciendo un trámite en una oficina pública, viendo al tiempo perderse en nada importante. Como todos los uruguayos.  En la oficina todo el mundo lo saludaba, porque Rodríguez Tabeira era una celebridad que había logrado lo que pocos: ser popular en radio, por una voz inconfundible, y en televisión, pues parecía un funebrero con buen sentido del humor, con cuya intermediación la gente ganaba dinero apostado al azar.  Con el chiste de los numeritos que salían del bolillero, todos le daban bolilla.

Mientras los oficinistas se acercaban a saludarlo, interrumpiendo el ritual de té en vaso y bizcochos calentitos pasadas las cinco de la tarde, yo me puse a observarlo pues reconocí un arquetipo criollo, con saco, corbata y zapatos del máximo talle. El sujeto en cuestión tenía pies de basquetbolista lituano, de los que no se miden en centímetros sino en leguas. Pero eso no fue lo que mas me sorprendió. Lo que sí lo hizo, fue su extraordinaria capacidad histriónica: podía pasar de la risa a la tristeza con una facilidad tremenda. Reconocí enseguida a un personaje de algún cuento de Felisberto Hernández. Reconocí, con sorpresa mayor, que estaba ante un uruguayo típico en su forma de ser, de expresarse, de manifestar su ser identitario.

Rodríguez Tabeira sonreía amablemente con alguien, y cuando la persona se iba, regresaba a un gesto de tristeza, mezcla de melancolía y de qué estoy haciendo aquí. Era, lo repito, porque lo descubrí en ese momento, el uruguayo típico. Aquel capaz de celebrar con locura un triunfo de la selección uruguaya, diciendo que el entrenador es un genio por haber ganado de visitante, pero a la semana siguiente, luego de un empate de locatario, contra una selección menos poderosa, pide la cabeza del entrenador, diciendo que no sabe nada, que hay que traer a otro.

Los uruguayos vivimos en una montaña rusa de emociones, sin perder al mismo tiempo una irracional racionalidad de fondo, de la cual sentimos orgullo, y por eso nadie se nos parece ni en América Latina, ni en Europa, ni en Groenlandia. Ser uruguayo es una carrera que lleva toda la vida. Por eso nos queremos tanto, democráticamente, y por eso cuando por un rato dejamos de querernos, decimos que vivimos en el peor país del mundo, sabiendo que no es verdad. De ahí la analogía con el personaje y la persona recientemente fallecidos (fue dos en uno): somos la tristeza y la alegría al mismo tiempo; la euforia y la depresión, las alturas y los infiernos. Somos la cara estólida de Buster Keaton, y el gesto entre nostálgico, triste y resiliente de Charles Chaplin. Hemos nacido para aguantar riendo lo menos posible. En la vida hay cosas de mayor importancia que la risa. La risa, se la dejamos a los colombianos, a los brasileños, a los venezolanos cuando bailan salsa.

Hay uruguayos bajos, mediados y altos de estatura. Rodríguez Tabeira pertenecía al último grupo. Además, trasmitía algo en vías de extinción; la sensación de que detrás de un micrófono, de una cámara de televisión, o en una oficina pública, era un individuo amable, de los que dicen “sí, señora”, “sí, señor”. Al respecto, sería bueno que los candidatos a la presidencia dijeran qué planes tienen para reinstaurar la cortesía, ese don que caracterizó a los uruguayos por tradición marcada a fuego, y que ahora es vapuleado por la falta de buenos modales, por la popularización de la prepotencia y el destrato al otro.  Rodríguez Tabeira representó ese Uruguay hoy en retirada, y lo hizo incluso desde su propio nombre: ya nadie le pone Homero a su hijo, ni siquiera Homero Simpson. Bart es mas moderno.

Esa tarde invernal en la oficina pública Rodríguez Tabeira me hizo acordar por su figura prolongada hacia las alturas y por su gesticulación a Larguirucho, el amigo flaco de Hijitus que en tantas tardes invernales con un vaso de Vascolet en una mano y un pan con manteca Conaprole en la otra, me acompañó desde el televisor, convirtiéndome en su compinche de la fantasia. Tarde, pero gracias por esos días, amigo flaco.

Este diario tituló la información: “Murió Homero Rodríguez Tabeira, la voz de Martini pregunta y el 5 de Oro”. Haciendo cuentas en limpio, imaginando con la memoria, podemos rápidamente concluir que el difunto fue más que eso. Nuestro último Homero famoso fue algo así como un emblema de esa abstracción llamada “uruguayez”, con la cual todos nos sentimos identificados, aunque no sepamos bien qué es ni cómo definirla en términos racionales.

 

 

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