4 de julio 2021 - 5:00hs

¿Está bien o está mal que se politicen los temas? ¿Está bien o está mal que algunos sectores políticos apoyen asuntos legislativos o se opongan a otros, en función de reflejos ideológicos? ¿Está mal que los gobernantes adopten resoluciones políticas, sin contemplar lo que le recomiendan los asesores técnicos?

Las preguntas no son ni tan simples, ni tan caprichosas como pueden parecer, sino que obedecen a determinadas confusiones que se han generalizado.

De la misma forma que muchos condenaban a los comunistas y socialistas ortodoxos por oponerse a la propuesta del entonces presidente Tabaré Vázquez de firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, porque lo hacían en base a su ideología, ahora muchos disparan contra el presidente Luis Lacalle Pou por no haber aplicado todas las sugerencias del GACH, el Grupo Asesor Científico Honorario creado para enfrentar la crisis sanitaria por la covid-19.

Esos son apenas dos ejemplos, pero hay muchísimos más, y sobre todos los temas, sean nacionales o departamentales. Las discusiones reflejan una contradicción entre “lo técnico” y “lo político” en una suerte de condena a lo que viene de la política, y de exaltación con lo que representa lo técnico.

Pasa algo similar cuando se habla de un cargo de ministro de gobierno o de director de gabinete departamental, y algunos levantan la voz reclamando conocimiento técnico del que está al frente de un ministerio o un departamento.

El ministro, o similar en otro ámbito, es un cargo político, de responsabilidad política y de acción política, y no tiene como requerimiento un conocimiento técnico específico. Para eso están las unidades internas con especialistas por área. Y eso no implica que la decisión deba ser política, lo que no tiene nada de malo, sino todo lo contrario.

Por otra parte, los que ocupan cargos políticos tienen asesores, que aconsejan, recomiendan, pero que por la esencia de su cargo, no son los que toman las decisiones. Es importante que el que lo hace, lo haga con un respaldo técnico y con una fundamentación sólida, lo que no implica que aplique a raja tabla lo que le llega de sus servicios de apoyo.

Todo eso parecería obvio, pero en los últimos tiempos ha estado en discusión permanente.

En los próximos días habrá un homenaje a los miembros del GACH, a los tres coordinadores centrales y a los miembros de los grupos. Su acción fue un punto de destaque de Uruguay, porque mostró a un gobierno que se respaldaba en el análisis de científicos, que trabajaban en forma coordinada y exhaustiva, y también porque puso en la escena pública a profesionales de alto nivel, que, en un momento de dificultades, ofrecían su servicio en forma desinteresada, sin cobrar honorarios.

El GACH pasó a ser una sigla de uso común, y los uruguayos sintieron orgullo de ese grupo de ciudadanos, tanto por su capacidad demostrada en análisis como en la comunicación que transmitía calma y seguridad en esta bien cuidados. Fue un sello de calidad que sumó valor al embate a la pandemia.

Pero ese ámbito terminó siendo sobredimensionado, como si fuera un órgano superior a todo poder del Estado, y al que se debía tener más que respeto, obediencia. Eso significa desconocer el sentido de su misión: es un órgano asesor, no ejecutivo. Aunque fuera honorario, y de excelencia profesional, no dejaba de ser asesor.

Pero eso de contraponer un órgano asesor a otro político, se da en tiempos de cuestionamientos a “lo político”. 

En ese sentido, pasa algo similar con acusaciones a legisladores que votan a favor o en contra de un proyecto, con una fundamentación ideológica, como si fuera mejor que levantara la mano por otra motivación. Lo bueno es que la política se guie por ideas y no por otros incentivos.

Y además, también en esa línea, se generaliza la “acusación” de “politizar” temas o discusiones, cuando los que discuten un tema, se aferran a su condición de adhesión a un partido.

Es cierto que choca ver como una persona acomoda su discurso para llevar agua para el molino de su partido, pero la fortaleza de partidos políticos hace a la solidez de una democracia. 

Una fortaleza del Uruguay es la de su sistema político, la de una estabilidad institucional superior a la de países de la región y una convivencia cívica que se da en un marco de respeto y cordialidad. No hay que temer a las discusiones, a la confrontación de ideas, a la energía puesta en discursos para defender posturas propias y criticar las de otros, porque eso hace a la esencia de una democracia.

Desde el exterior se valora esa cultura política del Uruguay como un factor positivo y se reconoce que hay una tradición de cohabitación ciudadana, que no es producto casual de una época, sino que tiene raíces en el tiempo.

Sin embargo, últimamente se ha generado una insistencia en criticar “la política” y en utilizar el verbo “politizar” con cierto desprecio a la actividad de los partidos, como si eso tuviera una connotación negativa en sí mismo. Está claro que ese verbo tiene por definición la acción de “dar contenido o carácter político a cosas, acciones o pensamientos que normalmente se caracterizan por no tenerlo”, pero no se usa con ese enfoque, sino con la condena a los comentarios o acciones que son esencialmente políticos.

Los políticos, los dirigentes partidarios, los legisladores, los que ocupan cargos políticos, no caen del cielo, sino que llegan a sus puestos por voluntad popular, por el voto de los seguidores de una colectividad o de los ciudadanos en general. Son el reflejo de la sociedad. Curiosamente, en nuevo aniversario del triste golpe de estado del ´73, resurgen cuestionamientos a “lo político” en lugar de reivindicar “la política”, porque es su ausencia lo que debe preocupar.

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