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La oposición como coalición

La construcción de una coalición alternativa está en la agenda y es posible, pero está lejos de ser inminente

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30 de mayo de 2018 a las 05:00

Primero fue el senador nacionalista Jorge Larrañaga. A fines de 2015 inició una ronda de reuniones con líderes de la oposición proponiendo construir un "proyecto alternativo" al del Frente Amplio. Más tarde, Gonzalo Mujica renunció a su banca y cruzó desde filas oficialistas hasta el Partido Nacional para apoyar la precandidatura de Luis Lacalle Pou. También él realizó contactos con dirigentes opositores proponiendo un "acuerdo programático": ese acuerdo, sostuvo, "debe hacerse antes de la carrera electoral, ante nuestro pueblo". Ahora, el que movió las piezas en la misma dirección fue el ex presidente Julio María Sanguinetti. El lunes de tardecita se reunió con Lacalle Pou y Larrañaga para "plantar la semilla de un eventual gobierno de coalición".

La iniciativa de construir una coalición para desafiar la hegemonía frenteamplista está instalada. Seguramente no sea condición suficiente para que la oposición pueda ganar la próxima elección nacional. Pero es condición necesaria. El FA es un partido poderoso. Lo demostró consiguiendo una verdadera hazaña política: en una democracia plena como la nuestra, en un sistema multipartidista como el nuestro, se las ingenió para ganar tres elecciones consecutivas con mayoría parlamentaria. Es notorio que ha realizado un enorme esfuerzo desde marzo de 2005 por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, especialmente de los más pobres. Los resultados que obtuvo en este plano ayudado, como es bien sabido, por un ciclo económico bondadoso, son realmente impactantes: disminución de pobreza e indigencia, crecimiento del salario real, mejora en la distribución del ingreso.

Desde luego, el FA viene perdiendo su magia. La economía sigue creciendo, pero ya no tiene el dinamismo de hace diez años. Como, poco a poco, a lo largo de la Era Progresista, la balanza se ha ido inclinando del lado de los trabajadores, los empresarios (los del campo, pero también los de la ciudad) enfrentan dificultades crecientes para sostener la rentabilidad, reinvertir y crear empleo. El antiguo y tradicionalmente generoso Estado de Bienestar uruguayo renació, pero la fragmentación social persiste. La indigencia, en particular, se ha vuelto más evidente e invasora, como admitiera el intendente Daniel Martínez, en carta dirigida al presidente Tabaré Vázquez. La sensación de inseguridad se derramó desde Montevideo hasta el interior. El FA, que se las ingenió para hacer reformas ambiciosas entre 2005 y 2010, no logra hincarle el diente a fondo a desafíos pendientes como la educación o la apertura comercial. Por último, circulan desde hace algunos años rumores preocupantes y denuncias de corrupción.

En ese contexto, lo único razonable que puede decirse es que la elección que se acerca será la de resultado menos previsible en mucho tiempo. No era tan difícil anticipar la reelección de la coalición entre colorados y blancos en 1999. Aquel gobierno de coalición, encabezado por Julio M. Sanguinetti y Alberto Volonté, ofreció gobernabilidad política, aseguró la estabilidad económica en el corto plazo (después de medio siglo logró bajar la inflación a un dígito) y concretó reformas importantes (entre ellas, seguridad social y educación). Era todavía más previsible el triunfo del FA en 2004, después de la debacle económica y social verificada entre 1999 y 2002. Era también evidente que sería reelecto en 2009 (independientemente de su candidato), y que su favoritismo, con Tabaré Vázquez otra vez encabezando la fórmula, sería abrumador en 2014. Pero el tiempo de lo obvio se terminó. El FA puede perder la próxima elección. Hay demasiados factores cuyo impacto final sobre el comportamiento electoral es muy difícil anticipar. El más complejo, el menos previsible, es el que refiere a los rumores y denuncias de corrupción.

La incertidumbre viene creciendo. Si el razonamiento anterior es correcto, cada detalle cuenta. Del lado del gobierno, la dinámica concreta de la economía (evolución del dólar y de la inflación), los éxitos y fracasos en otras políticas públicas (en particular, de la seguridad), la oferta electoral (definiciones sobre candidatura y plataforma), entre otros, serán factores muy importantes. Vale lo mismo exactamente para la oposición. Más que nunca, su desempeño dependerá de aciertos y errores en la estrategia desplegada. Desde 2015 en adelante ha logrado plantarse firme y sistemáticamente en la crítica a la gestión del FA. Pero sigue sin lograr mostrarse unida en la propuesta. Lo primero la fortalece. Lo segundo la debilita. El ejemplo más reciente de esta tendencia se registra en el delicadísimo asunto de la seguridad. La oposición converge en los cuestionamientos. Pero a nadie se le escapa que Lacalle Pou y Jorge Larrañaga tienen visiones muy distintas respecto a cómo actuar.

La construcción de una coalición alternativa está en la agenda y es posible. Pero está lejos de ser inminente. No todos los dirigentes opositores están de acuerdo. El más firme en la crítica a esta visión es el colorado Fernando Amado. Edgardo Novick no parece estar dispuesto a sumarse rápidamente a una estrategia de este tipo (el discurso "concertacionista" prospera con la división opositora). Los independientes, liderados por Pablo Mieres, todavía no dan señales de estar dispuestos a dar este paso. En un escenario como éste, sospecho que la "semilla del gobierno de coalición" demorará todavía en germinar. Me inclino a pensar que recién podrá concretarse una vez que cada partido haya elegido su candidato a la presidencia. Si, una vez nominados, en julio del año que viene, los candidatos a la presidencia del Partido Nacional, el Partido Colorado, el Partido Independiente y el Partido de la Gente fueran capaces de conformar una coalición, maximizarían la incertidumbre sobre el desenlace final de la elección. Ya veremos.

Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR

adolfogarce@gmail.com

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