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La película del Guasón, ¿es en serio?

El filme parece que le tiene miedo a su propia sombra o, al menos, a la mínima sombra de una verdadera relevancia

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08 de octubre de 2019 a las 14:59

Por A. O. Scott

Desde que se estrenó hace unas semanas en el Festival de Cine de Venecia, donde ganó el León de Oro, Guasón, de Todd Phillips, ha desatado una tormenta. El supuesto potencial de la película para inspirar actos de violencia en la vida real ha causado preocupaciones, y la crítica de su nihilismo brutal ha tenido como respuesta una reacción violenta, incluso del propio Phillips, quien ha estado despotricando contra “la izquierda extrema” y “la cultura progre” y otras amenazas a la capacidad de un payaso asesino de ganar dinero sin que lo molesten. Mientras tanto, los habituales ejércitos de escépticos y admiradores se han enfrentado con las ya conocidas acusaciones de mala fe, hipersensibilidad y pensamiento grupal cuasifascista.

Ahora estamos en esa fase de las discusiones en la que las personas que van al cine tienen la oportunidad de ver por su cuenta por qué tanto alboroto, lo que significa que ya me toca decir lo que pienso. Y lo que tengo que decir es: ¿esto es una broma?

Para que una película amerite ser discutida, primero que nada, debe ser diferente: debe tener, si no un punto de vista coherente, al menos un conjunto de temas bien trabajados y que te hagan pensar, una especie de contacto imaginativo con el mundo real. Guasón, un ejercicio vacuo y vago con un estilo y filosofía de segunda, no tiene nada de eso. Enamorado con la idea de que es audaz –como si su carácter desagradable fuera una especie de osadía artística– el filme parece que le tiene miedo a su propia sombra o, al menos, a la mínima sombra de una verdadera relevancia.

Apenas y funciona dentro de los confines de su propio género, el de la película de cómics. Guasón es una historia sobre el origen de un supervillano, con un personaje cuyo currículum en la pantalla grande ya de por sí incluye a tres ganadores del Oscar (dos por otros papeles, pero de todos modos). No es difícil ver el atractivo. El Guasón, una personificación de la anarquía pura, puede interpretarse de una manera ligera o seria, puede ser temible o divertido, o todo eso a la vez. Puede burlarse con desdén como Jack Nicholson, gruñir como Heath Ledger o… sigo sin saber qué es lo que hizo Jared Leto, pero no importa.

Según la interpretación de Joaquin Phoenix, el personaje se ríe mucho; lo suficiente como para asegurarse de que nadie más lo haga. El distintivo de su Guasón es su sandez solemne. Quizá te preguntes cómo esto pueda ser obra del mismo Todd Phillips que dirigió ¿Qué pasó ayer? y Viaje censurado, que al menos son conocidas por ser graciosas. Aquí lo más ingenioso fue haber puesto a Roberto De Niro en el papel de anfitrión de un programa de entrevistas tipo Johnny Carson, parecido al personaje que interpretó Jerry Lewis en El rey de la comedia de Martin Scorsese. En esa película, De Niro era el loco acosador, un aspirante sin talento que pretendía respirar el mismo aire que su ídolo y presa. Esta vez le toca ser el pez gordo, alimentando la obsesión de Arthur Fleck por las celebridades.

Ese es el alter ego del Guasón: un hombre solitario y dañado que se labra una vida miserable con trabajitos de payaso y que vive en un gris apartamento con su madre (Frances Conroy). Phillips, quien escribió el guion con Scott Silver, nos remonta a los malos viejos tiempos de Ciudad Gótica, cuando el empleo escaseaba, las ratas pululaban y una huelga de recolectores de basura ensuciaba las calles. A Fleck lo maltratan niños pobres y ladrones, así como hombres ricos y alcoholizados, y es incitado hasta el punto de cometer un asesinato debido a la maldad del mundo. Está enamorado de su vecina (Zazie Beetz), quien él piensa que le corresponde. Tiene un cuaderno lleno de apuntes para una rutina de comedia en vivo y reúne el valor para subir al escenario en un club nocturno.

Estos aspectos de la trama no tienen nada de malo, ni tampoco los detalles que entretejen Guasón con el mundo familiar de Batman. Arthur tiene una conexión con la familia Wayne –conocemos a Alfred el mayordomo y a un Bruce joven– y también con el Manicomio Arkham. Los problemas surgen cuando la película le mete potencia a su maquinaria alegórica y Phoenix intenta armar un personaje con los tics y tropos que le fueron indicados.

Flaco, nervioso y en ocasiones sorprendentemente grácil –Phoenix es uno de los bailarines más menospreciados del cine actual– Arthur tiene una semejanza física y psicológica con Freddie Quell, el vagabundo inadaptado que Phoenix interpretó en The Master. Pero también lleva la carga de ser el victimizado hombre común y corriente que está inmerso en una parábola que no encuentra su rumbo. La risa incontrolable de Arthur nace de una situación de salud que posiblemente sea el resultado de haber sufrido abusos durante su infancia. Su profunda enajenación también surge de la inequidad social, el declive de la civilidad, la corrupción política, la televisión y la burocracia gubernamental, así como de un sinfín de otras causas. La gente rica es horrible. La gente pobre es horrible. El Guasón acepta la maldad radical y eso se vuelve una especie de integridad.

O algo por el estilo. Es difícil decir si el revoltijo en el que se convierte Guasón se deba a la confusión o la cobardía, pero el resultado es menos un retrato del nihilismo que una historia que no trata sobre nada. Cómo se ve y oye –la fotografía es de Lawrence Sher, la banda sonora con mucho chelo está a cargo de Hildur Gudnadottir– transmite gravedad y profundidad, pero la película es superficial y carece de sustancia. No es graciosa y no se puede tomar en serio. ¿Ese era el chiste?

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