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La primera inflación la trajo Lavalleja

Una historia del dinero en Uruguay (II)

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18 de octubre de 2017 a las 04:50

Desde el fondo de los tiempos cada pueblo utilizó diversas mercancías como moneda, en general portables o con valor simbólico. La ausencia de moneda significaba comerciar mediante trueque, lo que era poco práctico y dificultaba el intercambio de bienes menores.

Los méxicas y otros pueblos de América Central usaron granos de cacao, conchas marinas en las islas Canarias, sal en Senegal, Abisinia y otras regiones de África, gallinas, pescado seco o pieles en Europa, arroz en Japón en el siglo XVII, naipes en Canadá y clavos en Escocia en el siglo XVIII, o una "pieza" (un esclavo) en el Brasil colonial. Pero desde muy temprano los preferidos como medida de valor fueron el oro y la plata, dos metales relativamente escasos, por tanto valiosos, y maleables, por tanto fáciles de estampar. El papel se utilizó como moneda en China entre los siglos IX y XIV pero fue abandonado porque era fácil de emitir y falsificar y provocaba desconfianza e inflación.

El papel moneda en la Banda Oriental

Los billetes de papel casi no se conocieron en la Banda Oriental del río Uruguay durante el proceso de colonización española iniciado en el siglo XVI, que se expandió con gran lentitud. Por entonces, y hasta la década de 1820, se empleaban monedas metálicas españolas: peso, medio peso, cuarto y real, todas de plata; onza y cuatro duros, de oro, también acuñadas en América; y monedas de cobre portuguesas introducidas por Colonia del Sacramento, que fue una vanguardia del libre comercio.

La libra esterlina, la moneda de una gran potencia comercial hecha con una aleación de plata y cobre, gozaba ya entonces de prestigio y aceptación. Fue utilizada en Montevideo durante la dominación inglesa de 1807, o bien se reservaba para operaciones de importancia mayor.

La dominación portuguesa iniciada tras la invasión de 1816 introdujo normas de comercio más liberales y una mayor circulación de monedas de diverso origen, en particular en Montevideo, incluso papel moneda emitido por el Banco Nacional de Río de Janeiro, que gozó de poca aceptación. La peseta no se creó hasta 1868, cuando ya el vínculo económico de España con la región había disminuido.

En el Congreso Cisplatino celebrado en Montevideo en 1821, que formalizó la incorporación de la Banda Oriental al imperio portugués, la representación de Paysandú pidió –sin éxito– el derecho de emitir moneda propia.

La primera gran inflación

La revuelta de los orientales contra la dominación brasileña tuvo una amplia financiación de hacendados y dueños de saladeros de Buenos Aires: desde Juan Manuel de Rosas hasta el oriental Pedro Trápani, pasando por los Anchorena.

Precisamente, la primera gran inflación –que es una suba sostenida de precios– en territorio oriental se gestó a partir de la "Cruzada Libertadora" de 1825. Los rebeldes liderados por Juan Antonio Lavalleja, que iniciaron la guerra contra Brasil por la posesión de la Provincia, llevaban en sus alforjas 159.166 pesos en billetes de papel emitidos por el Banco de Buenos Ayres, el primer banco argentino, creado en 1822 con promoción estatal y capital privado, aunque luego, a fines de 1825, pasó a ser de capital mixto: estatal y privado.

Artigas inició la revolución en 1811 con 200 pesos; Lavalleja trajo en 1825 unos 140.000 pesos en papeles emitidos por el Banco de Buenos Aires que provocaron una gran inflación.

Cuando José Artigas inició en 1811 la revolución independentista en la Banda Oriental, para financiar su campaña recibió como adelanto apenas 200 pesos de la Junta de Mayo bonaerense. Claro que eran los pesos fuertes (o duros) de plata españoles, no los envilecidos papeles posteriores.

El tipo de cambio inicial de esa emisión del Banco de Buenos Ayres era de cinco pesos por cada libra esterlina inglesa. Pero los constantes déficit del gobierno porteño tentaron a esa institución, que en 1826 pasó a llamarse Banco de las Provincias Unidas del Río de la Plata, o Banco Nacional, a empapelar la plaza: su emisión creció a una media de 100% al año entre 1823 y 1825.

La situación se agravó aún más en 1826, cuando el gobierno porteño creyó ingenuamente que podría financiar la guerra contra Brasil mediante la impresión de papeles. El Ejército de Observación, luego Ejército Republicano, integrado por argentinos y orientales, fue seguido en sus operaciones contra los brasileños por una "Caja Subalterna de la Banda Oriental", que oficiaba de banco, y que al fin se estableció en Canelones.

Los billetes del Banco de las Provincias Unidas, o Banco Nacional, pronto dejaron de ser convertible en oro o plata, que eran su garantía: pasaron a ser de curso forzoso y provocaron una gran inflación, incluso en la mayor parte del territorio oriental, que hasta 1828, cuando se resolvió su independencia, formó parte de las Provincias Unidas.

Ya a fines de 1826 las personas huían de los pesos argentinos como de la peste. Entonces el gobierno provisorio de la Provincia Oriental obligó a aceptar el papel del Banco Nacional, y fijó castigos para quienes se resistieran: la primera vez, con 100 pesos de multa o dos meses de prisión; la segunda con el doble de esas penas; y la tercera con cuatro años de servicio en el Ejército, que -por lo visto- era casi lo peor que le podría pasar a una persona.

Los precios aumentaban de manera sostenida: era la inflación. "A mediados de 1827, un segundo decreto prohibía terminantemente la venta de artículos alimenticios por precio que excediera del 200% sobre la cotización de las mismas mercaderías en moneda metálica, bajo apercibimiento de cien pesos de multa al comerciante infractor", contó el historiador Eduardo Acevedo Vásquez en sus "Anales". O sea que el gobierno aceptaba una devaluación implícita de 100% del peso papel, pues el precio de las cosas, en metálico, era la mitad. Pero ni siquiera con esa quita se quería el papel moneda. Sólo se aceptaba a la fuerza.

Los soldados del Ejército Republicano que combatía contra Brasil se amotinaron cuando se les quiso pagar su sueldo con papel moneda del Banco de Buenos Ayres, o Banco Nacional.

Después de la batalla de Ituzaingó, del 20 de febrero de 1827, el mayor éxito militar de argentinos y orientales contra los brasileños, la tropa del victorioso Ejército Republicano, desarrapado y hambriento, se amotinó cuando se le ofreció su paga en billetes de papel. Los soldados exigían metálico, al igual que los comercios del interior oriental, aunque sólo fuese el vil cobre brasileño.

La inflación es una vieja afición argentina y brasileña.

La guerra contra las Provincias Unidas por la Banda Oriental también provocó un gran déficit en las cuentas del Imperio de Brasil. Las grandes emisiones del Banco do Brasil de monedas de cobre, por valores muy superiores al intrínseco del metal del que estaban hechas, provocaron una inflación galopante y un caos general. La falsificación masiva de monedas tan burdas agregó más leña a la fogata.

El Banco do Brasil, creado en 1808 por el rey Juan VI para sostener su corte en Rio de Janeiro tras la huida de Portugal, pronto se especializó en la emisión y el empapelamiento inflacionario. La institución fue liquidada en diciembre de 1829. Se recreó un cuarto de siglo más tarde, en 1853, y hoy, después de muchas aventuras, y con capitales públicos y privados, es el mayor banco de América Latina.

Huyendo del dinero de los vecinos

La Asamblea General Constituyente y Legislativa que actuó a partir de 1828, ya resuelta la independencia oriental, manifestó reiteradamente su preocupación por los billetes circulantes en el territorio y las monedas de cobre brasileñas, que produjeron una grave crisis comercial. Los ciudadanos huían del peso argentino y del real y recurrían al trueque o se abstenían de comerciar, salvo que poseyeran monedas de oro o plata acuñadas en Europa.

El 5 de febrero de 1829 el gobernador provisorio José Rondeau prohibió el pago a civiles y militares con billetes del Banco de las Provincias Unidas o Banco Nacional. En rigor, ya nadie los quería desde mucho tiempo antes.

También en 1829 la Asamblea General Constituyente y Legislativa rechazó un proyecto de ley con la firma de Lucas Obes, ministro provisorio, para autorizar al gobierno a emitir papel moneda fiduciario (no canjeable por oro o plata sino de curso forzoso, basado en la confianza).

Después de la terrible experiencia con el Banco de Buenos Ayres, el desprecio por los billetes fue completo. Recién tres décadas más tarde se iniciarían nuevas experiencias con el papel moneda, y otra vez serían traumáticas.

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