En Chile, 10 bodegas acaparan 60% de la producción. Son verdaderos monstruos que instalaron en el mundo la marca de este país largo y angosto, con condiciones extremadamente favorables para la producción de vid. La calidad de esos productos es casi inobjetable, sobre todo por su relación calidad-precio. Sin embargo, se trata de vinos estándar al paladar mundial, producidos a gran escala. Es muy difícil que una de esas etiquetas sorprenda al consumidor, aunque es previsible, por otra parte, que nunca lo defraude. Y es allí donde también existe una virtud de las multinacionales del vino chileno.
Pero en ese país entre cordilleras, que tiene 4.300 kilómetros de largo y una anchura de 177 kilómetros, también se producen vinos de autor. Vinos a escala humana. Vinos con tradición familiar, que buscan exprimir las condiciones de clima y suelo, y que por ello tienen la capacidad de sorprender al paladar. Nada menos.
Es el otro vino chileno, el que se hace de parras centenarias, el de una familia o un emprendimiento de una década gestionado por pequeños empresarios apasionados del vino. Pequeños a su escala, aunque para Uruguay serían productores grandes o principales.
Por invitación del organismo estatal ProChile (ver recuadro), que tiene sede en Montevideo, y se dedica a facilitar la exportación de productos de ese país al mundo, visité junto a otros periodistas de Latinoamérica algunas viñas del país trasandino. Fue una ruta alternativa, que obvió Concha y Toro o Santa Rita, por ejemplo, y prefirió llegar a emprendimientos bien distintos como Apaltagua o Casa Silva. También pude conocer agrupaciones gremiales que impulsan la producción de vinos de autor, como el Movimiento de Viñateros Independientes (MOVI) y Vigno, una asociación dedicada a producir vinos con la cepa Carignan.
Pero para entender el por qué de la calidad de los vinos chilenos vale la experiencia de conocer el lugar. En definitiva, las condiciones excelentes de ese país hacen que el producto sea fiel reflejo en la copa. Y desde hace algunos años, la industria vitícola desarrolló allí una fuerte oferta para el turismo enológico, que por ser exclusivo no está tan lejos para los que alguna vez prefieren invertir en esa vivencia.
Mil y una opciones
Desde recorrer campos de vid en bici o a caballo, hasta dormir a metros de las barricas o elaborar su propio blend, etiquetarlo y embotellarlo para llevárselo a su casa. La oferta turística en torno al vino en Chile es muy variada y tiene propuestas apasionantes. En la actualidad hay 90 bodegas abiertas al público, desde Limarí hasta Itata. Algunas muy modernas y otras que guardan un estilo artesanal y clásico.
Una de las opciones para visitar en el valle de Colchagua (al sur de Santiago) es la viña Santa Cruz, ubicada a 184 kilómetros de la capital. Tiene recorridas a caballo, treking, bicicleta, además de degustaciones de sus vinos y visitas a aldeas indígenas y un observatorio astronómico al cual se accede por un teleférico. El tour cuesta US$ 30 por persona. Para hospedarse la opción clásica es el hotel Santa Cruz, que queda en el centro de esa ciudad.
También en Colchagua está Casa Silva, una bodega que vende vinos desde fines de los 90, pero que tiene una tradición centenaria en la industria. Cuenta con un hotel boutique de campo muy especial, con habitaciones amplias, decoradas en madera y ubicadas a metros de las cavas adonde descansan los vinos de la bodega. Ofrece también distintas actividades, todas complementarias a las degustaciones, a un precio de US$ 32 por persona. Hospedarse en el hotel de la bodega tiene un costo que va de US$ 205 a US$ 310 por noche.
La viña Viu Manent, también en Colchagua, es otra de las que abre sus puertas a turistas. Recibe cerca de 25 mil visitas anuales. Un tour de una hora, con visita a la bodega y degustación de vinos tiene un costo de US$ 28 por adulto.
La bodega De Martino (Isla de Maipo, a una hora de Santiago) tiene una opción muy divertida para los turistas. Además de tours clásicos, también permite realizar mezclas de vinos para que cada visitante produzca su blend, que luego embotellará, colocará su etiqueta y corcho para llevarse a su casa. Ese tour, llamado Mi vino, tiene un costo de US$ 50.
En el valle de Casablanca, a 70 kilómetros de Santiago y 30 del puerto de Valparaíso, está la viña Casas del Bosque, elegida por Le Winery Guide como la mejor viña para visitar en Chile entre 300 opciones. Ofrece testeos, recorridas, picnics, tours familiares, y la experiencia de participar en la vendimia.
La solución más cómoda y económica para hacer turismo enológico en Chile es alquilar un auto. Las opciones van desde US$ 45 por día hasta US$ 160 por día para el caso de una camioneta tipo van.
En algunos valles existen también asociaciones que realizan tours por distintas bodegas de esos lugares. Un ejemplo es la Ruta del vino valles de Curicó, una zona ubicada a 200 kilómetros al sur de Santiago, así como también la organización Ruta del vino Colchagua, que ofrece varias opciones a elección del turista, con o sin hospedaje.
La visita con degustación a la viña Pérez Cruz (Maipo), una de las que conocí en mi viaje, tiene un costo que va de US$ 24 a US$ 48 por persona, dependiendo del tipo y cantidad de vinos a degustar, junto con el tour. Está a 45 minutos de Santiago. Conocer la viña Estampa, en Colchagua, recorrerla y probar algunos de sus vinos, tiene un costo de US$ 24. Ello incluye paseo por las instalaciones y cata de tres etiquetas.
Viña Casa Lapostolle, en Colchagua, también tiene posibilidad de hospedaje en “casitas”. El costo por noche va de US$ 600 a US$ 780, con todas las actividades de la bodega incluidas, como visitas a viñedos, paseos en bicicleta, tour y degustación, aperitivos, cenas y desayunos.
Una vez, en una clase sobre las mejores regiones vitícolas del mundo, un docente de la industria vitícola uruguaya dijo, con convicción, que casi 90% del vino es la tierra y el lugar.
Poco más puede modificar el hombre y la tecnología. Si el “terroir” es único, el vino producido con esa fruta no tiene otro destino que ser un gran vino. Eso pasa en Chile. De un gran lugar para hacer vinos, nacen, por suerte para nuestros paladares, grandes vinos.