El 12 de setiembre, el débil pegamento que mantenía unidos a los distintos sectores del peronismo en el gobierno saltó por los aires. La coalición que Cristina Kirchner había concebido en 2019 para atraer al sector de Sergio Massa –con Alberto Fernández fungiendo entonces de mensajero componedor entre ambos– y que luego los llevaría al poder, con la inesperada ocurrencia de que quien finalmente terminó encabezando la fórmula presidencial fue el que en un inicio no esperaba más que una jefatura de gabinete, recibió una paliza en las primarias legislativas del domingo que los dejó al borde de la fractura y el colapso.
O del colapso y la fractura; no está muy claro el orden, en momentos que continúa la crisis del gobierno argentino con emisarios de uno y otro lado en una alocada carrera entre la Quinta de Olivos y el Instituto Patria, el think tank ubicado a dos cuadras del Congreso desde donde Cristina cogobierna con personería jurídica.
Llama la atención que nadie, entre la pléyade de analistas, encuestadores y opinantes varios que desfilan por los canales de la televisión argentina, haya previsto el verdadero tsunami de votos que el domingo castigó la gestión del gobierno y dejó claro que la ciudadanía está dispuesta a darle otra oportunidad a la renovada oposición de Juntos por el Cambio.
Desde este espacio –modestia aparte–, advertimos que con una inflación del 50%, un índice de pobreza por encima del 40%, un manejo desastroso de la pandemia y un esquema de vacunación deficiente, el panorama del gobierno argentino era por demás sombrío.
Anticipamos incluso que si los votos favorecían a sus candidatos en estas primarias, podría ser la consolidación del liderazgo de Horacio Rodríguez Larreta a nivel nacional. Y en efecto, Diego Santilli ganó en la Provincia de Buenos Aires y María Eugenia Vidal se impuso en la Ciudad; una victoria resonante de esa estrategia electoral diseñada por el propio Larreta que demuestra no solo su olfato político y su conexión con los votantes, sino también que afianza su liderazgo tanto frente al expresidente Mauricio Macri como frente a los radicales de la UCR que pretendían ganar espacios dentro de la coalición opositora.
Sin embargo, la propia crisis del gobierno introduce ahora un nuevo elemento en la campaña: la resistencia de Alberto Fernández al motín que le armó Cristina dentro del gabinete, mandando a todos los ministros que responden a ella a renunciar en bloque, cosa que estos además hicieron público sin siquiera avisarle al presidente.
La jugada estaba diseñada para torcerle el brazo a Alberto, que se negaba a bajarle el pulgar a sus propios ministros como exigía el kirchnerismo; a saber, el jefe de gabinete, Santiago Cafiero; el ministro de Economía, Martín Guzmán; y el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas.
Cuando esta edición se iba a máquinas, el presidente resistía abroquelado con los suyos en Olivos.
Y ha conseguido algunos apoyos clave entre varios gobernadores de provincia, algunos de los cuales se han trasladado hasta Olivos a reunirse con él, la cúpula de la central obrera CGT y el hoy embajador en Brasil, Daniel Scioli, entre otras figuras de peso.
¿Saldrá Alberto fortalecido de todo este entuerto, como asegura el eterno líder sindical camionero Hugo Moyano, que también respalda al mandatario?
Sus asesores en la Casa Rosada les dicen a los medios que esto le viene bien al presidente porque “recupera centralidad” (visibilidad, en el argot político argentino).
Lo que no dicen es qué tipo de visibilidad es la que, en todo caso, recupera. Visibilidad hay positiva y negativa; y mucho me temo que en este caso sea del segundo tipo. De todos modos, la interrogante está planteada: ¿podrá el solo hecho de por fin plantársele a Cristina Kirchner darle a Alberto Fernández una dimensión presidencial de la que hasta ahora ha carecido de manera ostensible?
Por lo pronto, no parece poseer ni las espaldas, ni la densidad política para soportar una ruptura de esa naturaleza en su coalición de gobierno y encima salir airoso.
Pero habrá que ver primero cómo rearma el gabinete. Si logra atraer a algunas figuras del peronismo moderado que quedaron por fuera de la alianza que surgió de aquella famosa “reunión de Recoleta” en mayo de 2019, como Roberto Lavagna y Juan Manuel Urtubey, podría tal vez empezar a revertir la imagen enormemente negativa que se ha granjeado en estos casi 20 meses de gobierno.
Aunque dependerá, claro, de si realmente logra enderezar el rumbo de la gestión; sobre todo, si tiene las luces para ello. Ahora mismo sus chances se ven exiguas.
Alberto sería el tipo más suertudo del mundo si, después de haber llegado a la Presidencia de carambola, con unos votos que no eran suyos y una candidatura que tampoco le correspondía por caudal político, lograse ahora que la culpa de su pésima gestión de gobierno recaiga toda sobre quien sí aportó los votos para su encumbramiento y él saliera ileso y aun con posibilidades de proyectar algún tipo de liderazgo.
Más bien, lo que se podría desencadenar ahora es una crisis aun peor. No creo que la sombra del exvice Chacho Álvarez renunciándole a Fernando de la Rúa en octubre de 2000 se recorte ahora como un fantasma en el horizonte, como sugieren los más pesimistas. Pero sí se trata de una crisis de consecuencias impredecibles.