El pasado 7 de julio un grupo de 158 intelectuales, periodistas, escritores de todo pelaje y orientación política –entre ellos se cuenta JK Rowling, autora de la famosa serie de Harry Potter; los periodistas David Brooks y Fareed Zakaria; intelectuales como Steven Pinker de Harvard, Salman Rushdie, Margaret Atwood, Noam Chomsky del MIT , Francis Fukuyama de Stanford University, Mark Oppenheimer de Yale University; y Bari Weiss, editora de Opinión del New York Times que acaba de renunciar a su cargo con una contundente carta dirigida al publisher AG Sulzberger en la que denuncia el bullying de sus propios colegas en el diario y la escasa defensa de la dirección que solo se manifiesta en privado– publicaron una carta en la revista neoyorquina Harper’s (fundada en 1850) en la que denuncian que las protestas a favor de justicia social y racial –y que exigen reformas en el proceder de la policía, así como más igualdad e inclusión en la universidad, el periodismo, la filantropía y las artes– lo hacen debilitando el debate abierto y la “tolerancia de las diferencias a favor de la uniformidad ideológica“.
Los autores señalan que hay editores despedidos por publicar textos polémicos, hay libros retirados porque han sido acusados de no ser auténticos, hay periodistas a los que se les prohíbe escribir sobre determinados temas, hay profesores a los que se investiga por citar textos literarios en clase. “Da igual cuáles sean los argumentos en cada caso particular: el resultado es que los límites de lo que se puede decir sin temor a las consecuencias se han estrechado. Ya estamos pagando el precio en el trabajo de escritores, artistas y periodistas que ven en peligro su modo de vida si contradicen el consenso general o, incluso, si no coinciden suficientemente”. Y concluyen “la manera de vencer a las malas ideas es a través de la exposición, la argumentación y la persuasión, no mediante el silenciamiento ni la exclusión”.
Es, en el fondo, lo que señalaba en su carta de renuncia Bari Weiss al puesto de editora del equipo de Opinión del New York Times. Se está perdiendo la capacidad de disentir, de argumentar, de intercambiar ideas. En lugar de ello, en temas de cultura e ideas se comienza a imponer una línea uniforme y quien ose desafiarla recibe lo que decían los intelectuales en su carta: escaso o nulo debate abierto y cero tolerancia de las diferencias para imponer una uniformidad ideológica.
Bari Weiss sostiene que las redes sociales y en especial Twitter se ha convertido en el “editor en jefe” del New York Times en temas que hacen a la cultura (raza, género, religión, etc.). Y ya no se trata de respetar y dar derechos a las minorías sino que las minorías toman la manija e impulsan su agenda, por legítima que sea, y quieren quitar derechos a las mayorías. Entre ellos el derecho de opinar distinto. Y eso se manifiesta, muchas veces, en el bullying, en la censura y en el amedrentamiento de quien piensa diferente. En temas de raza, por ejemplo, el ser blanco debe conllevar un sentimiento de culpa por lo que han hecho los antecesores. No importa la actitud de cada uno, no importa cuán inclusivo sea uno: si es blanco, para estos grupos minoritarios que se refugian en el anonimato de las redes sociales, se es culpable.
El problema es que el temor a ser señalado como “culpable” hace que muchos se callen o actúen, como señala la carta de Harper’s, en forma injusta. Callando en defensa de los atacados o tomando acciones arbitrarias, se ataca a la justicia al mismo tiempo que la libertad.
Bajo la consigna de eliminar las injusticias del pasado en temas de raza, religión, género se producen nuevas injusticias. Se limita o se destruye la libertad de expresión, sin la cual no puede funcionar un régimen democrático y republicano.
Y es más, detrás de estos movimientos en defensa de derechos de minorías, hay una clara acción de conculcar derechos legítimos de las mayorías y que constituyen la esencia de las libertades en Occidente. Así, con el temor que se infunde a través de las redes sociales se ataca a quienes defienden valores como la familia, la propiedad, la libertad de expresión y otros que son fundamentales para la vida en civilización.
Pero en definitiva lo importante es devolver la libertad de expresión al sitial que nunca debió perder y mantener como base de nuestra civilización el diálogo abierto entre posiciones distintas sin que unos se arroguen el derecho de pasar por encima de otros, aprovechando las ventajas que otorga el alcance y el anonimato de las redes sociales.
De lo contrario, iremos a un oscurantismo que ni siquiera beneficiará a las minorías que usan estos instrumentos. Todos debemos decir NO a la censura, en sus formas tradicionales y abiertas, o en sus formas nuevas y solapadas. Todos debemos decir SÍ al respeto y a la tolerancia del otro, aunque piense radicalmente distinto de nosotros. La uniformidad ideológica que se intenta imponer solo lleva a la destrucción de nuestra civilización democrática y liberal.