El comportamiento en la vida cotidiana > COMPORTAMIENTO/ ROBERTO CAVA DE FEO

La puntualidad

Desde muy niños nos enseñaron a ser puntuales. Hoy y me van a perdonar, vuelven a mi cabeza anécdotas ilustrativas

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15 de diciembre de 2017 a las 05:00

A lo largo de varios meses hemos compartido juntos algunos temas de nuestra vida cotidiana. Viene a mi memoria una anécdota, una de esas que,a mi parecer, nos hacen sonreír y alivian las tensiones. En cierta ocasión, una madre estaba preocupada porque no conseguía que su hijo soltero se levantase de la cama al inicio de una semana. Con decisión, se dirigió al muchacho y le dijo: "Hijo, levántate que es tarde". El durmiente respondió: "¿Por qué me tengo que levantar?". "Hijo, te tienes que levantar por dos motivos. Uno porque ya cumpliste treinta años. El otro, es porque tú sos el director del colegio tenés que ir a abrirlo con puntualidad".

La puntualidad está presente en nuestras vidas y es una virtud. Ella lleva a actuar con diligencia y a hacer las cosas que debemos a su debido tiempo y sin dilatarlo. Nuestro mundo está poblado de definiciones como la del diccionario, pero también de anécdotas que lo alegran. Días atrás, había organizado la entrega de unos premios en una empresa y tenía como invitado principal a un conocido pensador. Todo estaba preparado para comenzar y faltaba que él llegara. Usando los medios tecnológicos actuales, me comuniqué con su asistente. Respondió lacónicamente: "Está llegando". Ante esa respuesta dije: "Entonces, en cinco minutos estará aquí". "No, saldrá de aquí tan pronto lo pase a buscar el auto." Eso de "estar llegando" es una forma inglesa y nos enseñaron que era para ubicar una acción que no tenía principio ni fin..."Estará llegando", "estará celebrando...."

La puntualidad no tiene artificios. Antiguamente se la puede comprobar en relatos del ochocientos. Se hablaba de "cumplir con las diligencias de...". Nada tenía que ver con el carruaje con varios compartimentos y arrastrado por caballos que cruzaba nuestro territorio. La diligencia está en poner todos los medios para alcanzar un fin.

Desde muy niños nos enseñaron a ser puntuales. Hoy y me van a perdonar, vuelven a mi cabeza anécdotas ilustrativas. Se trataba de un estudiante del interior que comía en una pensión grande. El comenzaba a almorzar con los del primer turno y seguía después con los del segundo. Un buen día lo observaron y el muchacho respondió con sencillez: "Es que a mí me gusta comer despacio". Podemos hacerlo siempre y cuando no hagamos caer en la impuntualidad a otros. La puntualidad se da en los almuerzos de trabajo y solamente con un comensal que tenga la ocurrencia de comentar su viaje a París, la impuntualidad echará a perder el tiempo dispuesto.

Tenemos a nuestro alcance los más variados medios para ser puntuales. Una vez me sorprendí al leer las crónicas de ceremonias de otros tiempos. Las campanas eran las encargadas de colaborar con sus toques. En nuestro caso, cuando las de la Matriz sonaban, era el momento de iniciar o finalizar una ceremonia. En los tiempos del período hispánico todo se guiaba por las campanas. Sin quitarnos importancia, en Lima fueron célebres las "ceremonias de tabla". El Cabildo, la Audiencia y el Virrey avanzaban en cortejo guiados por las campanas.

Existen algunos usos civiles y otros sociales que establecen algunos modos peculiares sobre la puntualidad. Quizás venga enseguida a la memoria lo que sucede con las bodas. Hay un consenso al menos para las ceremonias religiosas. En ellas, el inicio de las mismas se da con algunos minutos de atraso respecto a lo anunciado. Es para dar tiempo para que los invitados lleguen y aguarden.
"El abominable profesor de las ocho", tenía su razón de existir aunque pasáramos un poco de susto. A lo mejor era con la clase de Química pero aprendimos a valorar la puntualidad. Después apreciamos los tiempos en las sesiones legislativas, en el despegue de los aviones y por qué no, en la amable reunión familiar a la hora de las comidas.

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