Se estrenó en Netflix, con notable éxito, la gran superproducción del director español José Bayona “La Sociedad de la Nieve”. Basada en el libro homónimo de Pablo Vierci, la película narra la historia de los uruguayos que volvieron (y también de los que no volvieron) de un terrible accidente aéreo en los Andes, hace ya 50 años. Es una historia de superación, coraje, amor, valentía, espíritu de equipo y esperanza. Una historia de la que todos los uruguayos, que somos más de la sociedad de la “pradera suavemente ondulada” que de la “nieve” o de la “montaña”, nos sentimos profundamente orgullosos y con la que nos sentimos identificados.
Se habla de la “garra charrúa”, de otro “maracanazo” y de varias cosas más atribuibles a nuestro país o a su historia. Es que, aún medio siglo después, la hazaña de Los Andes sigue emocionando a propios y a extraños. Algo imposible ocurrió -la supervivencia en la montaña de un grupo de personas sin experiencia en la nieva, sin ropa adecuada, sin comida, herida, etc. Personas jóvenes la mayoría, “muchachos de elite” según algunos porque vivían en Carrasco y jugaban al rugby -aunque no tenían dinero para pagarse un pasaje en un vuelo de línea y tuvieron que alquilar como chárter un viejo avión de la FAU (Fuerza Aérea Uruguaya)-. Muchachos con formación religiosa y una fe que les ayudó, aunque no a todos por igual, a sobrellevar los momentos más de los 72 días en la montaña. Por algo se habla del “milagro de los Andes”.
Pero, en definitiva, muchachos dotados de algunas cualidades que no se compran con dinero y que podrían estar al alcance de cualquiera si sus familias o la sociedad, según los casos, se las proveyeran. La actitud de todos ellos, tanto de los que perecieron en la montaña como de los que volvieron, nos hablan de un Uruguay muy distinto al de hoy en términos culturales y sociales.
Era una sociedad más integrada en términos de familia y de barrios, sin importar las clases sociales que siempre las hubo y las habrá, mal que les pese a Marx y sus seguidores, antiguos y actuales. No había la marginalidad que hay hoy en nuestro país y que nos carcome en términos de separación, de posibilidades de movilidad social, de amalgama social. Había un entramado en la vida familiar y barrial que es fundamental para la convivencia y que hoy se ha perdido, tanto en barrios ricos como en barrios pobres.
En todos los involucrados en el accidente siempre estaba presente la idea de volver a casa, a estar con sus seres queridos (padres, hermanos, novios, etc). Los sobrevivientes del accidente, y luego, del alud y del hambre, escribían cartas dirigidas a ellos que no sabían si iban a llegar a destino. Pero escribían. Era como Ulises, que tenía el pensamiento fijo en el regreso a Itaca. Allí estaban sus recuerdos, sus seres queridos y su futuro. Tenían un lugar de donde provenían y a donde querían volver. Por una razón o por otra, cada uno tenía su Itaca, su raíz, su lugar en el mundo.
Y a Itaca se empeñaron en volver, contra viento y marea. Y más aún cuando, al décimo día, se enteraron que se había suspendido la búsqueda.
Entre las claves del regreso está, por supuesto, que eran jóvenes, que eran compañeros de equipo, que se conocían bien, ya fuera del colegio o del deporte.
Pero también fue clave el tema de la educación. La formal, que recibieron en el colegio Stella Maris, y la informal, que recibieron en sus familias. E incluso, la que recibieron en esos días en la montaña. Días de pérdida pero también días de aprendizaje. Días en lo que se aplicó incluso mucho de lo aprendido en la práctica de un deporte muy basado en el juego colectivo y en la organización y en liderazgo. En el rugby, el capitán del equipo tiene un rol fundamental. Tanto que a pocas horas de la tragedia el liderazgo comenzó a ser ejercido por el capitán, Marcelo Pérez del Castillo. Liderazgo que luego de su muerte fue trasladándose según los momentos y los personajes.
Sin educación, sin sentido de la organización y de la jerarquías, sin el valorar el trabajo en equipo y sin el sentido de pertenencia familiar que los impulsaba a retornar a su “Itaca”, no hubiera tenido sentido la lucha por la supervivencia, en primer lugar, y el esfuerzo por encontrar un camino hacia la civilización. Porque una cosa era clara: los helicópteros no iban a venir si ellos no los iban a buscar. En definitiva, su salvación dependía, para bien o para mal, de ellos mismos.
Hay muchas lecciones para sacar de la “sociedad de la nieve” y que son útiles en la “sociedad de la pradera” o de la “penillanura suavemente ondulada”. Pero el fortalecimiento del entramado familiar, primero, y del barrial, después, es vital. Como vital es el tema de hacer llegar buena educación para todos. Y en ambos temas estamos fallando. Y de allí el crecimiento de la marginalidad, de los “ni-ni” (ni trabajan, ni estudian), el avance del narcotráfico, y de los homicidios en determinadas zonas de la capital.
La historia de Los Andes nos enorgullece y debe ser ejemplo para todos los uruguayos. Y, por el contrario, no debe ser politizada, como se intentó en estos días con comentarios desafortunados.
“La sociedad de la nieve” no es una historia de elitismo pero sí hace referencia a un Uruguay que, en cuanto a valores familiares y sociales, se nos ha ido perdiendo. Queda como rescate que el actor principal de la película, Enzo Vogrincic, que encarna al último fallecido Numa Turcatti, proviene de Casavalle, uno de esos barrios marginales más castigados. Pasó por el Liceo Jubilar y logró zafar de un destino triste. Pero es fundamental que otros muchos de sus compañeros de barrio y de otros barrios tengan una educación de calidad y una acogida familiar que les permitan dar ese salto de calidad en su vida.
De eso, se trata al fin y al cabo: salir de la montaña, salir de la marginalidad. Recomponer los lazos familiares y la educación. Esta es, quizá, la gran enseñanza de la “sociedad de la nieve” a la “sociedad de la pradera”.